Aún no había concluido el espectáculo de salvajismo que aquella horda estaba ofreciendo al mundo, cuando surgió en los medios una pregunta sobre la ideología que inspiraba la brutalidad de aquellos fanáticos infrahumanos. Esa pregunta formará parte del larguísimo cuestionario que el FBI tendrá que ir llenando a base de la minuciosa investigación que empezó la misma noche de la salvajada y que nadie sabe cuándo terminará. Pero sin ninguna investigación previa, los conjurados de siempre contra cualquier partido o gobierno que a su juicio se aparte de lo que se llama derecha pura y dura, es decir, fascismo, decidieron responderla atribuyendo el asalto al movimiento Antifa, grupos de comunistas marxistas y anarcocomunistas en los que las derechas se empeñan en incluir a progresistas y socialistas. Después de haber visto y oído ese mismo día al mismísimo Donald Trump en persona -la extrema derecha personificada- arengar a esa multitud de salvajes pidiéndoles que asaltaran el Capitolio para impedir que representantes y senadores certificaran la elección de Joe Biden y Kamala Harris como presidente y vicepresidenta de los Estados Unidos y hasta ofreciéndose a acompañarles, ¿a quién se le ocurriría atribuir el crimen a la extrema izquierda? Solo a los discípulos de Goebbles.
En febrero de 1933, alguien incendió el Parlamento alemán. Los nazis culparon a un joven comunista y a todo el Partido Comunista por extensión. Hitler, que ya era canciller, pidió y obtuvo un decreto de emergencia para suspender las libertades civiles. Las suspendió y suspendidas estuvieron hasta que Hitler se suicidó, doce años después, tras perder la guerra. Muchos historiadores afirman que el incendio fue planeado y ordenado por los nazis para consolidar su poder. Y lo consolidaron. Mediante falsas acusaciones, juicios, ejecuciones, eliminaron al Partido Comunista y a sus grandes enemigos, los socialdemócratas. Ese golpe maestro consolidó también la fama de Goebbels como flautista mágico capaz de llevar a ratas y niños a donde quisiera. Goebbels llevó a casi toda la sociedad alemana a su perdición y tal vez hubiera llevado a la perdición al mundo entero si hubiese tenido más tiempo. La magia no estaba en la música de su flauta; estaba en sus palabras, y sus palabras surgían de un profundo conocimiento de la mente y las emociones de los hombres, machos y hembras.
La imagen ridícula de Hitler dirigiéndose a las multitudes con chillidos y gestos histéricos pervive en la memoria de todos los que le hemos visto en fotos y visto y oído en documentales. Ya no puede hacerle daño a nadie. Ya no pueden hacer daño a nadie los dirigentes nazis que se dieron una vida de dueños del mundo mientras lo fueron, aplastando bajo sus botas la libertad de todos los alemanes y exterminando a cualquiera que pudiese hacerles sombra, entre ellos, a seis millones de judíos. Pero todavía perviven con todo su poder los frutos de la mente privilegiada de uno de esos asesinos. Joseph Goebbles, Ministro de Propaganda de Hitler, dejó al mundo el legado de sus descubrimientos sobre la estupidez humana y el modo de utilizarla para esclavizar a los estúpidos mediante una propaganda tan efectiva como las hechicerías del vudú para resucitar muertos y convertirlos en esclavos del hechicero que los resucita.
Volvamos al miércoles 6 de enero de 2021, pero no en Washington; en España. Ante el horrendo espectáculo de la turba de salvajes asaltando el Capitolio, las tres derechas de nuestro país se apresuran a atribuir el evento a la extrema izquierda. "Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad", cita Goebbles en uno de sus diarios, probablemente de William James, llamado el padre de la psicología moderna. Eso no es cierto, dice el racional honesto tomándose la frase al pie de la letra. Claro que no es cierto. La mentira no puede alterar un hecho de la realidad por más que se repita, pero la repetición sí consigue penetrar en la mente inadvertida que, ignorando el hecho en cuestión, acepta como verdad cualquier trola que se le repita. Trump empezó a repetir que iban a robarle las elecciones en cuanto las encuestas le advirtieron de que podía perder. Empezó a quejarse de un posible fraude antes de tiempo, por si acaso. Cuando las elecciones las ganó Biden, medio país ya daba por cierto lo que Trump venía repitiendo desde hacía meses. En las últimas elecciones en nuestro país, ningún líder se proclamó vencedor necesario con tanta anticipación y tanto ahínco, pero en cuanto ganó el Partido Socialista, las tres derechas empezaron a repetir y repetir y repetir que el gobierno era ilegítimo, que Pedro Sánchez era un okupa que estaba ocupando La Moncloa ilegítimamente. Y en esas seguimos.
Entre los que se tragan las mentiras como animales hambrientos y los que pasan sus percepciones por el filtro de su razón organizando la información que reciben del exterior a partir de sus conocimientos y su experiencia, hay un abismo. Cada uno de los dos grupos habita en una altísima montaña desde la que contempla a los vecinos del otro lado con desprecio. Muy de vez en cuando, un traga trolas encuentra el camino para saltar el abismo y pasar a la cumbre de los racionales, pero que decida hacerlo y que lo consiga es casi milagroso.
