El 31 de mayo de 1921, hordas de blancos, instigados por la prensa y las autoridades, arrasaron el distrito de Greenwood en la ciudad de Tulsa, Oklahoma, matando a unos 300 negros y destrozando el 80% de sus casas y negocios. Greenwood era el distrito negro más próspero de los Estados Unidos. Se le llamaba el "Negro Wall Street" (hoy "Black Wall Street" porque la palabra negro (sic) en inglés se considera un insulto). Los salvajes supremacistas blancos acabaron con todo aquello a sangre y fuego. A aquel espectáculo horripilante de maldad, le siguió la perversión del silencio. La masacre no apareció en ningún libro de historia; de ella no se habló en la prensa ni en los colegios ni en las casas. Cien años después, la mayoría de americanos, incluyendo a los habitantes de Tulsa, ignoraban que aquello había sucedido. Hasta que un presidente de Estados Unidos, que a diario contraviene las normas de la política tal como hoy se entiende, anteponiendo su humanidad a cualquier otra consideración, se presentó en Tulsa el martes pasado para exhumar aquella masacre de la fosa del olvido y exponer ante la prensa lo que fue una de las manifestaciones más execrables del racismo que hasta hoy ensucia ese que se presenta como el país más libre y más justo del mundo; la gran América. Millones de americanos escucharon el relato boquiabiertos. Otros millones lo escucharon con los dientes apretados por la ira. ¿Para qué exhumar inmundicia infrahumana que solo sirve para desmentir la supremacía de quienes se sienten superiores, exponiéndoles a la vergüenza de verse, ante los demás y ante sí mismos, como lo que son; seres con apariencia de personas, pero más próximas a las bestias que no consiguieron evolucionar? Y todo esto, que al parecer no pasa de noticia curiosa por su lejanía en lugar y tiempo, ¿tiene algo que ver con los españoles?
En febrero del año pasado, el alcalde de la capital de España eliminó del cementerio de la Almudena las placas con los nombres de los fusilados por el franquismo y hasta la placa con un poema de Miquel Hernández, el poeta del pueblo, que había luchado en el bando de los fusilados. No le bastaba que el franquismo hubiese asesinado a los dueños de esos nombres y dejado morir en la cárcel a uno de los mejores poetas de nuestra literatura. Jose Luís Martínez Almeida quiso alcanzar la gloria de dar a todos ellos el tiro de gracia asesinándoles otra vez con el silencio.
Con el silencio, él y varios como él han intentado asesinar la memoria de presidentes de la República que la guerra civil derrocó; la memoria de héroes y heroínas que entregaron su vida luchando por la libertad y la justicia que la república defendía; la memoria de quienes cayeron bajo las bombas de los aviones extranjeros que Franco utilizó para matar españoles; la memoria de quienes tuvieron que huir de su tierra porque los franquistas se la habían robado. Casi no hay jóvenes hoy que recuerden los nombres de quienes lucharon por los valores de la república cuando unos militares perjuros traicionaron la Constitución y se alzaron en armas contra sus compatriotas. La guerra civil y las décadas de tiranía que siguieron al triunfo del ejército franquista apenas se mencionaron en los colegios, en las casas; apenas se mencionan. Consumado aquel crimen abominable -todas las guerras lo son, pero las civiles tienen el agravante de su analogía con el parricidio-, los que mandaban quisieron matar la memoria de aquel horror con el silencio, y los que no podían olvidar dejaron que el miedo les obligara a fingir, con el silencio, la muerte del recuerdo. Hoy, cada fosa que se abre para rescatar del olvido a fusilados, y a sus nombres de la oscuridad del silencio, es una sentencia de la Justicia Universal que condena para siempre a los asesinos. Por eso, los hijos putativos de aquellos asesinos no quieren que se remueva la tierra en busca de la verdad. La verdad del odio, la sangre y la muerte que dobló el espinazo de los españoles, murió con el silencio que la democracia quiso imponer para evitar otra hecatombe, y cualquier excusa vale para que nadie intente resucitarla.
Con el silencio, Pablo Casado y sus asesores intentan borrar de las memorias la pestilente estela que ha ido dejando la corrupción de su partido. Porque la corrupción en el Partido Popular no ha sido cosa de unos cuantos individuos que se meten en política para forrarse, como uno confesó. Fue el mismo partido, como grupo cohesionado, el que se dedicó a forrarse como fuera, comprometiendo a todos sus cargos y hasta a sus personalidades más importantes en el empeño. Claro que, mientras el partido se forraba, algo sacaban los jefes del taller para forrar sus propias carteras. El caso es que el dinero sucio llovía como lluvia de fango que no dejó limpio a nadie. Es evidente que en un equipo comprometido con la corrupción, un nuevo miembro comprometido con la honestidad sería una nota discordante que a la corta o a la larga causaría problemas. Por eso, la honestidad manifiesta es, lógicamente, causa de bola negra para no admitir honestos en un grupo de corruptos. Eso no significa que sean corruptos todos los cargos y militantes del Partido Popular, pero a estas alturas, cuando las imputaciones han llegado al término hiperbólico del sinnúmero, ya nadie puede negar que cargos, militantes, simpatizantes y hasta votantes del partido tienen cierto grado de aquiescencia con la corrupción.
