Conforme se aproxima la fecha de las elecciones municipales en Barcelona, va perfilándose un debate estratégico de la mayor importancia entre las dos tendencias de la izquierda que han gobernado la ciudad en los últimos mandatos.
No sólo la lógica de la competición electoral, sino sobre todo los nuevos desafíos que debe afrontar la urbe, hacen que podamos vislumbrar con nitidez dos modelos, dos respuestas distintas a esos retos. Por un lado, hay una izquierda socialdemócrata, reformista y que se enuncia como tal, encarnada por Jaume Collboni. Por otro, una izquierda declarativamente más radical, representada por la actual alcaldesa, pero cuyo discurso se tiñe de populismo y que resulta mucho menos transformadora de la realidad de lo que pretende.
Si nos referimos a las concepciones de fondo que sustentan cada una de esas corrientes, nada podía ser más esclarecedor que la conversación que sostuvieron el pasado 16 de mayo el economista Thomas Piketty y el historiador americano Kenneth Pomeranz acerca de “crecimiento y desigualdades”, durante un acto organizado por la Escuela de Economía de París y la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. (“Le Monde”, 21-22/05/2023). La mirada larga, histórica, ilumina los dilemas de nuestros días: a nivel global como en lo concerniente a una ciudad como la nuestra, plenamente inserta en las corrientes de la economía mundial. El fulgurante crecimiento económico de Europa a partir del siglo XVIII se asocia habitualmente a las conquistas coloniales y a la esclavitud. Y es cierto que la deforestación – temprana crisis ecológica provocada por el ímpetu de la construcción naval – empujó a la apropiación de nuevas tierras y recursos. No lo es menos que, durante la primera mitad del siglo XIX, el algodón transformado por la industria textil europea procede en gran medida de las plantaciones sureñas de Estados Unidos. Como bien subraya Piketty, la industria británica no hubiese podido expandirse sin la deportación de millones de esclavos, sin los capitales e influencia generados por el comercio negrero y la explotación colonial.
Sin embargo, tanto Pomeranz como Piketty insisten en que el crecimiento económico no tiene por qué estar fatalmente asociado a la violencia y a las exacciones que marcaron aquel período. “Ciertamente, la esclavitud y el colonialismo desempeñaron un papel importante. Pero otros regímenes de crecimiento, más igualitarios, hubiesen podido alcanzar el mismo resultado. Es más: el crecimiento de Occidente prosigue, e incluso se acelera, tras la abolición de la esclavitud y la descolonización. La globalización ha sido indispensable para el crecimiento, pero no necesariamente este modelo de globalización”. A lo que Kenneth Pomeranz añade: “No existe un determinado nivel de desigualdades a partir del cual se torna imperativo que todos salten al bote de salvamento ante la inminencia del desastre. La clave reside siempre en la decisión política. Y ésta puede intervenir incluso en ausencia de desastre: desde antes de 1914, el ascenso de los partidos socialistas y los sindicatos en Europa o la creación del impuesto federal sobre la renta en Estados Unidos prefiguran esa evolución”.
La decisión política primó también cuando se impuso la tendencia opuesta, con la “revolución conservadora” de Reagan y Thatcher, que daría paso a décadas de hegemonía de las políticas neoliberales. Sin embargo, sostiene Piketty, a largo plazo, la historia económica sigue el camino de una disminución de las desigualdades entre los pueblos y entre las personas. Por supuesto, esa tendencia no ha tenido un ritmo lineal y constante. Ni – ¡aún menos! – constituye una suerte de emanación natural del capitalismo. “Desde 1750 hasta nuestros días (…) ha habido revoluciones, movimientos obreros, el socialismo y el comunismo; han surgido nuevas ideas y nuevas fuerzas sociales y políticas que llevaron a la abolición de la esclavitud, a la creación de un impuesto progresivo, a la generalización de la educación, a la construcción de la protección social, con efectos no sólo en Occidente, sino también a escala mundial”. En resumen, la tendencia histórica conduce a mayor crecimiento y a mayor igualdad. En Francia, por ejemplo, entre 1800 y 1910, el 10% de personas más ricas acumulaba el 50% de los ingresos nacionales, mientras que el 50% de la gente más pobre apenas reunía el 12% de los mismos. A partir de 1940, los más ricos disponen de la misma proporción de ingresos que la clase media – un 40% – y a los más pobres corresponde un 20%. En cuanto a los patrimonios las distancias son mayores, pero la tendencia, contenida hasta cierto punto por las políticas neoliberales, sigue siendo la misma.