Razonar es un hábito que el individuo adquiere mediante la educación desde su infancia o en la edad adulta movido por su voluntad, y conseguir que la voluntad decida superar los instintos y las pulsiones para elevar su conducta al ámbito de su razón para analizar, reflexionar, decidir atendiendo a un criterio lógico, requiere un gran esfuerzo que pocos están dispuestos a emprender. Es casi imposible que un traga trolas renuncie a sus creencias aceptando razones. Por eso es casi imposible superar el abismo que separa a los dos grupos. Y por eso, una de las consecuencias más trágicas de la política fundada en la propaganda falaz es la división de la sociedad entre los que rigen su conducta por sus creencias y los que actúan guiados por su criterio racional.
La propaganda falaz dirige dardos para excitar las glándulas de los traga trolas estimulando la segregación de adrenalina. Cuando la propaganda, otra vez siguiendo a Goebbels, convierte al adversario en un único enemigo, las glándulas de los traga trolas segregan repulsión, rechazo y en casos extremos, odio. La propaganda de las derechas en España observa este mandamiento desde que consiguió llevar el odio al extremo de una guerra civil y la guerra civil les llevó a la victoria avalando la eficacia de la propaganda agresiva contra un enemigo.
El enemigo que patentemente señalan las tres derechas en España, es el Partido Socialista. El Partido Socialista es el enemigo único sobre el que los líderes de las derechas lanzan todos los dardos todos los días y sobre el que no pararán de lanzarlos hasta que hayan destrozado la diana. Parece que se lanzan a menudo sobre el otro socio de gobierno, pero es solo una maniobra de distracción. El responsable de que Unidas Podemos, ese partido de comunistas y anarquistas, forme parte del gobierno de España, es el Partido Socialista. Luego todo lo criticable de ese partido debe agregarse a la lista de culpas y delitos del Partido Socialista, responsable último de todas las lacras y fallos del gobierno y de las lacras y fallos de todos los gobiernos autonómicos sean socialistas o no. Parece que las derechas atacan a los inmigrantes acusándoles de robar a los españoles trabajos y derechos sociales. Pero para las derechas, el culpable de que sigan llegando inmigrantes a España es el Partido Socialista, decidido a entregar el país a los extranjeros. Las tres derechas en España culpan al Partido Socialista de todos los males malos, muy malos y regulares aunque las leyes, la Constitución y todas las evidencias desmientan las acusaciones porque la realidad, los hechos no importan a los traga trolas. A los traga trolas hay que darles un enemigo único para que puedan ver en él un saco de boxeo en el que desahogar, golpeándolo, todas sus frustraciones.
La máxima frustración de Pablo Casado es haber perdido las elecciones reduciendo considerablemente el número de diputados y, por ende, el poder de su partido y de sí mismo. En lugar de ponerse de inmediato como líder de la oposición a elaborar un programa político acorde con la ideología conservadora, Casado y sus asesores deciden optar por los principios del catecismo de la propaganda y dedicarse a posados para la prensa y mítines para atraer a los traga trolas. En uno de esos primeros mítines, Casado despliega contra Pedro Sánchez todos los insultos que pueden encontrarse en el "Diccionario ideológico" de Casares sin molestarse siquiera en explicar por qué atribuye al Secretario General del Partido Socialista y presidente del Gobierno las culpas de las que sus insultos le acusan. Esa ristra de insultos al tun tun logra una amplia cobertura en los medios y Casado decide utilizarla en el Congreso para evitarse el farragoso trabajo de criticar las acciones del gobierno y proponer las alternativas que un gobierno suyo ofrecería. Todos los dirigentes de su partido siguen su ejemplo; desde la presidenta de Madrid, hilarante por sus disparates, hasta el último mono de su departamento de comunicación. Con ello, el Partido Popular mata varios pájaros de un tiro. Por un lado se ahorra el trabajo de elaborar y comunicar críticas y medidas políticas racionales. Por otro, sus líderes y los traga trolas se divierten. Por otro, y el más importante, los gases venenosos de su discurso de odio van socavando el valor de la política y de las instituciones democráticas hasta conseguir que la democracia sucumba por envenenamiento. Del presidente de Vox y la presidenta de Ciudadanos puede decirse más o menos lo mismo. Con diferente estilo y diferentes grados de agresividad, ambos basan su oposición a Pedro Sánchez y al Partido Socialista también en los principios del catecismo de la propaganda. Llamar fascistas a los partidos de las tres derechas en España no es, por lo tanto, un insulto, es la constatación del hecho de que los tres partidos fundan su acción política en la propaganda de un nazi que se inspiró en la acción política del fascismo de Mussolini.
Tras el espanto que causaron las imágenes de absoluta barbarie que se vivieron en el ataque al Capitolio, sobre la mayoría de los americanos ha caído el silencio del estupor; un estupor a la espera de algo muy gordo que tiene que pasar. Con que tiene que pasar algo muy gordo están de acuerdo la mayoría de los políticos y de los analistas políticos de ese país. Ayer, uno de esos analistas lo resumió con rotundidad: "Trump es un fascista y no podemos tener como presidente de los Estados Unidos de América a un fascista ni un minuto más". No lo tendrán ni un minuto más de lo obligatorio porque ya está trabajando la mayoría de los diputados y senadores para procesar a Donald Trump y asegurarse de que no se pueda volver a presentar a unas elecciones para ejercer un cargo público. ¿Y en España y en otros países de Europa en los que el fascismo o gobierna o aspira a gobernar utilizando el arma de la propaganda para convertir a los que no razonan en fieles seguidores de las sectas fascistas de la derecha? Solo nos queda esperar y, para no desesperar, recordarnos que hasta ahora esas sectas no han conseguido triunfar porque los que razonan seguimos siendo mayoría.