En el artículo Qué dirían Aristóteles y Lacan de la “igualdad” del PP, explicamos la inversión de la relación entre significado y significante efectuada por Jacques Lacan y la aplicamos al lema de la campaña contra la amnistía: “por la igualdad de todos los españoles”. Ahora la aplicaremos a los significantes “fruta” y “dictadura”. Cuando los voceros de PP y Vox emiten los sonidos de esas dos palabras, contaminan el medio lingüístico del Congreso de los Diputados para socavar su potestad legislativa. Antes de empezar, conviene apuntar velozmente que el artículo 66.3 de la Constitución Española establece que las Cortes Generales son inviolables. Por tanto, socavar su legitimidad y reivindicar la Constitución Española es imposible al mismo tiempo. Es imposible, si se lee el texto constitucional y se entiende el significado de las palabras que componen el artículo 66; pero es posible, si no se atiende al significado y las palabras solo se utilizan como significantes arrojadizos contra el adversario político. De ser así, la asociación de unos significantes con otros dependería de las estructuras de poder y de las relaciones paradigmáticas y sintagmáticas que permitirían arrojarlos y articularlos en una determinada dirección o en la contraria.
En este artículo, en primer lugar, describiremos el uso de uno de los instrumentos de las estructuras de poder que permiten repetir unas palabras con la naturalidad del eco e inhibir otras con la eficacia del tabú. En segundo lugar, explicaremos su uso gracias a los ejemplos de las relaciones paradigmáticas de “fruta” y las relaciones sintagmáticas de “democracia y dictadura”.
1. Uno de los instrumentos de cualquier tipo de poder es el “gaslighting”, anglicismo que se está popularizando para referirse a una forma de manipulación y abuso psicológico que nos hace cuestionar la propia memoria e, incluso, la propia percepción. El abuso nos hace dudar del criterio propio y nos hace cobijarnos bajo el paraguas de las creencias cuya justificación se fundamenta en una determinada autoridad externa. Se dice que el término proviene de una obra teatral de 1938, "Gas Light", en la que un marido intenta convencer a su esposa y a sus amigos de que está loca: cuando baja la luz de gas, insiste en que ella se lo está imaginando. ¿Nos estará pasando lo mismo en relación con el gran tema de la actualidad política? ¿Nos harán imaginar no solo lo que está pasando, sino también lo que ha pasado en relación con la amnistía? ¿Es inevitable? ¿Funciona el relato del pasado como la luz de gas de la obra teatral? ¿Es un instrumento en manos de abusones que nos hacen dudar del criterio propio? La respuesta sensata sería que algunas veces sí.
En algunas ocasiones la percepción del presente está guiada desde el exterior, como prueban los experimentos de alucinaciones auditivas con White Christmas y alucinaciones visuales con Mooney images. Las conclusiones de estos experimentos psicológicos se pueden ver reflejadas también en percepciones cotidianas muy alejadas de los laboratorios de las facultades de Psicología, por ejemplo, en la percepción de determinadas imágenes difundidas para probar la existencia de tribunales lingüísticos que prohíben el uso del castellano en los patios de los institutos públicos catalanes o valencianos. He trabajado en más de quince y nunca me he cruzado con un tribunal de tales características. Sí me he topado con algún interlocutor ajeno al mundo de la enseñanza que me ha espetado que en los institutos valencianos se castiga a los alumnos castellanoparlantes por hablar español en el patio. Alucinante, ¿no?
Pero no solo podemos alucinar en el presente, también podemos distorsionar la memoria del pasado; de aquí que la percepción y la memoria no sean meros mecanismos de justificación interna de las creencias, sino que estén sometidas al oleaje incesante de las influencias externas. En suma, lo que creemos depende en gran medida de lo que creen los demás, es decir, de las creencias de compañeros y de aquellos que consideramos autoridades en una cierta materia, aunque sean youtubers o influencers con el único mérito de aparecer entre las primeras sugerencias del algoritmo. Además, la percepción se somete a un proceso constante de reelaboración mediante inferencias argumentales: no paramos casi nunca de pensar para nuestros adentros y de repetirnos silogismos o argumentos. Por ejemplo, no paramos casi nunca de plantearnos silogismos disyuntivos: A o B, no es A, entonces tiene que ser B. (Amnistía o igualdad, no a la amnistía, entonces se defiende la igualdad). También hay ejemplos de silogismo disyuntivo de la otra parte, por ejemplo, el de Aitor Esteban. (Feijoo o amnistía, no a Feijoo, pues amnistía)
En cambio, la dialéctica nos invita a pensar qué hay detrás de la oposición o disyunción, qué es lo común que subyace a los contrarios. El pensamiento dialéctico puede superar la estrechez del silogismo disyuntivo y asimilarlo a la falacia del falso dilema.
