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Edición testing    16 de abril de 2021

Juan Antonio Sacaluga

En el confuso y peligroso panorama internacional parecen haber amainado algunos de los conflictos bélicos recientes. Sin embargo, es una impresión engañosa. En muchos de esos casos, se está lejos de una pacificación estable y duradera. Como mucho, podría decirse que nos encontramos en un estado de guerras latentes, categoría en la cual debemos añadir otros conflictos que no han degenerado en conflagración abierta o clásica. Todavía. Seleccionamos tres casos, para este comentario.

Bajo un estado de máxima vigilancia, Joseph Biden ha tomado posesión del cargo de 46º presidente de Estados Unidos. Unidad, verdad, respeto y generosidad fueron los valores que articularon el mensaje inaugural a una ciudadanía sobrecogida. Un discurso grave y solemne pero compensado con el optimismo tradicional de una nación que se proclama indispensable, convencida de que siempre saldrá adelante por pavorosas que sean las dificultades, con la ayuda de Dios. Invocación a la democracia, frágil pero que ha vuelto a prevalecer a pesar de las amenazas que la acechan.

El “trato” (deal) diplomático entre Marruecos y Estados Unidos es el último ejemplo del desaliño internacional del presidente (saliente) norteamericano. Ya que no ha podido impedir el bloqueo jurídico e institucional de la elección de su rival demócrata, Joe Biden, se ha embarcado en intensificar una serie de iniciativas incoherentes con los compromisos exteriores de Estados Unidos y dudosamente consistentes con la legalidad internacional. Se teme que de aquí al 20 de enero pueda cometer todavía alguna tropelía mayor.

La derrota de Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas ha suscitado interrogantes sobre el futuro inmediato del nacional-populismo como fenómeno global. ¿Estamos ante el fin, o al menos el declive de esa orientación socio-política? En caso afirmativo, ¿será un proceso lento o rápido, parcial o total, zonal o universal? ¿Desaparecerá? De no ser así, ¿cambiará? ¿Qué formas adoptará?

Se han confirmado los augurios de los últimos días en Estados Unidos. Resultado apretado, incógnita sobre el ganador de las elecciones y largo y tenso proceso de recuento de los votos anticipados y de los enviados por correo. Disputas más que probables en las tribunas y en los juzgados.

A pocas horas del 3 de noviembre, aumentan las dudas sobre el resultado de las elecciones norteamericanas. Lo que hasta hace unas pocas semanas parecía un triunfo relativamente cómodo de Biden se ha convertido ahora en una evocación anticipada de lo ocurrido en 2016: un desenlace inesperado. Esa sería la “sorpresa de octubre” de este año: un giro postrero en el balance de voluntades.

Trump enfermó de coronavirus. Como era de esperar. A pesar de la supuesta alta protección de que goza un jefe de Estado, y si es el del Estado más poderoso de la tierra, más aún. Pero Trump no es un jefe de Estado normal. Es más que atípico. Es disfuncional. Lo ha sido, y con exceso, durante el desarrollo de la pandemia y lo fue antes. En estos últimos días, cuando su enfermedad ha sido pública (el inicio de su infección aún no ha sido esclarecido) se ha mostrado más de lo mismo (1). Y todo indica que seguirá en esa línea.

La muerte de Ruth Bader Ginsburg, una de los nueve jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos (SCOTUS), ha abierto un nuevo frente de agria confrontación en una ya muy enrarecida campaña electoral. A mes y medio de la decisión (al menos sobre el calendario oficial), nunca han sido tantas las dudas sobre el funcionamiento normal de la provisiones electorales, legales e incluso constitucionales.

La dimisión del primer ministro de Japón, Shinzo Abe, formalmente por motivos de salud, a finales de agosto, abre un nuevo frente de incertidumbre en Asia, en un momento de grandes zozobras por la inestabilidad en Hong-Kong, los efectos persistentes del coronavirus, la renovada hostilidad entre Pekín y Delhi, los planes de refuerzo militar de China en los archipiélagos marítimos en disputa y el empuje nacionalista en toda esta vasta región mundial.

La crisis política en Bielorrusia se prolonga, sin que se aviste una solución. El supuesto fraude electoral con el que el presidente Lukashenko querría perpetuarse en el poder ha provocado una oleada de protestas, inicialmente originadas en los núcleos sociales de la oposición, pero extendida luego a los sectores más afines al régimen. El Kremlin, aliado incómodo y últimamente reñido con el déspota, medita su próxima jugada. En los últimos días había crecido la presión europea contra Rusia, ante el riesgo de una intervención de rescate.

Los demócratas abren una fría y distante Convención en medio del trauma nacional por el fracaso en contener el virus más globalizado de la historia, pero con el convencimiento de que están llamados a pilotar la mayor rectificación política desde el periodo de entreguerras.

Las causas de la horrible doble explosión en el puerto de Beirut, que causó la muerte de 160 personas, herido a miles más y privado de sus casas a centenares de miles, tardarán en esclarecerse, si es que alguna vez se llega a saber lo ocurrido. El almacenamiento fraudulento e incomprensible, durante años, de 2750 toneladas de nitrato de amonio, un compuesto altamente volátil, ha evidenciado la quiebra del Estado libanés: descontrol oficial, información deficiente, falta de seguridad básica y descoordinación de los servicios públicos.

El acuerdo de Bruselas para financiar la reconstrucción tras el desastre del COVID-19 ha generado comentarios y valoraciones por lo general optimistas y hasta triunfalistas. En parte es lógico por la dimensión de lo conseguido, pero también por las dificultades que se tuvieron que remontar y lo cerca que se estuvo del fracaso. Una estimación menos apasionada conduce a un balance más matizado, que, sin restar trascendencia al resultado, evita la tentación de las habituales hipérboles con que suelen despacharse estos tipo de acuerdos. Éste sería el enfoque:

La religión ha sido, históricamente, un factor de gran potencial para imponer intereses políticos. Sin embargo, sistemas políticos edificados sobre la hegemonía de los valores religiosos no desdeñan pactos o alianzas con agentes que se asientan sobre principios incompatibles con las creencias religiosas. Estos días hemos asistido a varios ejemplos.