La dialéctica –la manera dialéctica de pensar– nos enseña a ver la igualdad de los elementos contrapuestos, cancelando así los esquemas basados en oposiciones heredadas o compartidas por una gran parte de una población. ¿Qué nos enseñaría la dialéctica sobre el uso de los smartphones? Desde la extensión de su uso en los últimos quince años, muchos hemos pensado que estos dispositivos serían un instrumento decisivo para fomentar la comunicación y el diálogo –la palabra “dialéctica” se deriva de “diálogo”–. Esto nos puede hacer replantear la pregunta anterior:
¿Qué nos enseñaría la dialéctica del diálogo en la era de los smartphones?
Nos enseñaría que la comunicación y la incomunicación verbal, fenómenos aparentemente contrapuestos, tienen elementos comunes, como la necesidad de autoafirmarse a través del otro. En el caso del diálogo, un yo quiere convencer un tú que recibe un mensaje que unas terceras personas a veces también escuchan, ¿qué pasa cuando no hay separación entre la segunda y la tercera persona? ¿Continúa habiendo diálogo? ¿O el diálogo se transforma en algo diferente?
Creo que se transforma, y esto está pasando más ahora con la universalización progresiva del uso de los smartphones. El mensaje emitido por un yo ya no se dirige a un tú en un grupo de WhatsApp o Telegram o en ex-Twitter o Instagram, sino que puede llegar a tantos espectadores o terceras personas que la comunicación se mezcla con la incomunicación y la palabra provoca ruido y silencio juntos. Parece que con los mensajes filmados de los videos de YouTube o TikTok pasa lo mismo: ya no queda nadie a quién convencer. Ya no quedan tús con los que dialogar. Somos todos primeras personas que nos autoafirmamos con los propios mensajes rodeados de espectadores o terceras personas. A través de los smartphones matamos el diálogo (al propagar rápidamente mis mensajes o los contenidos que me identifican, estanco las aguas de la comunicación: pura dialéctica).
Hoy, la paradoja de los diálogos socráticos escritos por Platón se amplifica a través de las pantallas y los altavoces de todos los smartphones del mundo: se escribe y se comparte un mensaje que no se tendría que escribir. Esos mensajes, en suma, no establecen una comunicación con un tú concreto. Están destinados a la incomunicación global, a la autoafirmación de un yo que no busca a un tú. Comunican incomunicando.
La paradoja habitual es que este artículo también puede reflejar la autoafirmación de un emisor, un yo que quiere dejar redes y grupos de WhatsApp y abocarse al silencio. Un silencio común por debajo de oposiciones heredadas como derechas e izquierdas, conservadores y progresistas. Parece que hay quién entiende la “comunicación” sin atender al origen de la palabra: “común”. Parece que así lo entienden muchos comunicadores y sus monstruosas creaciones: los bots –comunicadores o community managers de derechas sobre todo, que ahora emiten más mensajes, que ahora inundan más las pantallas y altavoces del mundo (ahora estoy cayendo en una oposición heredada)–. Este artículo abogaría por la incomunicación, pero lo haría comunicándolo.