¿Qué tienen en común muchos de los creyentes en la igualdad de todos los españoles y de los creyentes en los beneficios de la amnistía?
Lo común es el gaslighting. Es enrocarse fervientemente en una creencia quasi-religiosa y convencer a los demás de que, si no comparten nuestra percepción, están siendo víctimas de un mentiroso compulsivo que esparce su alucinación por doquier. Sin embargo, la alucinación es nuestra. Muy nuestra. La alucinación es inevitable e incluso ventajosa en algunas ocasiones; por ejemplo, un rasgo evolutivo de nuestra especie es crear y creer en ficciones: hemos creado y creído en castigos eternos, en marginaciones grupales o en naciones perseguidas. Participar en las alucinaciones colectivas ha proporcionado una ventaja evolutiva y adaptativa para aquellos individuos que se han sumado a la forma de percepción mayoritaria, ya que el que no lo ha percibido así ha sufrido el juicio inquisitorial, el ostracismo y, ahora, el gaslighting. Vamos mejorando: el gaslighting parece menos lesivo que la hoguera inquisitorial. Por ejemplo, el gaslighting de los medios de comunicación madrileño-conservadores funcionó durante unas horas en los que se repitió como el eco que una invitada había dicho “me gusta la fruta” desde la tribuna de invitados del Congreso.
Después de viralizarse el vídeo, se reconoció que la invitada no había dicho “fruta”, sino otra palabra que rimaba con ella. ¿Qué relación lingüística se establece entre ambas palabras? La relación paradigmática.
2. Finalizaremos el artículo con la explicación de las distintas relaciones entre las unidades lingüísticas y de su aplicación a los nuevos significantes del debate político: “fruta” y “dictadura”. Estos significantes no expresan un significado, como defendería Saussure, sino que adquieren sentido en relación con otros significantes, como pensaría Lacan. ¿Cómo adquieren sentido las unidades lingüísticas?
Las unidades lingüísticas están interrelacionadas íntimamente por dos tipos de relaciones: sintagmáticas y paradigmáticas; las primeras son directamente perceptibles, están presentes, mientras que las segundas hay que intuirlas, están ausentes. Ambas se complementan y no pueden concebirse separadas.
La palabra “fruta” estaba ausente en el comentario de la invitada, pero se podía intuir que era mejor hacer creer que estaba presente y que la había pronunciado, antes de reconocer que había insultado y había proferido “puta”. Antes de la época de la reproducibilidad viral y de los móviles, los medios de comunicación dominantes habrían cumplido con el cometido de hacernos dudar de si la invitada había insultado o no al protagonista de la sesión de investidura, es decir, nos habrían hecho dudar de nuestras creencias en un ejemplo de gaslighting de manual. Después de los vídeos virales y de los móviles, el gaslighting tiene que ser más sutil y basarse en otro tipo de relaciones, como las relaciones sintagmáticas entre “democracia y dictadura”. Ambas formas de gobierno se oponen desde la antigua Grecia por el número de personas que ejercen el poder. La democracia ejerce el poder en nombre de muchos y la dictadura en nombre de uno: el tirano. Cuando los representantes de algunos partidos afirman que vivimos en una “dictadura” y que sólo la repetición de elecciones nos podrá devolver la convivencia democrática, usan de manera clara y perceptible esas palabras, es decir, esas unidades lingüísticas están bien presentes en sus declaraciones. No las esconden, no hay que intuirlas. Y están presentes tanto en los discursos parlamentarios como en la algarabía tumultuaria. Sin embargo, la pronunciación de estas palabras no expresa su significado, ya que el presidente del gobierno ejerce el poder porque lo han elegido la mayoría de los representantes de los que votamos en las elecciones de julio. Por ende, ejerce el poder en nombre de muchos y mientras así lo quieran los representantes que lo apoyan y no presenten una moción de censura. Por tanto, no es un poder vitalicio, no es una dictadura desde el punto de vista del significado transmitido desde la Grecia clásica. Pero en el Congreso y en la calle Ferraz “dictadura” no expresa un significado, sino que se arroja como significante asociado al deseo de repetición electoral, repetición que precisamente significaría que no vivimos en una dictadura unipersonal y vitalicia como la de Francisco Franco. Pero aquí no hablamos de significados sino de significantes relacionados sintagmáticamente. Cuando algunos relacionan sintagmáticamente “dictadura” con “vamos hacia una” o “vivimos en una”, los significantes delatan que relacionan el gobierno de muchos con una tiranía insoportable, con una sumisión inasumible al imperio de una ley que no es la suya. En cierta medida llevan razón. La democracia es la tiranía de la ley establecida por la mayoría de los representantes de los que votan: dicho rápida y sintagmáticamente, sin detenerse en los lentos meandros de su significado.