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"Lo que la oruga llama 'el fin', el resto del mundo lo llama 'mariposa'."

Está el loco que hace orilla

Está el loco que hace orilla

Creí haber olvidado este dicho que oí repetir muchas veces en un país del Caribe donde el destino me hizo vivir algunos años. Me parecía muy descriptivo, como todos los dichos en su brevedad.  Indica que hay tanto loco que los locos desbordan mares, ríos, lagunas hasta llegar a la orilla, como esos miles de  peces que con su muerte consiguieron llamar la atención sobre la tragedia del Mar Menor. Mis incursiones diarias en la prensa española y en los programas de opinión política de las cadenas  americanas por cable un día me devolvieron ese dicho a la memoria, y me quedé pensando mientras mi imaginación asociaba los miles de locos a los miles de peces muertos. «Está el loco que hace orilla», pensé con estupor leyendo, oyendo y viendo las mentiras y los disparates que sueltan algunos políticos de aquí y de allá como si tuvieran su facultad racional estropeada y sin arreglo posible  o como si contaran  con la certeza de que así la tienen la mayoría de la gente que les escucha. Y llegué a la conclusión de que el peligro que acecha a nuestras democracias no son los políticos; son los locos que les escuchan y les votan.  

 


Quiero empezar mi artículo con un disparate de Pablo Casado, pero ¿cuál?  A más de uno por día cuesta elegir el más llamativo. Me decido por el más reciente. Dice Casado que todos los agricultores de este país se levantan a las 5:00 de la mañana a ordeñar. Con cara de tonta, pregunto a las paredes de mi despacho si todos los agricultores de este país tienen animales ordeñables. Las paredes me ofrecen otra pregunta como respuesta más racional: ¿Cuántos españoles votaron por el partido de Casado en las últimas elecciones generales? Mi memoria me dice que más de cinco millones. Y como en esos contadores en los que van corriendo las cifras, salen los más de tres millones de Vox y el millón y medio de votos del PP de Madrid y los más de setenta y cuatro millones de votos de Donald Trump y paro de contar antes de que me dé una congestión cerebral. ¿Tantos millones de personas aquí y allá votan por populistas que exhiben su ignorancia como si fuera la característica más admirable de su personalidad sin pensar en los millones de tragedias personales que pueden causar si llegan al gobierno? En esos momentos vuelve a mi memoria aquel dicho, está el loco que hace orilla, y creo entender lo que está pasando en casi todo el mundo.

 

Un día los dueños de los medios de comunicación se dieron cuenta de que los disparates vendían, y ordenaron a los guionistas de todo programa y serie lanzar disparates en el banco de las audiencias como anzuelos de cañas de pescar. Y vaya si pescaron y siguen pescando. 

 

Como si esos anzuelos irradiaran rayos hipnóticos,  los que pican no se plantean qué es eso que excita sus emociones. Tragan como peces ciegos. Las verdades avaladas por datos no brillan, no llaman, no captan. Mientras más espectacular sea el disparate, más criaturas con los cerebros condicionados en el abismo de los disparates acudirán sin oponer cuestionamiento alguno. 

 

En eso estaban mis meditaciones cuando me aparece en pantalla una individua rubia, oronda, viejola ella, con sus voluminosas carnes embutidas en pantalón y camiseta elásticos, imprimidos con la bandera de los Estados Unidos. Las cincuenta estrellas ocupan sus enormes pechos. Supongo que las barras le cabrán en el culo. La mujer está con una amiga en una feria trumpista al aire libre como las ferias de noviembre de mi pueblo; llenas de casetas por las que circula una multitud. Suenan por altavoces marchas marciales para despertar y exacerbar sentimientos patrióticos.  «Claro que Trump ganó las elecciones», grita la mujer de las barras y estrellas a un periodista que se ha acercado a entrevistarla con un micrófono en ristre. «Claro que sí», asiente su amiga. «Biden es un traidor vendido a  China. Le sacaremos de la Casa Blanca», afirma la mujer. «¿Cuándo?», pregunta el periodista. «Antes de que finalice el año». Sin perder la compostura, el periodista se acerca a un individuo bastante viejo también  que lleva una enorme esvástica en la camiseta. Este cuenta que Hillary Clinton preside una congregación con varias celebridades de Hollywood, fundada en la pederastia, en la que todos se alimentan con sangre de recién nacidos porque tiene muchas proteínas. «De eso culpaban a los judíos en Europa en la Edad Media», apunta el periodista muy serio. «Eso es, eso es», grita el viejo. «Todos los demócratas son judíos y hay que matarlos a todos antes de que maten a nuestros hijos». El periodista que, por lo visto, no puede más, se vuelve a la cámara y da paso al locutor que espera en el plató. El locutor y una compañera que tiene al lado  me muestran una cara tan de pasmo como la que tengo yo, aunque no he oído lo peor. El locutor se fuerza a hablar y dice: «Todos los legisladores republicanos afirman en público que Trump se presentará a las elecciones de 2024, y las encuestas dicen   que puede ganar». ¿80 millones de votos? Jo. Está el loco que hace orilla, me digo yo.  

