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mentiras

Me asombra, cada día más, como la doctrina goebbeliana de propaganda, de desinformación y manipulación de las masas ha calado tanto en la forma de hacer política en España, sobre todo en la utilización de unos de sus 11 principios, el principio de orquestación: “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”.

A Donald Trump le gusta llevar las cosas al límite. Lo hace por instinto y por una falta muy aguda de sentido de responsabilidad. Presume de los éxitos que obtiene actuando de esa manera, pero se calla los tremendos fracasos. O más bien los niega. O los sepulta bajo un aluvión de tweets encabezados con la divisa fake news.

En uno de los libros de su República, Platón compara a la sociedad ateniense con una nave gobernada por unos marineros ineptos que se empeñan en dirigirla sin tener idea alguna de navegación. Tanto identificó la humanidad a los gobernantes con aquella tripulación desquiciada que, desde entonces, la alegoría ha dado para cuadros, libros, películas.
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Todo español racional sabe que José María Aznar y su gobierno mintieron sobre la autoría de los ataques terroristas del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Todos saben que el PP perdió las elecciones que se celebraron tres días después. Todos saben que la mentira no costó nada a los que mintieron.