Sin embargo, esa gran tendencia general se declina sobre la base de persistentes desigualdades entre las clases situadas en uno y otro extremo de la escala social, generando fuertes tensiones en su conjunto. En esos “pliegues”, en esos conflictos, se ubica la acción política, como factor de freno o aceleración de la historia. En términos macroeconómicos, la globalización ha enriquecido a las naciones asiáticas, sin empobrecer no obstante a las antiguas metrópolis. De hecho, lo que ha habido durante estos últimos años es “una reducción de las desigualdades entre naciones – especialmente entre Asia y Occidente -, pero un incremento de las desigualdades en el seno de las naciones”. En China, señala Pomeranz, el vertiginoso incremento de la renta per cápita ha venido acompañado de un aumento no menos impresionante de las desigualdades, no sólo entre segmentos sociales – esencialmente, en provecho del 10% más rico -, sino entre provincias y entre las ciudades y el campo. En resumidas cuentas: “las desigualdades no son forzosamente el peaje que hay que pagar por el desarrollo, pero la igualdad tampoco constituye una recompensa que mane espontáneamente de ese desarrollo”.
Inspiradoras reflexiones que iluminan el debate sobre crecimiento o decrecimiento en Barcelona. Las buenas cifras sobre el paro y la reactivación de la economía tras la pandemia no pueden esconder la persistencia de graves deterioros sociales en los barrios más desfavorecidos de la ciudad. Como tampoco deberían hacernos perder de vista la necesidad de evolucionar hacia un modelo mucho más industrializado y resiliente frente a los vaivenes de los mercados. No habrá margen para la reducción de esas desigualdades sin un determinado crecimiento económico, sin nuevos polos de desarrollo, infraestructuras, vivienda pública y servicios. Pero es que tampoco habrá transición ecológica, si no impulsamos ese crecimiento dentro de unos parámetros de sostenibilidad medioambiental que se conjuguen con la justicia social, con la protección de los débiles y la contribución proporcional de quienes más poseen. La izquierda alternativa rehúye la solución de esa compleja ecuación, refugiándose en una suerte de decrecimiento vergonzante y en la ilusión de una naturalización de la ciudad. Pero los acontecimientos europeos deberían aleccionarnos acerca de lo inviable de semejante apuesta. Si la transición ecológica no va asociada a un nuevo modelo de desarrollo, a un reparto más equitativo de la riqueza y también de los esfuerzos a realizar por parte de las distintas clases sociales, la simple evocación de ese tránsito suscitará una oposición popular creciente que ningún discurso podrá contrarrestar. El reciente éxito electoral del partido campesino en Holanda constituye una seria advertencia. La izquierda que hoy representan los comunes empieza a encarnar peligrosamente el punto de vista de las clases medias ilustradas que no se hacen cargo de la situación de la clase trabajadora con menos ingresos. Si la transición es percibida como una nueva recesión o un declive autoinducido – mientras los más acomodados convierten sus calles en jardines -, habrá una revuelta, sorda o abierta. Es más fácil que, aquí o allá, veamos a la derecha y a la extrema derecha en el poder que a los partidarios del decrecimiento hacerse con el gobierno. Es en esas coordenadas donde hay que situar debates como el de la ampliación del aeropuerto o la gobernanza del turismo.
Y en esas coordenadas se dirimirá el futuro de las ciudades e incluso el destino de la democracia. Pomeranz recuerda que, en el pasado, hubo políticas de redistribución coincidentes con momentos de cierre a la inmigración y proteccionismo. Pero, señala Piketty, “los movimientos a favor de la igualdad han obtenido sus mejores éxitos históricos federando al conjunto de las víctimas de las desigualdades, ya fuesen sociales, de género o de origen étnico”. Al cabo, la política decide. El futuro no está escrito de antemano. La tendencia histórica que describe Piketty está sujeta a frenazos, acaso a momentos de involución. De ahí la importancia de que las fuerzas progresistas cuenten con un liderazgo capaz de leer correctamente la situación y fijar el rumbo adecuado. En eso estamos, a la víspera de unas elecciones municipales cruciales.