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Edición testing    4 de diciembre de 2020

medidas restrictivas

Las cifras de la pandemia del coronavirus en esta segunda oleada, son extraordinariamente alarmantes. El Ministerio de Sanidad ha comunicado un nuevo récord de contagios durante el fin de semana, dejando 52.188 casos y lo que es peor, 272 muertos en el país, la cifra más alta tras el verano. La incidencia acumulada ha aumentado a 410 casos por cada 100.000 habitantes, de media en España, y todas las comunidades autónomas, excepto Canarias, Baleares y la Comunidad Valenciana se encuentran en un nivel de riesgo extremo. A su vez, el director de la CCAES, el doctor Fernando Simón, ha advertido de que varias regiones cuentan con un 40% de ocupación de las UCI y que en noviembre, la situación podría volverse más que crítica.

El organismo internacional ha reconocido, no obstante, que en esta segunda oleada, se detectan el triple de casos y hay hasta cinco veces menos muertes pero esta situación cambiará si no se toman medidas duras.

La organización mundial de la Salud, OMS, ha advertido al continente europeo de que bajar la guardia contra la transmisión de coronavirus puede generar que en enero se produzcan entre cuatro y cinco veces más muertes que en el mes de abril. En este sentido, el número de casos diarios y la presión hospitalaria han aumentado, en todos los países europeos, y la Covid-19 se ha convertido en la quinta causa principal de muertes.

Madrid no huele a otoño. El miedo, la desconfianza, el bochorno, la vergüenza, la indignación, la indiferencia… han barrido los aromas otoñales del cielo madrileño, oculto por la contaminación que arrastra el virus. Los ciudadanos caminan embozados ocultándose al doblar las esquinas. El rostro cabizbajo mientras cruzan la calle, obedientes al color verde, separados como zombis jugando a tapar la calle. Unas calles llenas de comercios tristes. Vacíos unos, cerrados otros. Terrazas sin manteles a la puerta de bares sin barra. Camareros de cera, peluqueros disfrazados cortándose el pelo entre ellos. Parques vacíos, niños que juegan sin gritar ni correr, agarrados a sus padres.

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