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Edición testing    27 de febrero de 2021

Maria Mir Rocafort

Cuando la economía se volvió loca, hace muchos años ya, la mayoría de los afectados por la depresión perdió la brújula. La sociedad empezó a girar en un pozo negro. Y dentro de esa masa que llamamos sociedad, cada cual empezó a girar, a girar y a girar con su propia inconsciencia, cada vez más lejos del aire y de la luz que la mente humana necesita para vivir. Tal vez siempre fue así, pero hoy, gracias a todos los medios de información de que disponemos, las aguas negras de la mente, propia y de extraños, ya no se ocultan; se desbordan ante nuestros ojos en toda su repugnante fetidez. Un día, en los Estados Unidos, es una horda de racistas que defiende la supremacía de los blancos asaltando su capitolio con la intención de matar a los legisladores que defienden la justicia. Otro día, en nuestro país, es otra horda que destroza cuanto encuentra a su paso por la calle para defender el derecho a insultar, a amenazar, a atacar al contrario. Otro día, en muchos países, son millones votando para entregar el poder a enemigos de los valores humanos. Cada día, en todas partes, giramos y giramos y giramos entre cifras de enfermedad y muerte que pocos escuchan, y millones ahogan su esperanza girando, girando, girando en la inmundicia sin atreverse siquiera a patalear, a empinarse, a luchar con uñas y dientes por salir a la luz. Millones han reducido sus vidas a girar, a girar y girar en el mismo sitio, como las aspas de un molino, esperando que el tiempo desmorone sus vidas inútiles.

Parece mentira. Un filósofo con cara de filósofo y anticuadas gafas de concha ha vuelto loca a tres cuartas partes de la politiquería de este país al anunciar que se presenta a las elecciones de president de Cataluña. Parece mentira. Un hombre con cara de buena persona, un hombre tranquilo sin ningún rasgo inquietante, ha causado terror agitando la glándulas de todos los aspirantes a gobernar la autonomía más importante del país y a todos los politiqueros de todos los partidos distintos al suyo. ¿Por qué causa ese pánico? Uno se lo pregunta porque no se lo explica. Todos le ponen a parir como si ese hombre fuera una amenaza para todos los politiqueros de la tierra. Y a los politiqueros se han unido, ¿como no?, todos los comentaristas a sueldo de las derechas y los comentaristas serios que pretenden no estar a sueldo de nadie más que de sus propios intelectos, intelectos que adolecen de una mediocridad que espanta; comentaristas cuyas voluntades les mueven a instruirse, por puro terror, con las directrices de las tres derechas para no meter la pata demasiado cargándose prestigio y sueldo. ¿Qué tiene Salvador Illa que ha puesto a temblar a toda la politiquería nacional?

Hace unos días me apareció el tuit de una tuitera americana indignada porque Twitter le había clausurado la cuenta a Donald Trump. Anunciaba que ella daría de baja la suya en protesta e instaba al resto de los tuiteros a hacer lo mismo. Le di las gracias por librarnos de una trumpista y le deseé que muchos trumpistas siguieran su ejemplo. No me contestó. Supongo que la sorpresa la dejó sin palabras, porque una de las creencias de los fieles de Trump es que la mayoría de la humanidad pertenece a su secta y que no hay ser humano que no venere al ídolo del país más poderoso del mundo. ¿Qué le pasará a estas almas cándidas cuando su todopoderoso pierda todo su poder el miércoles? Por ahora, contagiados hasta el tuétano de la facultad de engaño y autoengaño de Donald Trump, no hay fuerza de índole alguna sobre la faz de la tierra que les convenza de que Trump pueda perder su omnipotencia. Donald Trump es Dios, como él mismo dijo en un rally. Si, como dicen prestigiosos psiquiatras, Trump ha llegado a creerse sus propias mentiras, ¿qué puede hacer de aquí al miércoles para no salir de la Casa Blanca derrotado? Nadie lo sabe, razón por la cual, las mentes más preclaras de la política americana viven, desde el pasado miércoles, haciendo esfuerzos supremos por ocultar su canguelo.

"Entre todos la mataron y ella sola se murió", decía mi madre con bastante frecuencia. Tardé años en entender la frase aunque, aún sin entenderla del todo, me resultaba inquietante. Hoy la recuerdo, la entiendo y la siento. Fueron muchos los que intentaron matar en mi madre la razón, la voluntad, las ganas de vivir cuando apenas era una niña que ni siquiera entendía esos conceptos. Intentaron matarla las bombas que caían sobre Madrid desde bombarderos alemanes. No lo consiguieron. Aferrada a la mano de su madre corrían las dos hacia el refugio y siempre llegaron a tiempo.

Decía que la verdad no le interesa a casi nadie. Llamamos verdad a lo que coincide con los hechos racionalmente explicables y los hechos pueden resultar desagradables o aburrir mortalmente. ¿A quién le importa que miles enfermen y mueran? A sus familiares y amigos y a unos pocos empáticos.

"Cómo hacer dinero posando". Si aún no se ha escrito un manual sobre el tema, millones deben estar esperando que alguien se ponga para hacerle rico vía best-seller. El éxito de los posers que en Instagram, por ejemplo, consiguen llegar a influencers, desata la curiosidad y la envidia de millones de jóvenes pobres y medio pobres de todo el mundo que se imaginan sacados de pena posando ante un público que se extasía viéndoles contorsionarse en bikini o en camiseta en algún rincón mal iluminado de sus casas, soltando minuto y pico de chorradas, con millones de seguidores y de likes que les permiten hacer caja sin más trabajo que posar y decir chorradas; el chollo del siglo, vamos. Pero el asunto no es tan fácil como suena. Más vale caer en gracia que ser gracioso, dice el refrán, y caer en gracia tiene su misterio como todo lo relacionado con la suerte. Por eso, ciertos políticos actuales dispuestos a reducir su trabajo a posar y cobrar gastan millones de sus partidos pagando asesores expertos en propaganda para que les digan cómo y dónde tienen que posar y qué chorradas tienen que decir para garantizarse el éxito, es decir, los votos. Y hasta para posar y decir chorradas hay que tener cierto talento.

