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Edición testing    31 de octubre de 2020

Libia

La religión ha sido, históricamente, un factor de gran potencial para imponer intereses políticos. Sin embargo, sistemas políticos edificados sobre la hegemonía de los valores religiosos no desdeñan pactos o alianzas con agentes que se asientan sobre principios incompatibles con las creencias religiosas. Estos días hemos asistido a varios ejemplos.

En países como Yemen, Libia o Afganistán no hacía falta el COVID-19 para que la tragedia asfixiara la vida. La guerra ha seguido asolando esos lugares, sin apenas respiro (en Afganistán, a salvo de un alto el fuego, hay una tregua frágil y no siempre contrastable. Naturalmente, el coronavirus no se ha privado de extenderse por allí también y dejará un reguero de dolor y muerte. Duplicará el sufrimiento de las naciones y reforzará el autoritarismo de gobiernos, pseudogobiernos y caciques. El resultado: guerras al cuadrado.

En el norte de África parece haber llegado el tiempo de la resolución a las crisis que sacuden a esos países desde hace semanas, meses o años, según el caso. Tres son los escenarios que merecen especial atención inmediata: Argelia, Libia y el Sahara Occidental.

El 24 de julio se celebra el consenso sobre la necesidad de poner fin a la detención arbitraria de refugiados y migrantes en Libia. Es necesario que exista un proceso de liberación ordenada de personas en los centros de detención hacia zonas urbanas, o que se abran centros que permitan una libertad razonable de movimiento, albergue, asistencia y protección contra daños, además de monitoreo independiente y acceso regular sin trabas para las agencias humanitarias. A la luz de los riesgos de abuso, maltrato o muerte, nadie debe ser devuelto a los centros de detención en Libia después de ser interceptado o rescatado en el mar.
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