Cuando las noticias sobre lo que está pasando en diferentes lugares del mundo son a veces terribles, la Organización de Naciones Unidas es muy débil para poder solucionar los conflictos, y la incertidumbre y la volatilidad forman parte del día a día de nuestra sociedades, ver que el Premio Nobel de Economía se lo han dado este año a Dacen Acemoglu, Simon Johson y James A. Robinson es, sin duda, una buena noticia. Incluso aporta algo de esperanza sobre el futuro.
Estos tres investigadores han trabajado y hecho aportaciones en un ámbito fundamental como es el papel de las instituciones en el progreso económico. Así, en 2012 Acemoglu y Robinson publicaron su trabajo “Por qué fracasan los países. Los orígenes de la prosperidad, el poder y la pobreza”, en el que buscaban dar respuesta a por qué unos países se han desarrollado a lo largo de los años y son prósperos, y otros no. Como señalaban entonces, “Corea del Norte, Sierra Leona o Zimbawe son pobres por las mismas razones que Egipto es pobre, … y Gran Bretaña y Estados Unidos se hicieron países ricos porque sus ciudadanos echaron a las élites que controlaban el poder y crearon una sociedad donde los derechos políticos eran más ampliamente distribuidos, donde el gobierno era controlado y respondía ante los ciudadanos.” (1)
Esta afirmación, demostrada con un profundo análisis histórico en el que identificaban patrones en común, aportó un cambio de enfoque importante en el pensamiento económico tradicional que atribuía el grado de riqueza y desarrollo de un país fundamentalmente a sus recursos naturales, y a factores como la ubicación o la climatología junto a otro tipo de factores “culturales”.
Esto es, la credibilidad en las instituciones sociales y políticas de un país, y la posibilidad de control por los ciudadanos y por la sociedad en su conjunto, es la base para la estabilidad y el progreso social y económico. Las sociedades inclusivas son más prósperas y estables.
Siguiendo esa línea de pensamiento, pero avanzando un paso más, Daren Acemoglu y Simon Johnson, publicaron en 2023, “Poder y Progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad”, en el que sus autores se preguntaban si el progreso tecnológico y las innovaciones siempre han beneficiado a la sociedad en su conjunto. Tras un análisis histórico llegaban a la conclusión de que no siempre ha sido así, sino que muchas veces han beneficiado a grupos concretos que con su capacidad de influencia y poder han conseguido la implantación de esa tecnología o innovación. De ahí que las opiniones dominantes, el papel de los creadores de opinión, y en general la percepción y actitud de la sociedad ante los posibles cambios jueguen un papel clave a la hora de implementarse.
En definitiva, lo que estos economistas han investigado y puesto de manifiesto con análisis rigurosos sobre diferentes países a lo largo de la historia, fundamentalmente desde la Revolución Industrial, es el papel clave que supone el que las sociedades sean inclusivas, y tengan instituciones socialmente aceptadas y respetadas en las que participan sus ciudadanos e influyan en la marcha de la sociedad .
Esta lección debería ser incorporada como parte del conocimiento básico no solo de los estudiosos de las ciencias sociales, sino también de los políticos que quieren trabajar por el progreso de su país.
Más aún, en los tiempos que estamos viviendo de polarización en las posiciones, de enfrentamientos y conflicto, en el mundo y en España, donde el diálogo y el respeto a lo que piensa “el otro” es muy escaso, y cuando además estamos viviendo una gran transformación de nuestras economías con la digitalización y el uso de la Inteligencia Artificial, nuestros economistas y nuestros responsables políticos deberían reflexionar sobre lo que estos tres nuevos Premio Nobel de Economía han puesto de manifiesto.
Reforzar las instituciones y la sociedad civil, y rechazar y combatir las mentiras y verdades a medias que generan enfrentamientos, deberían de ser principios básicos y no sólo de los economistas y de los políticos, sino de todos los ciudadanos. El progreso y bienestar de los países va directamente asociado a que haya instituciones sociales y políticas eficaces, con credibilidad y estables.