¿A quién le importan las elecciones americanas cuando en casa está enfermando y muriendo gente y se están cerrando locales para siempre y miles están rellenando formularios para pedir una ayuda o haciendo cola para conseguir un poco de comida? Trump es solo un nombre, una palabra que suena a golpe de tambor lejano. Pues bien, esta mañana, leyendo The Guardian, Trump me sonó en la mente con la fuerza de decibelios insoportables para el oído humano. Trump me sonó a golpe mortal contra el virus que asola el mundo, contra todos los negocios, grandes y pequeños, contra todas las ayudas, contra todas las colas. Trump me sonó a la solución de todos los problemas de la tierra por la vía de la muerte. Ayer, Donald Trump comunicó a su gabinete su intención de atacar las instalaciones nucleares de Irán antes de dejar la presidencia.

El día que juró como presidente de la primera potencia del mundo un hombre aquejado de egolatría, sin valores éticos ni empatía que frenaran sus impulsos, dispuesto a cualquier cosa por detentar el poder y mantenerse como dueño y señor del universo; ese día se recrudeció la pandemia de egoísmo, odio y corrupción que ya había empezado a contagiar al mundo entero.

Uno creía que era increíble que un individuo se atreviera a secuestrar la atención de todos los políticos, de toda la prensa, de todos los ciudadanos interesados en la política de este país proponiendo una moción de censura contra el gobierno, cuando todo ser humano, es decir, ser racional y empático, tenía su atención, como la tenía que tener, concentrada en defenderse y defendernos contra un virus que nos está aplastando como a moscas. Increíble, pero cierto.

Tanto fallecido, tanto enfermo, tanto arruinado, tanto sin trabajo, tanto Casado, tanto Ayuso, tanto Abascal "et al." afectan; afectan al alma empática, afectan a la mente racional, afectan al cuerpo sensible a las alteraciones de las glándulas, del alma, de la mente. Quien se conoce un poco a sí mismo nota cómo, ante tal panorama, se le van apagando las ideas; cómo las ganas de casi todo se le van adormeciendo y lo único que aún parece moverle son las ganas de mandarlo todo a la mierda. Pero quien ha pensado un poco sobre el sentido de la vida sabe que hacer caso a esas ganas aproxima a la muerte o, en términos más científicos, puede ser aviso alarmante de la inminencia de una depresión. Quien se quiera a sí mismo, por poco que se quiera, hará ímprobos esfuerzos por alejarse del borde de ese pozo negro.

En una fecha próxima a la navidad de 1970, la única cadena de televisión que había en aquella época metió en nuestras casas a un anciano de expresión bondadosa y a un entrevistador que no conseguía controlar del todo la cara y el tono de voz de tonto que utilizan la mayoría de los adultos para dirigirse a los niños muy pequeños y a los ancianos muy ancianos. Intentaba controlarlos, sí, porque con ese anciano en particular, poca broma. Suyo era el reino, el poder y la gloria y lo serían hasta el último suspiro que sus pulmones soltaran en la sacrosanta atmósfera de España.

To be or not to be, dice Hamlet con la calavera del bufón Yorick en la mano. Meditar ante una calavera no llama al optimismo a menos que uno tenga fe en la inmortalidad del alma y en la existencia de un paraíso al que irán a parar los algo buenos o los menos malos; la bondad absoluta no cabe dentro de nuestros límites. El de la calavera dejó de ser un ser vivo. Ya no permite esperar que crezca, evolucione, se transforme, contribuya a transformar el mundo. En este mundo, era y ya no es. Simplemente se acabó, y con él se acabó para él toda esperanza.

Septiembre se acerca inexorablemente, monstruo de dos cabezas, una "moción de censura", la otra "vuelta al colegio". En esa segunda cabeza gigantesca pueden verse las caras de todos los niños que en septiembre llenarán las escuelas. "Locos bajitos", les llamó una canción. Locos bajitos con una inquietante inteligencia en los ojos que revela su poder y su voluntad de poner el mundo patas arriba contagiando a todos su locura. Esos niños se mueven, se tocan, se escupen y de sus delicadas boquitas sale un aliento fresco en el que pueden esconderse, invisibles, millones de virus con horribles punchas que vuelan a clavarse en los pulmones de jóvenes y viejos. A los pobres maestros les tocará la misión imposible de mantener a esos niños quietos y callados. Puede que la observancia de los protocolos desatasque las UCI, pero, que se sepa, ningún gobierno ha previsto el probable atascamiento de los psiquiátricos.

El rey dimitido se fue. El virus se ha quedado. Siguen entre nosotros unos individuos jugando a la gallinita ciega al borde de un precipicio. ¿Quién lleva la venda en los ojos y corre alegremente en pos de todos mientras todos corren para que no les pille? Más vale que encontremos una respuesta a esa pregunta antes de que sea demasiado tarde y todos acabemos desbarrancados.

Ayer me desperté con un profundo desánimo. Me tocaba escribir artículo y solo aparecía en mi mente la palabra política sobre un fondo negro como cielo de noche sin luna ni estrellas. Mi último artículo terminaba con una pregunta asesina: ¿Para qué sirven las derechas? Ante el peligro mortal de una respuesta más horrible para la mente y las emociones que la más mortífera pandemia, mi mente cortó por lo sano con una respuesta terminante: Para nada.