lahoradigital.com
Edición testing    16 de abril de 2021

Elecciones americanas

Bajo un estado de máxima vigilancia, Joseph Biden ha tomado posesión del cargo de 46º presidente de Estados Unidos. Unidad, verdad, respeto y generosidad fueron los valores que articularon el mensaje inaugural a una ciudadanía sobrecogida. Un discurso grave y solemne pero compensado con el optimismo tradicional de una nación que se proclama indispensable, convencida de que siempre saldrá adelante por pavorosas que sean las dificultades, con la ayuda de Dios. Invocación a la democracia, frágil pero que ha vuelto a prevalecer a pesar de las amenazas que la acechan.

¿A quién le importan las elecciones americanas cuando en casa está enfermando y muriendo gente y se están cerrando locales para siempre y miles están rellenando formularios para pedir una ayuda o haciendo cola para conseguir un poco de comida? Trump es solo un nombre, una palabra que suena a golpe de tambor lejano. Pues bien, esta mañana, leyendo The Guardian, Trump me sonó en la mente con la fuerza de decibelios insoportables para el oído humano. Trump me sonó a golpe mortal contra el virus que asola el mundo, contra todos los negocios, grandes y pequeños, contra todas las ayudas, contra todas las colas. Trump me sonó a la solución de todos los problemas de la tierra por la vía de la muerte. Ayer, Donald Trump comunicó a su gabinete su intención de atacar las instalaciones nucleares de Irán antes de dejar la presidencia.

Joe Biden disfruta de sus primeros días como vencedor de las elecciones, desde su casa-refugio en Wilmington, Delaware. Le llega muy mitigado el ruido del presidente caído, que agita su arma preferida (las mentiras: fraude o robo electoral) y rumia una venganza inútil y egotista. El vencedor se solaza con las celebraciones comprensibles de seguidores o de los neutrales que prefieren una vuelta a la antigua normalidad política. Tiempo habrá de analizar equipo, programas y estrategias del presidente electo. Hagamos hoy vista de pájaro.

Hace muchos años, pusieron en televisión una película de terror llamada Creepshow -Espectáculo horripilante o algo así. Jamás hubiera ido al cine a ver una película de ese género, pero estaba en el sofá de mi casa y no podía levantarme sin estropear la fiesta a quien la quería ver conmigo, así que me la tragué. Me sentó fatal. No por la constante segregación de adrenalina que me causaron las escenas auténticamente horripilantes que se sucedían sin solución de continuidad, sino por el trasfondo inmoral, infrahumano que subyacía en las cinco historias de que se componía el engendro: padres que matan hijos; hijos que matan padres; persona que se convierte en un vegetal extraterrestre. En el show se ofrecía como entretenimiento lo peor del género humano sin un atisbo de juicio moral que lo condenara. Mi acompañante quiso consolarme. "Es solo una película", me dijo. Yo me quedé con la idea de que era mucho más, algo mucho más grave. Esa idea, que me había asaltado con otras películas, letras de canciones, libros, y que se me había hecho recurrente, no me dejó dormir.

El final del recuento de votos de las elecciones americanas se acerca y el candidato demócrata Joe Biden está a un paso de la Casa Blanca y de alejar del poder al polémico y tóxico actual presidente, el republicano Donald Trump. En las últimas horas el conteo de papeletas por correo en el Estado de Georgia ha situado a Biden por delante de su contrincante lo que le daría 11 votos electorales que le sitúan ya en 269, a uno de los anhelados 270 lo que le convertiría automáticamente en presidente electo. Por su parte, Donald Trump intensifica sus ataques al proceso electoral y arremete contra la propia democracia americana poniendo en entredicho el proceso electoral, eso sí, sin una sola prueba. Son tantas sus mentiras que las propias cadenas de televisión americanas contaron anoche la emisión de su comparecencia para no difundir tantas falsedades.

La historia se repite. Donald Trump contempla todos los escenarios salvo la derrota. Lo lleva advirtiendo semanas, si él no gana, no está dispuesto a perder, aunque los votos, los escaños y la elección democrática le lleven la contraria. Las elecciones en Estados Unidos, con un candidato tramposo no serán fáciles de evaluar. Mientras el candidato demócrata, Joe Biden, ve al camino abierto a la victoria, Trump, que va perdiendo en votos y escaños globales, le acusa de "querer robar las elecciones". De momento, y ya a las ocho de la mañana de este tres de noviembre, la presidencia del gigante democrático norteamericano, no está claramente al lado de ninguno de los dos candidatos. La clave está en el recuento minucioso de los votos, y Biden ha asegurado que se contará hasta "el último voto", aunque ello pueda llevar días, semanas o acabar en los tribunales. Pero tanto la empresa de correos, como los tribunales, están regidos por hombres y nombramientos de Trump. Aviso a navegantes. Dios bendiga a América. Esta elección influirá al desarrollo democrático del mundo occidental.

El recuento de las históricas elecciones estadounidenses está siendo más largo de lo previsto. Los dos candidatos mantienen una reñida disputa y cada papeleta cuenta. La noche acaba sin un vencedor claro ya que Trump conserva los Estados del Sur y la batalla se desplaza al norte, al denominado ‘cinturón del óxido’. El objetivo de los demócratas es llegar a los 270 votos electorales, pero para ello necesita recuperar alguno de los territorios que conquistó hace cuatro años el candidato republicano. El propio Biden ha puesto el foco en Arizona, Minessota, Georgia, Wisconsin y Michigan y ha afirmado que la victoria está cerca, aunque deben esperar. Por su parte, Donald Trump ha tuiteado que “Estamos en grande, pero están tratando de robar las elecciones. Nunca les dejaremos hacerlo”. Se espera una batalla tremenda.

Los estadounidenses eligen durante este martes 3 de noviembre quién será el inquilino de la Casa Blanca para los próximos cuatro años en una de las jornadas electorales más largas del mundo. Los colegios de la costa Este ya han abierto, pero aún quedan muchas horas por delante hasta que los últimos centros de votación de la costa Oeste cierren la maratoniana jornada. Las encuestas dan una clara ventaja al candidato demócrata, Joe Biden, sobre el actual presidente, el republicano Donald Trump, pero nadie da nada por seguro después de los vivido en 2016 cuando Hillary Clinton se quedó a las puertas de la presidencia. Alrededor de 80 millones de ciudadanos ya han ejercido su derecho al voto mediante por correo o por adelantado lo que prevé que la participación sea histórica, aunque es posible que esto retrase el resultado final. La mayor potencia económica del mundo decido hoy su futuro y, con ello, las relaciones con el resto de los países.

Trump enfermó de coronavirus. Como era de esperar. A pesar de la supuesta alta protección de que goza un jefe de Estado, y si es el del Estado más poderoso de la tierra, más aún. Pero Trump no es un jefe de Estado normal. Es más que atípico. Es disfuncional. Lo ha sido, y con exceso, durante el desarrollo de la pandemia y lo fue antes. En estos últimos días, cuando su enfermedad ha sido pública (el inicio de su infección aún no ha sido esclarecido) se ha mostrado más de lo mismo (1). Y todo indica que seguirá en esa línea.

A dos meses exactos de las elecciones presidenciales, el ambiente político en Estados Unidos se enrarece por momentos. La crisis racial se agrava y amenaza con producir nuevos episodios de violencia y enfrentamiento social, la emergencia sanitaria está lejos de estar controlada, aunque parece disminuir en los últimos días (seis millones de casos y 183.000 muertos) y la perspectiva de una agria polémica sobre los resultados parece inevitable.

  • 1