“Hay un país agresor y un país agredido”, sostuvo Pedro Sánchez a propósito de la guerra en Ucrania durante la visita del presidente Lula a España, a finales de abril. En un tono más dolido lo decía también Alain Lipietz, antiguo eurodiputado ecologista y amigo del líder brasileño, en una carta abierta que publicaba “Le Monde” el pasado 3 de mayo.
Tras la experiencia sufrida por el pueblo brasileño, sometido desde 1964 hasta 1985 a una dictadura militar enfeudada a la CIA, reconoce Lipietz, “es difícil situarse en el mismo ‘campo’ que Estados Unidos. (…) Pero tú sabes bien que no son los países quienes configuran un ‘campo’, sino los trabajadores, los demócratas, las feministas, los ecologistas, frente a quienes explotan, oprimen o saquean. (…) Tus antiguos camaradas de la dirección del sindicato metalúrgico del Donbass están en primera línea, desde 2014, frente a la agresión rusa. Cerca de la mitad ha dado ya la vida por su patria”.
Pero la posición de Lula no constituye una excepción, sino una actitud ampliamente compartida por lo que algunos analistas han dado en llamar “el Sur global”, donde está muy extendida la idea de que Occidente habría provocado a Rusia y que Putin, a fin de cuentas, estaría librando una guerra defensiva. El columnista Alain Frachon escribía hace unos días en las páginas del mismo rotativo parisino: “Universitario, antiguo representante de Estados Unidos en la OTAN, Ivo Daalder observa: ‘Si preguntan ustedes a alguien en la calle, ya sea en Brasilia, en Johannesburgo o en Nueva Delhi, acerca de la subida de precios de los alimentos y de la gasolina’, refiriéndose a Ucrania, le dirá que la culpa incumbe ‘a las sanciones’, y no a la guerra que está librando el Kremlin”. (“Le Monde”, 5/05/2023). Las razones de esa indiferencia ante la tragedia ucraniana son múltiples y envuelven realidades distintas. Entre ellas tienen un peso especialmente relevante las motivaciones históricas. “En los años 60 y 70, la URSS estuvo con frecuencia al lado de los movimientos de liberación nacional africanos. No los occidentales. Y éstos, acabada la guerra fría, han maltratado y traicionado los principios que pretendían encarnar – en Iraq, en Libia, en el conflicto israelí-palestino y en otras partes -, empleando distintas varas de medir según sus intereses”.
La herida lancinante de la opresión. Abierta aún en el corazón de dirigentes progresistas como Lula. O blandida como excusa por regímenes autoritarios que buscan el amparo comercial de China, recurren a los mercenarios de Wagner y necesitan justificarse ante sus pueblos. No todo es lo mismo en ese “Sur global”. Pero la historia del siglo XX sigue pesando como una terrible losa sobre sus naciones.
Un libro de reciente publicación, obra del conocido escritor francés Éric Vuillard, viene oportunamente a recordárnoslo. Se trata de “Una salida honorable”, un vibrante relato del desastre colonial francés en Indochina que interpela a nuestra conciencia democrática. Inicia Vuillard su narración evocando la visita de un inspector del trabajo, en 1928, a las plantaciones, inmensas arboledas, de las que la compañía Michelin obtiene el látex, la preciada materia prima que devoran sus fábricas. El funcionario descubre, horrorizado, las espantosas condiciones a que son sometidos los trabajadores de la plantación, que hacen de ellos auténticos esclavos: torturas para “disciplinar” a la mano de obra, asesinato de quienes tratan de huir de aquel infierno, innumerables suicidios, explotación sin límites… Pero esa realidad será ignorada. Ningún informe conmoverá a la metrópoli, segura de su derecho a reinar sobre los pueblos “atrasados” de Asia y África.
La conmoción llega finalmente a París en 1950, cuando la posición militar de Cao Bang, al norte de Vietnam, cae ante la ofensiva del Viet Minh. El 19 de octubre, el presidente Édouard Herriot pronunciaba un sentido homenaje a “los heroicos soldados franceses” caídos. De hecho, bajo la bandera tricolor, combatían esencialmente tropas coloniales: fusileros senegaleses, magrebíes, reclutas locales… Sólo un diputado comunista de Constantina, Abderramán-Cherif Djemad, pregunta cuántos argelinos y marroquíes deberán sucumbir aún bajo la enseña de una “Unión francesa” que no es más que el taparrabos de un infame expolio colonial. Indiferencia general. Lúcido, Pierre Mendès France, que llegaría a ser primer ministro en 1954, explica que el esfuerzo de guerra que supondría mantener el dominio francés sobre Indochina es inasumible, y que lo más prudente sería negociar. Negociar con Ho Chi Min. Encontrar una “salida honorable”.
