No hay nada que apasione tanto a los medios de comunicación como preguntar y repreguntar a los candidatos que se presentan a unos comicios por los pactos postelectorales.
La fragmentación que se ha instalado de modo duradero en el paisaje político propicia que vuele la imaginación. Los sudokus y los juegos de tronos están a la orden del día. La campaña de las municipales barcelonesas es buena prueba de ello. Pero ese juego resulta engañoso, porque se mezclan conceptos y se presta a demagogia. Tomemos como ejemplo la manera, muy distinta, en que responden a esas interpelaciones los dos socios del actual gobierno municipal.
Ada Colau, se presenta como la encarnación de una izquierda genuina, llamada a liderar a las demás fuerzas progresistas – la alcaldesa no para de repetir que querría gobernar en coalición con PSC y ERC – por su incontrovertible oposición a Xavier Trias. Con él no pactaría, dice, bajo ningún concepto. Lo cierto, sin embargo, es que la campaña electoral arrancó con el almuerzo que compartieron Ada Colau y Xavier Trias, significando el deseo de que la contienda se redujese a optar entre sus respectivos modelos de ciudad. Ambos se necesitan para polarizar la campaña, retroalimentándose y soslayando cualquier otra opción. Una suerte de “pacto preelectoral” para tratar de fijar ese marco mental en la opinión pública.
No hay que olvidar, por otro lado, que Ada Colau obtuvo la vara de mando de la ciudad gracias a los votos de Manuel Valls. Votos aceptados para sellar un pacto de investidura. (La única manera de “no aceptar” esos votos decisivos hubiera sido renunciar a la alcaldía y dejar paso a Ernest Maragall, que había ganado las elecciones). Y ¡ojo! Ese acuerdo no fue ni mucho menos el “pacto de la vergüenza” que sigue denunciando ERC y cuya evocación turba siempre a la alcaldesa. Muy al contrario: aquel fue un pacto legítimo y necesario. Se trataba de evitar que la alcaldía recayera en manos de una fuerza tan voluble como ERC, a la sazón en permanente subasta de patriotismo con la derecha nacionalista, en un contexto de fuerte tensión, como la que se vivió durante el otoño de 2019 en las calles de Barcelona. Hubiese supuesto una tremenda irresponsabilidad permitir que ocurriese en el Ayuntamiento lo que antes había sucedido en la Generalitat. Así pues, una fuerza de centro-derecha – valga el calificativo para el grupo municipal de Valls – y dos de izquierdas alcanzaron un acuerdo puntual para conjurar tal escenario. Investida la alcaldesa, Valls pasó a la oposición y se formó un gobierno de coalición comunes-PSC.
Valga este recordatorio para hacer ver que pactos hay de muchas clases. Lo que los hace legítimos – o no – desde un punto de vista democrático es la transparencia y el objeto de los mismos. Pueden darse acuerdos circunscritos al objetivo de facilitar una investidura entre formaciones políticas que, como en aquel caso, se sitúan frente a frente en el consistorio inmediatamente después. Puede haber pactos para formar un gobierno municipal… o para apoyar sus presupuestos sin formar parte del ejecutivo – así ha ocurrido con ERC a lo largo del último mandato en Barcelona. Y pueden darse consensos entre gobierno y oposición, votos cruzados, coincidencias puntuales entre partidos ubicados en distintos lugares del arco político. Así ha sido también en innumerables Plenos y Comisiones a lo largo de un mandato marcado por la pandemia y la necesidad imperiosa de salvar vidas, empresas y puestos de trabajo. Quizá en política municipal más que en cualquier otro ámbito, es saludable asentar las transformaciones y proyectos que se sitúan en el medio y largo plazo sobre acuerdos lo más amplios posibles, porque son garantía de continuidad. Imponer decisiones por decreto o arrollar a la oposición, incluso cuando se dispone de mayoría para hacerlo, nunca es la mejor de las políticas posibles. Por eso, uno de los primeros compromisos electorales anunciado por Jaume Collboni, muy en la tradición de los anteriores alcaldes socialistas, ha sido el de promover un gran Pacto de Ciudad por la convivencia y el civismo.
“Entonces, ¿no excluye usted un acuerdo con…? ¿Cuáles son sus líneas rojas?”
“Entonces, ¿no excluye usted un acuerdo con…? ¿Cuáles son sus líneas rojas?”, insiste el entrevistador, ansioso por lograr un titular impactante. Pero, a la vista de lo dicho, esas preguntas tienen poco sentido. Es imposible precisar de antemano las circunstancias, la naturaleza y el perímetro de los hipotéticos acuerdos con los que nuestro periodista pretende hacer sudar tinta al candidato. Tanto más cuanto que la experiencia aconseja ser muy escéptico ante las proclamaciones altisonantes acerca de infranqueables líneas. Como todo el mundo recuerda, al principio de la actual legislatura autonómica, ERC se avino a establecer con Junts y la CUP un insólito “cordón sanitario” alrededor del PSC. No obstante, el president Aragonés ha tenido que acabar pactando los presupuestos con Salvador Illa para poder seguir al frente de la Generalitat.
En realidad, por escurridiza que se les antoje a algunos, la respuesta más honesta y veraz a la cuestión de los pactos postelectorales es la que va repitiendo tozudamente Jaume Collboni: “Aspiro a ser el nuevo alcalde de Barcelona. Los pactos que tejeré, si la ciudadanía me otorga su confianza, se situarán de manera inequívoca dentro de estas coordenadas: impulso al desarrollo de la ciudad – incluyendo la ampliación del aeropuerto -, justicia social y medioambiental – contra cualquier recorte o privatización – y lealtad institucional hacia España y la Unión Europea”. La respuesta es ciertamente genérica. Pero es la más exacta que hoy cabe dar. Los contornos precisos y el alcance de eventuales pactos postelectorales dependen del veredicto de las urnas, de la composición del nuevo consistorio que determine el electorado con su voto. En otras palabras: la única respuesta seria es el llamamiento a dar apoyo a un programa, a un proyecto progresista, y el compromiso de hacerlo realidad con la intensidad que el respaldo social prefigure y permita. Lo demás es especulación. O puro marketing electoral, de dudosa fiabilidad.