Es comprensible que la orden de Casado o de quien le da las órdenes a Casado fuera, hace unos meses, que se guardara absoluto silencio sobre las imputaciones y juicios por corrupción que afectaran al Partido Popular. Las palabras comprometen, excitan las neuronas, hacen pensar. El silencio sepulta. Así que Casado fue a Ceuta a por fotos y conferencia de prensa, y cuando los periodistas le preguntaron por la reciente impugnación de la ex secretaria general del partido, Casado se negó a contestar. Nada sorprendente. Lo sorprendente y preocupante fue que una comparsa de seguidores suyos empezaron a atacar verbalmente a los periodistas por preguntar, con palabras que las redes reprodujeron como insultos. A una periodista, por ejemplo, un tipejo de la comparsa la llamó "guarra". Ante la denigración del discurso político que han perpetrado las derechas, los exabruptos ya no sorprenden, pero sí preocupan y cada vez más.
Donald Trump, desde su campaña para lograr la presidencia de los Estados Unidos, declaró la guerra a la prensa seria y veraz procurando convencer a sus seguidores que cuanto se decía en esos medios eran fake news. Pero aún más grave, mucho más grave que sus ataques contra el periodismo honesto, fueron sus esfuerzos por silenciarlo. Las hemerotecas guardan incontables vídeos de rallies en los que el candidato y luego presidente instaba a sus miles de seguidores a hacer callar, a las buenas o a las malas, a la prensa que le cuestionaba. En un discurso memorable, Trump manifestó añorar los tiempos en que se podía silenciar a un adversario a patadas o a tiros sin que eso fuera delito.
Hoy el mundo está lleno de imitadores de Donald Trump. El éxito de su populismo sin escrúpulos ha atraído a su escuela a politiqueros de todos los colores dispuestos a utilizar técnicas de propaganda hipnótica para evitarse el esfuerzo que exige la política coherente. Esas técnicas y las intenciones que tras ellas se ocultan tienen como fin la destrucción de la democracia; la sustitución de la democracia por el gobierno de un autócrata dispuesto a todo por ejercer el gobierno según los dictados de su capricho, para satisfacer sus caprichos y los de quienes le apoyan y cuentan con el poder suficiente para mantenerle en el poder. Para esta gente, los ciudadanos que viven al margen de su élite son simples instrumentos a ser utilizados contra los disidentes siempre que haga falta. Por cierto, hace unos días, Donald Trump ha dado a los suyos la orden de hacer correr el bulo de que en agosto, él volverá a ser restituido como presidente de los Estados Unidos y Biden será obligado a abandonar la Casa Blanca. Solo imaginar que en la primera potencia mundial pudiera darse un coup d'etat es para meterse en un refugio radioactivo y no salir hasta ver qué pasa.
Nadie osará levantar la voz para exigir la verdad en la manifestación del próximo 13 de junio en la Plaza Colón a la que se han sumado las derechas. Se leerá un manifiesto como en la anterior y los asistentes con su banderas lo escucharán en silencio, como los adornos que son, y volverán luego a sus casas sin preguntarse siquiera qué hacían allí. No se darán cuenta de que han servido simplemente de decorado para el espectáculo de ex politiqueros fracasados y politiqueros en activo que solo buscan el lucimiento personal para tapar sus vergüenzas. La vergüenza de ser líder de un partido que añora, como Trump, los buenos tiempos en que los españoles podían odiarse y agredirse sin que les metieran en la cárcel. La vergüenza de ser presidenta de un partido que se desmorona por haber intentado engañar a todo el mundo sin mostrar coherencia ni para sostener sus mentiras. La vergüenza de ser presidente de un partido tan corrupto que ya ni las mentiras le valen porque es tal su corrupción, que solo puede taparse con paladas de silencio.
Con paladas de silencio quieren enterrarnos el entendimiento, la memoria, el criterio. Con paladas de silencio quieren colarnos la muerte de la democracia para que nadie se atreva a preguntar qué coño era aquello que llamaban libertad, igualdad, fraternidad. Con paladas de silencio quieren dejarnos mudos para que cada cual vaya a lo suyo sin comunicarse con los demás, sin sentir su propia humanidad en la humanidad del otro.
Pero contra el silencio asesino hay defensa. La defensa es gritar, no dejar de gritar lo que somos, lo que queremos ser. Gritar nuestros derechos en una protesta; gritar en el alma lo que creemos y lo dispuestos que estamos a defender nuestra fe en nuestros valores; gritar ante una urna con nuestro voto para quitar a mentirosos, corruptos y silenciadores el derecho a gobernar nuestras vidas.
Contra el silencio asesino, imponer el silencio que suena, las enseñanzas de los que se fueron y que aún resuenan en nuestro silencio, las enseñanzas que queremos dejar a los nuestros que se queden cuando nos vayamos para que lo que quisimos enseñarles resuene en sus silencios mientras vivan.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Miguel Hernández