A lo largo de las páginas de este libro, las reconocidas plumas de José Luis Atienza, Victòria Camps, Jordi Font, Francesc Trillas, Josep Burgaya, Pedro López Provencio, Rosa Cullell, Maria Comín, Lidia Santos, Cesáreo Rodríguez Aguilera, Pablo González, Joan Ramon Villalbí, Carme Valls, Ferran Vallespinós, Erika Torregrossa, Miguel Pajares, Jaume Moreno y Maria Teixidor ponen en valor el pensamiento federal a través de los prismas de la economía, los servicios públicos, la organización territorial, la ecología y los distintos ámbitos de nuestra vida social. He aquí el artículo que amablemente me encargó el editor y que sirve de epílogo a esta obra coral).
Al escribir estas líneas, nos adentramos en lo que podríamos llamar “el otoño de todas las incertidumbres”. Hace apenas unos meses, cuando creíamos que, tras la pandemia, podríamos hacer frente a sus impactos en el marco de una reanudación general de la actividad económica – y tal vez con algunas lecciones aprendidas sobre la importancia de la cooperación y el inestimable valor de los servicios públicos -, he aquí que una guerra estalla en el Este de Europa. Una guerra que parece ir para largo, que tiene repercusiones mundiales y que se inserta en la vida de nuestras naciones, tensando las costuras de la UE. Una guerra que incluso proyecta sobre el mundo la amenaza de un desastre nuclear. El régimen autocrático de Putin, movido por sórdidas ambiciones de conquista, ha desatado un sangriento enfrentamiento en las llanuras de Ucrania. Pero, a su vez – y más allá de las líneas del frente -, es el proyecto europeo lo que está en disputa.
La pandemia, la crisis climática, y ahora la guerra, han puesto de relieve la fragilidad del entramado mundial forjado a lo largo de décadas de hegemonía neoliberal. Los cuellos de botella en el suministro de materias primas y productos manufacturados han mostrado cuán estrechas eran las interdependencias. Se ha puesto en marcha una dinámica inflacionista, con las derivadas del conflicto bélico en el mercado de la energía y los cereales. La realidad de una economía-mundo, carente de instancias de gobernanza democrática capaces de embridar el poder de las grandes corporaciones y el imperio de las finanzas, ha ensanchado las desigualdades sociales y ha agudizado desequilibrios por doquier. Las viejas soberanías nacionales se han visto desquiciadas y el miedo difuso a sufrir una “pérdida de identidad” ha empezado a ampararse de las clases medias, en declive en el seno de las antiguas metrópolis. Sin embargo, los Estados no han desaparecido. Al contrario. Como lo recordaba el filósofo marxista Daniel Bensaïd, en la época expansiva de la globalización, “el capital y las empresas se convierten en transnacionales, pero siguen adosándose a la potencia militar, monetaria y comercial de los Estados dominantes”. Así, pues, asistimos a la configuración de dos grandes bloques mundiales, liderados por un imperio declinante – Estados Unidos – y una potencia emergente – China – que se disputan la hegemonía mundial. En medio de tensiones crecientes, salpicadas de amenazas militares, los países son conminados a alinearse en una u otra zona de influencia. Más allá de los delirios imperiales del Kremlin y de la legítima resistencia de Kiev a la invasión rusa, la guerra de Ucrania se sitúa en el marco de esa gran confrontación geoestratégica. Y Europa se encuentra tomada en tenaza.
Cada vez más, las fortalezas de la construcción europea se identifican con la pulsión federalista de la UE. En sentido inverso, sus debilidades y grietas concuerdan con el déficit de ese impulso federal, contrariado por las inercias de los Estados-nación. Es cierto: Europa ha abordado de forma muy diferente estas últimas crisis a cómo encaró la recesión desatada en 2008 por el crack financiero de Wall Street. Entonces, los países del Sur tuvieron que encajar unas dolorosas políticas de austeridad, impuestas por los guardianes de la ortodoxia neoliberal. Alemania encabezaba a la sazón el club del rigor fiscal. Bonn se sentía cómodo con un euro que encorsetaba la concurrencia comercial dentro de la UE. La industria alemana era altamente competitiva gracias a unos salarios contenidos y al suministro de gas ruso, obtenido a buen precio. Sin embargo, la pandemia ha obligado a Europa a hacer frente a los nuevos desafíos con un talante muy distinto: esfuerzo financiero mancomunado, distribución coordinada de vacunas, respuesta conjunta a los impactos del confinamiento sobre la producción, necesidad de encarar en torno a una agenda compartida la transición energética, así como la digitalización de la economía… En una palabra: la pandemia hizo emerger la convicción de que ningún país, actuando por su cuenta, podría hacer frente con éxito a estos retos. La salida del túnel sólo vendría de una mayor integración europea a todos los niveles. El declive del Reino Unido al que está conduciendo el brexit así lo confirma.
