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Edición testing    4 de marzo de 2021

Guerra de Irak

Con Aznar volvemos a la casilla de salida. Muchos creyeron que la marcha de Cayetana Álvarez de Toledo de la portavocía del PP en el Congreso, a finales del mes de agosto, obedecía a un movimiento interno dentro del primer partido de la oposición hacia posiciones más moderadas. Algunos barones de ese partido acogieron con satisfacción la destitución de la Marquesa de Casa Fuerte y el nombramiento de Cuca Gamarra como portavoz en el Congreso. Pero pronto hemos tenido otra prima donna en primera plana de la zozobra política, el bloqueo, el negacionismo y la crispación. No es otra que la presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, cuya inacción y frentismo ha situado a Madrid en el epicentro del Covid de toda Europa. Los madrileños caen como moscas, pero a ella sólo parece importarle el negocio que hay tras la construcción del nuevo hospital, y la prestación de servicios de sus empresas amigas, para triplicar las UCI, llegado el caso. La contratación de médicos, rastreadores, personal sanitario, para la atención primaria, no da dinero, no interesa. Por otro lado, todo vale para enfrentarse y desgastar al Gobierno central, obligado a intervenir ante el crecimiento alarmante de los contagios.

Los actuales lodos que embarran la política española proceden de los polvos que durante años han diseminado los vientos quien aspira a ser el nuevo Jefe del Estado, con o sin Corona, con o sin República. Me refiero a José María Aznar, un político que ha inoculado en el Partido Popular y en todas las facciones del derecha española el virus de la destrucción. Para el ex presidente español, la política no es el arte de lo posible sino una maquinaria de destruir Estados para lograr el poder. Sus rivales democráticos son enemigos a los que no hay que vencer en las urnas, sino destruir y enterrar.

“A mi mirándome a la cara nadie me habla de derechita cobarde”. No señor Aznar, a usted que fue capaz de conseguir unos abdominales envidiables, donde sólo había flacidez. A usted que hizo de sí mismo "uno de los grandes protagonistas de la historia" -según su propia versión claro-. Que le metieron a la cárcel a doce de sus catorce ministros del "milagro español". Que nos llevó "heroicamente" a la Guerra de Irak, que ensalzó a "ese chico lleno de cualidades", Santiago Abascal, y que pretende reencarnar su "mando en plaza" a través del retoño Pablo Casado ¿quien le va a acusar de cobardica?
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