Sin embargo, no habrá tal salida. La batalla de Cao Bang – que, nos dice Vuillard, habría que llamar “la batalla por la Sociedad Anónima de las minas de Estaño de Cao Bang” – no será ni mucho menos la última. Le seguirán las de Ninh Binh (minas de hulla), la de Hòa Binh (yacimientos auríferos), la de Dông Triêu… La guerra continua, bajo la dirección de sucesivos gobiernos de la IV República que no dejan de hacerse y deshacerse con los mismos mimbres de unas élites políticas endogámicas. Es lo que se conoció como “la Tercera Fuerza”, la coalición en la que, junto a los partidos radicales y republicanos moderados, se empantanó la socialdemocracia; aquella vieja SFIO que, más allá de su retórica de lucha de clases, se había convertido en un partido de notables al servicio de una República enfrentada a los anhelos de emancipación de sus colonias. Eran los tiempos de la “guerra fría” y la “Tercera Fuerza” tenía el propósito de mantener alejados del poder a comunistas y gaullistas.
En ese contexto, una Francia orgullosa, derrotada por un ejército de campesinos bajitos y calzados con alpargatas, cedería el testigo a Estados Unidos. El 21 de abril de 1954, el secretario de Estado John Foster Dulles – muñidor de siniestras operaciones golpistas en Centroamérica y en Oriente junto a su hermano, director de la CIA -, de visita en París, llegó a proponer a Georges Bidault la entrega de dos bombas atómicas para salvar al cuerpo expedicionario francés atrapado en Diên Biên Fu. Una anécdota que da la medida de la brutalidad y el desprecio absoluto por la vida humana de individuos que han dispuesto de un inmenso poder. Pero nada pudo salvar al ejército francés de un desastre que marcaba el hundimiento de un imperio decadente. Sobre el terreno, los laureados militares que se sucedieron encarnan ese inevitable declive. Arrogancia desmedida, incompetencia, desprecio supremacista hacia un adversario percibido como una horda incivilizada… El último de la saga, el general Henri Navarre, contraviniendo todas las enseñanzas del arte de la guerra, terminará su carrera enterrando al cuerpo expedicionario en Diên Biên Fu. Rodeado por los insurgentes, será literalmente hecho trizas en una cruenta batalla. No es un final glorioso.
Sin embargo, la derrota de Francia no supuso – ¡ni mucho menos! – la ruina de su clase dirigente. En el número 96 del Boulevard Haussmann, en uno de los barrios más exclusivos de París, los representantes de las grandes entidades bancarias echan cuentas, satisfechos. El Banco de Indochina – así como las demás instituciones crediticias – habían anticipado desde 1950 la pérdida de la colonia que se avecinaba. De modo discreto y eficaz, habían vendido acciones, reinvertido y puesto a buen recaudo sus capitales. Mejor aún: habían financiado una guerra con cuyos presupuestos militares se habían enriquecido. Un selecto grupo de grandes familias, de raíces aristocráticas y lustre burgués, emparentadas unas con otras hasta formar un tupido consejo de administración de Francia, asentaba sus cuentas de resultados sobre un continuum de atrocidades. “En el bando de Francia y Estados Unidos hubo en total cuatrocientos mil muertos, si contamos a los tiradores y a los refuerzos indochinos, las tropas coloniales que formaban parte de nuestro ejército. En el bando vietnamita, la guerra causó al menos tres millones seiscientos mil muertos. Diez veces más. Tantos como franceses y alemanes durante la Primera Guerra Mundial”.
El 29 de abril de 1975, los americanos abandonaron Saigón, sumido en un caos indescriptible. El ruido ensordecedor de los helicópteros sobrevolando la embajada de Estados Unidos permanece en la memoria de nuestra generación. La primera potencia mundial doblaba la rodilla ante un pueblo que había consentido un sinfín de sacrificios. Y los ecos de aquel siglo reverberan en un mundo cuya globalización no resultó tan feliz como nos prometieron y que hoy se ve abocado a inquietantes alineamientos. Si Europa quiere ser escuchada allí donde sus corporaciones coloniales y sus cuerpos expedicionarios sembraron tanto dolor tendrá que sustentar su discurso democrático sobre hechos fehacientes: cooperación, ayudas al desarrollo, inversiones, comercio justo, acción concertada contra el cambio climático, una política migratoria acorde con los derechos humanos tantas veces proclamados… De lo contrario, seguiremos cautivos de los fantasmas del pasado; esos cínicos, mediocres y despiadados personajes que evoca la pluma magistral y encolerizada de Vuillard. Nuestra propia democracia estará en peligro. Las tragedias de ayer se ciernen sobre la que hoy ensangrienta las llanuras de Ucrania.