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Edición testing    24 de mayo de 2020

Maria Mir Rocafort

Estoy de “los errores de Pedro Sánchez” hasta más allá de la coronilla. Mañana, tarde y noche no hay presentador ni analista ni tertuliano que no empiece una crítica a la oposición sin meter por delante o en el medio o al final “los errores de Pedro Sánchez”. Que ha cometido muchos, agregan, como si fuera una norma de libro blanco mencionar “los muchos errores de Pedro Sánchez” antes o después de mencionar el error de cualquier otro político. Que conste que “Pedro Sánchez ha cometido muchos errores” no vaya a ser que acusen al periodista o catedrático o experto en cualquier cosa de ser parcial al gobierno, de no ser equidistante, de ser socialista, ¡qué horror!

Este domingo, 17 de mayo es el día contra la LGTBI fobia. Confieso que le tengo manía a las asociaciones en defensa de LGTBI. Soy mujer, viví más de veinticinco años con una mujer, nos casamos cuando se pudo y nos divorciamos cuando no pudimos convivir satisfactoriamente. Así de sencillo. Me revienta que me obliguen a meterme en un acrónimo. Yo no soy acrónimo de nada. Soy una mujer que se casó con otra mujer porque estaba enamorada hasta las cachas y porque me dio la gana.

El miércoles pasado, otra vez al Congreso, otra vez al espectáculo de políticos teatreros perorando, como en un concurso de monólogos, a ver quién la decía más gorda contra Pedro Sánchez y su gobierno o quién comunicaba con más intensidad la idea fuerza de que Sánchez y su gobierno no hacen otra cosa que equivocarse. Cuando el presidente concluyó su discurso y la presidenta del Congreso anunció a Pablo Casado, tuve que pedir a mi voluntad que me conminara los ojos a quedarse en la pantalla y el culo a no moverse de mi butaca. Ver y oír por enésima vez la misma cara, la misma pose del mismo cómico repitiendo el mismo discurso requiere, más allá del sentido de la responsabilidad, cierta dosis de masoquismo. Masoquismo no me falta, como descubrí hace años con estupor.

La Iglesia Católica, Apostólica y Romana justifica su poder como institución en el capítulo 16, versículo 18 del Evangelio según Mateo. Dice Cristo a Simón Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia.” Los evangélicos interpretan las palabras de Cristo literalmente para decir que Cristo no se refería a la Iglesia como asamblea de todos los cristianos, sino a una roca que estaba por ahí y sobre la que proyectaba construir un templo.

Un día de hace muchísimos años le confesé a un sacerdote que no creía en el demonio. Digo que le confesé porque creía entonces que negar un dogma era un pecado grave y que mi falta de fe en el maligno podía afectar mi relación con Dios. Yo era muy, muy joven y mi fe vivía en perpetua batalla contra mi razón, pero con lo que yo creía era la asistencia de Dios, mi fe ganaba siempre. El sacerdote en cuestión me pegó un susto de muerte. “Ese es el gran triunfo de Satanás”, gritó.

He tardado en escribir un artículo. Leer, oír, ver en vídeos cada día cómo crece el tumor oscuro que amenaza nuestro modo de vivir me ha dejado sin fuerzas para escribir otra cosa que comentarios cortos en las redes. No se trata del virus que ha sumido tantas vidas en una tragedia. Las tragedias que ocurren en el escenario del mundo real, como las que ocurren en los libros y en los teatros, tarde o temprano terminan. La que ahora nos atemoriza y nos desbarajusta depende de una vacuna o de un tratamiento eficaz, y hay tantos cerebros empeñados en su busca, que ambas cosas aparecerán más pronto que tarde. Podremos entonces mirar atrás y percibir estos días como una tragedia escrita por un dramaturgo demente de la que salimos aliviados y sin ganas de volver a verla o a leerla. Pero el tumor es otra cosa.

Se llamaba Eva y se puso de seudónimo Cecilia. Yo me corté el nombre a los dieciocho años y me lo dejé en María. Cecilia nació en España el mismo año que yo. Le tocó expatriarse de niña. Yo nací en Argentina, pero me expatriaron cuando tenía meses y desde entonces mi única patria fue España estuviera o no estuviera aquí. España era mi única referencia por ser la patria de mis padres. España era la referencia de Cecilia estuviera en el país que estuviera. Hoy, como compatriota y coetánea le pregunto qué le parece lo que está pasando aquí, y siento su voz en mi memoria como si estuviera a mi lado.

