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Edición testing    25 de septiembre de 2020

Juan Antonio Sacaluga

La muerte de Ruth Bader Ginsburg, una de los nueve jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos (SCOTUS), ha abierto un nuevo frente de agria confrontación en una ya muy enrarecida campaña electoral. A mes y medio de la decisión (al menos sobre el calendario oficial), nunca han sido tantas las dudas sobre el funcionamiento normal de la provisiones electorales, legales e incluso constitucionales.

La dimisión del primer ministro de Japón, Shinzo Abe, formalmente por motivos de salud, a finales de agosto, abre un nuevo frente de incertidumbre en Asia, en un momento de grandes zozobras por la inestabilidad en Hong-Kong, los efectos persistentes del coronavirus, la renovada hostilidad entre Pekín y Delhi, los planes de refuerzo militar de China en los archipiélagos marítimos en disputa y el empuje nacionalista en toda esta vasta región mundial.

La crisis política en Bielorrusia se prolonga, sin que se aviste una solución. El supuesto fraude electoral con el que el presidente Lukashenko querría perpetuarse en el poder ha provocado una oleada de protestas, inicialmente originadas en los núcleos sociales de la oposición, pero extendida luego a los sectores más afines al régimen. El Kremlin, aliado incómodo y últimamente reñido con el déspota, medita su próxima jugada. En los últimos días había crecido la presión europea contra Rusia, ante el riesgo de una intervención de rescate.

Los demócratas abren una fría y distante Convención en medio del trauma nacional por el fracaso en contener el virus más globalizado de la historia, pero con el convencimiento de que están llamados a pilotar la mayor rectificación política desde el periodo de entreguerras.

Las causas de la horrible doble explosión en el puerto de Beirut, que causó la muerte de 160 personas, herido a miles más y privado de sus casas a centenares de miles, tardarán en esclarecerse, si es que alguna vez se llega a saber lo ocurrido. El almacenamiento fraudulento e incomprensible, durante años, de 2750 toneladas de nitrato de amonio, un compuesto altamente volátil, ha evidenciado la quiebra del Estado libanés: descontrol oficial, información deficiente, falta de seguridad básica y descoordinación de los servicios públicos.

El acuerdo de Bruselas para financiar la reconstrucción tras el desastre del COVID-19 ha generado comentarios y valoraciones por lo general optimistas y hasta triunfalistas. En parte es lógico por la dimensión de lo conseguido, pero también por las dificultades que se tuvieron que remontar y lo cerca que se estuvo del fracaso. Una estimación menos apasionada conduce a un balance más matizado, que, sin restar trascendencia al resultado, evita la tentación de las habituales hipérboles con que suelen despacharse estos tipo de acuerdos. Éste sería el enfoque:

La religión ha sido, históricamente, un factor de gran potencial para imponer intereses políticos. Sin embargo, sistemas políticos edificados sobre la hegemonía de los valores religiosos no desdeñan pactos o alianzas con agentes que se asientan sobre principios incompatibles con las creencias religiosas. Estos días hemos asistido a varios ejemplos.

El primer ministro israelí desoja la margarita de la anexión de la ribera occidental del Jordán, una de las decisiones más arriesgadas de su dilatada carrera política. Desde primeros de mes se espera esta medida, que podría encender de nuevo los territorios palestinos, provocar una discordia diplomática y alterar en cierto modo los acuerdos regionales vigentes.

Mientras gran parte del mundo se prepara para un regreso lento, incierto, todavía peligroso y, desde luego, plagado de incertidumbres de todo tipo, a una relativa normalidad, las regiones rezagadas en el impacto del COVID-19 (América Latina y gran parte de África) tendrán todavía semanas por delante de sufrimiento y oscuridad.

Cada vez se evoca más la guerra fría para describir el estado actual de las relaciones entre las dos principales superpotencias (o la superpotencia y la aspirante) mundiales: Estados Unidos y la República Popular de China.

En Venezuela, el oscuro episodio de una operación tipo Bahía Cochinos se ha resuelto en farsa. Tardaremos en saber hasta donde llegan las responsabilidades de los actores en liza, quien miente, oculta, tergiversa o simplemente disimula. La narración de la trama puede seguirse en las piezas elaboradas por periodistas del Washington Post (1).

Mientras el coronavirus parece remitir en Asia, aplaca su furia en Europa y está aún por saciar su voracidad en América, la próxima etapa de su expansión se sitúa en África, el continente más vulnerable. El colofón de la tragedia global se producirá, si algún factor inesperado no lo remedia o mitiga, donde más daño humano puede hacer.

¿A cuál de estos dos momentos históricos se parecerá el mundo cuando concluya la pandemia? ¿Al posterior a la Gran Guerra que cerró una etapa del capitalismo colonialista expansivo? ¿Al remate de un ciclo infernal de conflictos nacionales e inicio de otro orden internacional bajo un nuevo liderazgo, en un mundo bipolar? ¿O a ninguno de los dos, porque se tratará de un entorno nuevo y desconocido, incierto y mucho más inseguro?

En julio de 2012, el entonces presidente del Banco Central Europeo, el italiano Mario Draghi, pronunció una de las frases que forman parte ya de la historia de la UE: “Haremos todo lo que sea necesario para salvar al euro. Y será suficiente, créanme”.

El mundo se mueve al ritmo de la propagación del Coronavirus y del relato muchas veces alarmista de unos medios abonados al opiáceo del espectáculo catastrófico. El despotismo informativo hace que los asuntos perentorios desplacen a los necesarios análisis de fondo. El interés se centra prioritariamente en los avances del virus y en los esfuerzos por aislar/proteger/tranquilizar a la población. Los Estados tratan de buscar soluciones que refuercen el control de la infección con la preservación de las libertades y el sostenimiento del sistema productivo. Pero se habla mucho menos de las carencias de los sistemas sanitarios, como consecuencia de años y años de recortes.