 

El cinco de mayo de este año, aturdida aún por los resultados de las elecciones a la Asamblea de Madrid, no dejaba de pensar en los miles de ancianos muertos en las residencias de esa comunidad sin atención médica y con la entrada a los hospitales prohibida por orden del gobierno. El millón y medio largo de individuos que votaron por los partidos de ese gobierno, ¿no tenían parientes ni amigos ancianos de esos que murieron gritando o aporreando las puertas cerradas de esas habitaciones que se convirtieron en sus tumbas? ¿De verdad que tantísima gente sólo respondió al ofrecimiento de cañas y libertad ignorando el sufrimiento de millones a su alrededor? Los locos americanos, con indumentaria y gorras de locos, al menos hacen sonreír a los más cuerdos. El egoísmo, la indiferencia de la mayoría de los madrileños que votaron por las derechas en mayo recuerda el egoísmo y la indiferencia de aquellos que en los fusilamientos del 39 y posteriores sólo veían culpables de algo eliminados porque algo habrían hecho. 

 

¿Es que hemos vuelto a aquellos tiempos de terror, de odio, de exhibir odio para no ser odiados por los que tienen poder? 

 

El viernes, Pablo Casado asistió con su familia a un funeral en memoria del genocida que llenó a España de muertos. Viendo que el asunto despertaba críticas, a los portavoces de su partido se les ocurrió decir a la prensa que Casado se metió con su familia en esa iglesia sin saber en honor a quién se celebraba el funeral. La prensa seria ha demostrado en tres renglones con varios datos comprobables que la mentira es de un burdo que sólo puede creérsela un tonto o un loco. Pero Casado sigue llenando mítines y congresos. Luego sólo hay una conclusión posible: está el loco que hace orilla. 

 

Se ha despertado un enorme interés por la salud mental. Hasta el gobierno la ha incorporado a sus prioridades. El problema existía, aunque muy pocos le hacían caso y menos aún se decidían a tratarlo en público. Hoy la prensa escrita y audiovisual va llena del asunto. Muchos psiquiatras y psicólogos atribuyen el interés al aumento de los trastornos mentales causados por la covid y sus consecuencias económicas, sociales y personales. ¿Puede esa pandemia de trastornos justificar la locura de que un pobre o un medio pobre se trague todas las mentiras y disparates de las tres derechas y les acabe votando en unas elecciones? Cuando el PP consiguió sus 89 diputados y Vox sus 52 y Ciudadanos hasta 10, el coronavirus aún no había llegado. ¿Qué pasaba entonces?

 

El economista y filósofo Carlo M. Cipolla arrojó luz sobre la verdadera causa de la tragedia de la humanidad en un ensayo corto que disfrazó de ironía para que no percibiéramos el puñetazo que oculta. En su «Leyes fundamentales de la estupidez humana», Cipolla priva a la mayoría del aura romántica de la locura  demostrando que no se trata de locos, sino de estúpidos. Dice Cipolla, «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí o, incluso, obteniendo un perjuicio». O sea que los pobres y medio pobres que votan a quienes aumentan sus impuestos y bajan sus sueldos y sus pensiones y otras barbaridades infrahumanas por el estilo no es que estén locos; es que son estúpidos. La conclusión de Cipolla al respecto hiela la sangre.   «En un país en decadencia», dice, «…el poder destructivo de los estúpidos conduce el país a la ruina». 

 

¿Será eso? ¿Será que aquí y allá lo que hace orilla no son los locos, sino los estúpidos?  ¿Será que la humanidad está en decadencia y sólo la ruina espera a los que vivan lo suficiente? Ante tal panorama, uno tiene la tentación de alegrarse de ser viejo.


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