El 16 de enero de 2014 nacía Podemos. Un sobresalto para el panorama político español. En cinco años ha pasado todas las fases que puede pasar un partido de izquierdas: irrelevancia, relevancia total, éxito electoral inesperado, expectativas frustradas, llave de gobierno y discusiones por la estrategia. Quedaba esta última, una escisión. Íñigo Errejón, como publican algunas portadas "da un ejerronazo a Podemos y lo parte en dos". Ahora hay que esperar la reacción del líder Pablo Iglesias.
Íñigo Errejón, el penúltimo de los fundadores y fundadoras de Podemos que quedaba en el equipo, ha decidido intentar una aventura en otra compañía, la de la Alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. De alguna forma, Errejón ha llevado a cabo un proceso de elección entre lo que puede aportar a una candidatura en la Comunidad de Madrid la marca Podemos o la figura de Manuela Carmena. Y ha valorado más lo segundo.
Errejón siempre ha marcado distancias en la estrategia con Pablo Iglesias. Siempre se ha visto con posibilidades de ejercer un liderazgo distinto al de Iglesias. Sin embargo, si todo ha sucedido como los protagonistas nos cuentan que ha sucedido, la maniobra de Errejón supone un calco de las actitudes de Iglesias. Una estrategia personalista no acordada por los órganos democráticos de su partido no es la mejor forma de buscar acuerdos con él. Porque Errejón manifiesta que sigue siendo el candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid, aunque no vaya a presentarse bajo sus siglas. Predispuesto a alianzas naturales con el PSOE, el paso dado al coaligarse con la fuerza de Manuela Carmena, Más Madrid, supone hacer prevaler su convicción de que son necesarios esos encuentros no solo con otros partidos sino también con personas de izquierda no militantes en partidos políticos. De hecho, eso es Manuela Carmena. Y de esa fuerza quiere Errejón que surja el próximo Gobierno de la Comunidad de Madrid. ¿Es posible?
En términos electorales, para la izquierda puede suponer un problema a la hora de la gobernabilidad. Si bien hasta ahora a la derecha la aparición de un nuevo partido ha sido una división virtuosa, en la izquierda no tiene por qué ser así. Las encuestas (las pocas que hay) muestran que tras la aparición de la extrema derecha como opción real de representación, en la Comunidad de Madrid un pacto como el llevado a cabo en Andalucía tiene todas las papeletas para una mayoría holgada. Solo quedaría para la izquierda madrileña un giro al centro capaz de atraer a un Ciudadanos que decida aislar y no dar juego a la extrema derecha también en la Comunidad. Y por supuesto una llamada desesperada a la participación electoral que lleve a ser virtuosa esta fragmentación. Es cierto que el tirón de Manuela Carmena, bien valorada en la gestión en Madrid, puede suponer un plus mayor que ir de la mano de un Podemos que está cayendo en encuestas y elecciones (miren Andalucía). Pero supone una dificultad añadida para la gobernabilidad. Especialmente si los integrantes de ambas candidaturas empiezan una competición insana donde primen los desencuentros a los acuerdos. Si el desencuentro es más personal que político, ambos deberían primar lo que mejor venga a sus intereses electorales. Sin embargo, las frases y el enfado en Podemos hacen presagiar lo contrario: el "Íñigo no es Manuela" de Iglesias en su carta a los inscritos y la petición de renuncia a su escaño en el Congreso con un "Yo dimitiría, pero de algo tiene que vivir hasta mayo", de Pablo Echenique sitúan la discusión en el terreno personal más que en las divergencias políticas.
Quizá esto le suponga de cara a las autonómicas mayor dificultad para reeditar los pactos con otras formaciones (pienso en Compromís o en Equo), temerosas de perder en mayo más de lo que se pueda ganar. El Podemos que lo hizo todo bien, que supo atraer a personas de la izquierda con un perfil tan distinto como Manuela o Íñigo, abriendo un proyecto capaz de sumar cinco millones de votos y ganar algunas de las principales alcaldías de España, se está rompiendo en luchas intestinas. En este momento, mala noticia.