Pero, a su vez, la guerra pone a la orden del día la posibilidad de que nos veamos empujados en dirección contraria. Las dificultades que sufre la población frente a una inflación desbocada reabren las heridas sociales – nunca cerradas – de la última recesión. Las persistentes desigualdades han alejado a las clases más desfavorecidas de la vida política y de unas instituciones representativas de las que poco o nada esperan. Las clases medias, en cuanto a ellas, sienten peligrar su estatus social. El vértigo de la incertidumbre las invade. El miedo a una “gran sustitución” y el temor a ver desvanecerse una “soberanía nacional” – irremediablemente socavada por la propia evolución del capitalismo -, expresan el desconcierto de estas franjas de la población. Desde Suecia a Italia, la extrema derecha formatea esa angustia, propulsándose al frente de las instituciones democráticas con el propósito de vaciarlas de contenido y de imprimir una deriva autoritaria a los Estados. Cada vez más, los viejos partidos conservadores se dejan arrastrar por esta dinámica perversa. Ante la perplejidad de unas izquierdas que todavía no han encontrado el norte en este nuevo escenario, saltan por doquier los distintos “cordones sanitarios” con que se pretendía aislar los discursos xenófobos y el social-nativismo. La tentación de un repliegue nacional pugna sordamente con la exigencia de un decidido impulso federal europeo. En este sentido, las vacilaciones de la Comisión Europea frente a las presiones corporativas de los gigantes energéticos o el recurso del BCE a recetas monetaristas, todo ello susceptible de acentuar las tendencias recesivas de la economía, puede tener asimismo un efecto disgregador. No obstante, la imperiosa necesidad de establecer cooperaciones – como, por ejemplo, para asegurar el suministro de gas a Alemania e Italia – actúa como un dique de contención. Voces como la de Antonio Costa Silva, ministro portugués de economía, que reivindica un mercado energético único, señalan la buena dirección. Pero nada está jugado de antemano.
El federalismo quiere abarcar la diversidad de lenguas, culturas y sentimientos de pertenencia que componen España
La guerra de Putin es una guerra contra la construcción de una Europa solidaria y democrática. El delirio de un renovado imperio gran-ruso bajo el poder autocrático del Kremlin no puede convivir con un proyecto progresista. Putin espera que el malestar social y las privaciones hagan tambalearse a los gobiernos que apoyan a Ucrania. Pero se trata de mucho más que de un cálculo táctico, dictado por el curso de la contienda. El modelo que representa el régimen ruso conecta con la ideología nacional-populista y el horizonte de los movimientos de extrema derecha. El destino de las democracias liberales deviene inseparable de la suerte de Ucrania. Ambos dependen del camino que emprenda Europa ante la disyuntiva planteada. Si quiere hablar con voz propia en el mundo, si no quiere estar sometida a tutela americana – y, por tanto, a los vaivenes de la política exterior de Estados Unidos en su confrontación con el gigante asiático -, Europa deberá dar pasos mucho más decididos en su integración. Armonización fiscal y social, mercados regulados, federalización de las instancias comunitarias… Y también, por supuesto, un sistema autónomo de defensa. La agresión rusa ha dado nueva vida a la OTAN, empujando bajo su paraguas a los países que se han sentido más directamente amenazados por el Kremlin. No será nada fácil sobrepasar esta situación mientras dure la guerra. Sin embargo, la propia inestabilidad interna de Estados Unidos, que podría bascular de nuevo hacia un gobierno populista del estilo de Trump, aconseja que Europa cuente con su propio dispositivo militar y su propia capacidad de disuasión.
Horizonte federal. Como reto y esperanza. En Europa, para su progreso social y medioambiental. Pero igualmente para establecer unas relaciones justas y cooperativas con el resto del mundo, alejadas del pasado colonial. Y horizonte federal también para España. El “procés”, expresión de la más grave crisis territorial habida desde la transición, ha concluido en un fracaso. Pero ha dejado abiertas profundas heridas emocionales en el seno de la sociedad catalana, históricamente diversa y mestiza, así como un pozo de incomprensión entre Cataluña y el resto de España. No será fácil recomponer la maltrecha unidad de la sociedad, necesaria para afrontar las transformaciones que requiere el cambio de época. Un país ensimismado está condenado a la decadencia. Pero no es menos cierto que el conjunto de España necesita rebasar los límites de la arquitectura autonómica. La respuesta a la pandemia ha revelado el enorme potencial de cooperación que late en el seno de las administraciones públicas. La combinación de medidas, concertadas centralmente, y de aplicaciones de las mismas moduladas desde la proximidad, ha demostrado ser más eficiente que un modelo dirigista, supuestamente resolutivo, como el chino, alabado en su día por no pocos comentaristas. Los métodos federales pueden ser más lentos, pero tienen una mayor plasticidad y permiten captar las aristas y matices de las realidades complejas.