Último pleno del Congreso. Sube a la tribuna Pablo Casado. Me preparo para oír lo de siempre contra Sánchez y contra el gobierno. Me preparo para el aburrimiento porque la indignación se me ha muerto de tanto usarla. Pero he aquí que, de pronto, las palabras del jefe de la oposición me alertan como una puñalada en el centro cerebral de la atención. La mandíbula inferior se me cae. Los ojos se me desorbitan. Mis oídos se preguntan, incrédulos, si han oído lo que creen haber oído.

Esta mañana, en un artículo de Jill Lepore en The Newyorker, leí una frase que me impresionó: “En la literatura de la peste, la gran amenaza no es la pérdida de vidas humanas, sino la pérdida de aquello que nos hace humanos”.

Encerrados, todos encerrados por el miedo a la enfermedad y a la muerte. El encierro obligado irrita, deprime. Después de la pena capital, es el peor castigo que el poder concibe contra aquellos que infringen las leyes, justas o injustas, que gobiernan a la sociedad. El preso, inocente o aun sabiéndose culpable del delito por el que le han condenado, increpa a la Justicia por encerrarle. ¿Qué hice para que pusieran a mi vida tanta cárcel?, preguntaba a Dios y al mundo Miguel Hernández. El confinado hoy en su casa no tiene ni siquiera el desahogo de culpar de su pena a un juez o a un régimen.

Cunde el pánico en los altos despachos del PP. El puto virus le va a dar al gobierno un protagonismo absoluto y, como lo haga bien, una absoluta mayoría de votos en las próximas elecciones. Hay que contrarrestar sacando a Casado inmediatamente después para que la audiencia olvide la cara y las palabras de Sánchez y se quede con la cara y las palabras de Casado y acabe atribuyéndole a la oposición las decisiones salvadoras del gobierno y al gobierno los fallos que la oposición destaque. Total, la gente no se entera de nada y lo confunde todo.

La imagen podría representar a la mujer de la curva, ese fantasma que, según la leyenda, aparece en la curva de alguna carretera deteniendo al coche que se acerca, para luego desaparecer. También puede simbolizar a la mujer esperando, siempre esperando que otro la lleve. Y puede simbolizar también a la mujer, a cualquier mujer, sola ante la carretera por la que deberá transitar venciendo su blandura, su debilidad, para llegar al destino que le señala su ambición. La tercera alternativa parece la más acorde con el espíritu de nuestro tiempo, pero, ¿lo es?.

Vuelan por Twiter preguntas de ciudadanos lógicamente desconcertados. ¿Por qué la Transición no acabó de raíz con todo vestigio de la dictadura? ¿Por qué no se pueden cambiar leyes para evitar que un sádico interrogador conserve las medallas que se le otorgaron por su sadismo, para que los ciudadanos puedan ver los documentos en los que se describen sus fechorías infrahumanas y las de tantos otros como él? ¿Por qué hay jueces que protegen la impunidad de algunos políticos corruptos?.

Tengo que empezar contradiciendo al presidente del gobierno. Dijo Pedro Sánchez. “España no se rompe”. Y digo yo y cualquiera que tenga dos oídos, dos ojos y dos dedos de frente que España está rota.

Un día antes de terminar el año, por la mañana, como todas las mañanas, empecé el día oyendo noticias, entrevistas, tertulias políticas, pobre de mí. Iba por la última tertulia que oigo cada mañana cuando, de pronto, en mi mente sonó una canción que me había obsesionado durante un tiempo hace muchísimos años. Me llamó la atención que la memoria hubiese decidido recuperar precisamente esa canción del fondo de su trastero y que me ofreciera, no solo la música, sino la letra como si me la acabase de aprender. Olvidé a los tertulianos. The windmills of your mind, (Los molinos de tu mente), se llamó la canción en inglés cuando la convirtieron en banda sonora de una película y ganó el oscar.