Pero, una vez más, el camino aún sigue por trazar y el futuro está en disputa. Las dificultades a las que se encuentra confrontada España hacen aflorar de nuevo pulsiones disgregadoras. Las autonomías, aptas para cooperar, se ven tentadas de competir entre sí e instalarse en el agravio comparativo. Así, asistimos hoy a una especie de subasta de rebajas de tributos autonómicos, en un intento de practicar un insensato dumping fiscal entre territorios. El gobierno de Andalucía es capaz de reclamar mil millones de ayudas suplementarias del Estado… al día siguiente de haber rebajado 900 millones en impuestos a los contribuyentes más acomodados. Pero sin tributos es imposible sufragar los servicios públicos, financiar inversiones, levantar infraestructuras. Y corresponde a las rentas y patrimonios más elevados proporcionar la mayor contribución al esfuerzo fiscal de la ciudadanía. El inicio de esta carrera irresponsable corresponde sin duda al gobierno de la Comunidad de Madrid, presidido por Isabel Díaz Ayuso, que añade al potente efecto de atracción de la capital unas políticas destinadas a configurar una suerte de paraíso fiscal, un refugio para ricos que no quieren pagar impuestos. He aquí una dinámica que tiene efectos disgregadores sobre el conjunto del país y provoca graves desequilibrios territoriales. El drenaje de talento y recursos hacia un centro macrocefálico agrava sin duda el fenómeno de la “España vaciada”. Todo lo contrario de lo que debería implementarse en estos momentos…
Vamos con retraso. Más que nunca, habría que movilizar las energías del país hacia un horizonte de transformación social y ecológica. Diseminar por el territorio los vectores de desarrollo, como ha empezado a hacerlo el gobierno de Pedro Sánchez con las sedes de las agencias de nueva creación. Rebasar el modelo radial de transportes y apostar decididamente por ejes económicos “naturales” y bien conectados con Europa, como es el caso del corredor mediterráneo. Una provechosa implementación de los fondos europeos requiere mayor colaboración entre comunidades, en lugar de competir unas con otras en torno a proyectos similares. La financiación adecuada de los entes autonómicos requiere un nuevo modelo, armónico, equilibrado y ampliamente consensuado. (Hoy por hoy, la disposición de fuerzas en el Congreso imposibilita discutir la excepcionalidad del modelo foral vasco y navarro. Pero algún día habrá que hablar de sus límites. Al cabo, una comunidad saca más provecho del desarrollo del entorno con el que se relaciona que del acaparamiento de recursos. Solidaridad significa también prosperidad compartida). Sin olvidar a los ayuntamientos, pariente pobre de las administraciones públicas. Y, sin embargo, aquella que resulta más cercana a la ciudadanía, aquella que a menudo debe asumir servicios que rebasan con creces las competencias municipales… Todo ello necesita espacios de encuentro y de concertación, de distribución del poder en los distintos niveles institucionales. Una coyuntura polarizada y crispada como la actual, así como la fragmentación del arco parlamentario tras la crisis del bipartidismo, impiden abordar una reforma federal de la Constitución. Sin embargo, sí podemos avanzar en la construcción de una cultura federal y en su difusión entre la ciudadanía como sentido común democrático. Se trataría de sacar rendimiento a los dispositivos que ya ofrece el propio sistema autonómico – que constituye, de hecho, un federalismo inacabado: conferencias de presidentes, comisiones bilaterales y sectoriales, convenios entre comunidades para compartir recursos o conjugar proyectos… También podríamos fortalecer la función de cámara representación territorial que corresponde al Senado, modificando acaso el sistema de designación de sus miembros o haciendo de cada comunidad autónoma una circunscripción electoral única. En una palabra: necesitaremos dosis ingentes de imaginación y voluntad política para salir adelante.
Sólo ese espíritu de racionalidad y fraternidad puede abrir caminos de salida al bloqueo que sufre Cataluña. Contrariamente al nacionalismo – que exalta las singularidades de un pueblo buscando en ellas una esencia sobrenatural o un destino histórico – y de manera no menos opuesta al centralismo español – que ignora la dolorosa memoria de las injusticias y desprecia la fuerza reparadora del reconocimiento -, el federalismo quiere abarcar la diversidad de lenguas, culturas y sentimientos de pertenencia que componen España; quiere hacer de todo ello una riqueza y un potencial compartidos, acomodando esta diversidad en el seno de unas instituciones funcionales y acogedoras. Hubo una España que no pudo ser, un anhelo de progreso aplastado por la violencia de la guerra y el triunfo del fascismo. Hubo también una Cataluña que buscaba su lugar en aquel sueño. Ambas pugnan aún por florecer en medio de las tensiones de nuestra democracia, inacabada y sacudida por las tormentas del siglo. Contribuir a ello es la noble ambición del federalismo.