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Nuncajamás, nuncajamás, nuncajamás
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Nuncajamás, nuncajamás, nuncajamás

sábado 26 de diciembre de 2020, 12:50h

Era medianoche. Estaba un joven desconsolado por la muerte de su amada tratando de paliar su desconsuelo con la lectura de un libro de leyendas, cuando llaman su atención unos toques en la ventana de su habitación. Los toques se repiten como si alguien pidiera que le abriese. El joven se levanta de su butaca, abre la ventana y adentro se cuela un cuervo que va a posarse sobre un busto de Palas Atenea como si le hubieran invitado a entrar y ese fuera su sitio. Así empieza el poema más famoso de Edgar Allan Poe, "El cuervo". Viniendo de quien viene, no augura nada bueno, en cualquier caso, terror. El joven le pregunta, con una sonrisa triste, cómo se llama, sin sospechar que el cuervo habla. Pero resulta que sí habla y le responde, Nevermore, Nuncajamás.

Nunca jamás. La redundancia estremece. La vida nos advierte de que nunca digamos nunca porque, mientras hay vida, todo es posible en este mundo. ¿Estaría ese cuervo anunciándole la muerte al joven del poema? El joven se pone a reflexionar melancólicamente en voz alta dirigiéndose al cuervo como si fuera a un amigo. Le dice que al día siguiente, volará; que al día siguiente le abandonará como le han abandonado sus amigos y sus esperanzas. Y el cuervo vuelve a responderle, "Nuncajamás". El joven se sienta a contemplar al cuervo, intentando entender el significado de esa palabra, aparentemente ominosa y, posiblemente, todo lo contrario.

Ayer, esa palabreja que el cuervo repetía, tal vez porque el pobre no sabía decir otra, seguramente se pasó la noche rondando por millones de mentes; unas pesimistas, otras, no. Nunca jamás volveremos a pasar una nochebuena en familia como las de antes del virus, pensarían los pesimistas con tristeza, y los que detestan esa fiesta, con un gracias a Dios. Nunca jamás volveremos a abrazarnos sin prevención pensarían, consternados, los que tienen hambre de abrazos, y menos mal, se dirían aquellos a quienes los abrazos molestan. Y lo mismo las mujeres, obligadas a la molesta costumbre de dar dos besos al aire a quien te acaban de presentar aunque preferirían dar la mano, como los hombres, y sentir el calor y la presión de una mano ajena que tanto dice sobre el que te la da. Estos ejemplos y muchos otros hacen bueno el refrán de que nunca llueve a gusto de todos.

Hay otros "nunca jamás", otros que nacen de un dolor del alma que nunca dejará de brotar como de un surtidor envenenado por fluidos que acrecientan el dolor. Es el nunca jamás de los que han perdido a alguien para siempre en este mundo, por supuesto. Pero también es el nunca jamás de los que las circunstancias obligan a cargar su vida como una roca. Es el "nunca jamás volveré a ver anuncios de navidades en familia y comilonas y juguetes"; el nunca jamás del que haya tenido que pasar estas "fiestas" sin comilonas ni juguetes para los hijos porque no se los ha podido comprar. Cuando perdido todo menos el televisor, ese pobre desgraciado ve los anuncios con el alma encogida y un estilete le atraviesa los nervios cuando sus niños se excitan y aplauden y gritan que eso le van a pedir a los Reyes; ese pobre desgraciado se jura que nunca jamás volverá a encender la tele en navidades, sin atreverse a apagarla porque es la única diversión que tienen sus hijos. "Deberían prohibir esos anuncios", se dice con rabia. "Hay millones, millones que no podemos más que sufrirlos". ¿Pero cómo los van a prohibir en un mundo que vive de propaganda para hacer dinero? ¿En el que los que viven con dinero suficiente para comprarse las cosas que se anuncian, viven con el terror de perderlo? Si ese pobre desgraciado vuelve a encontrar trabajo, se promete que nunca jamás volverá a pedir salario digno ni condición alguna que pueda dejarle en la calle. Mientras, el patrón de los pobres desgraciados se jura, tal vez, que nunca jamás volverá a votar a los políticos que prometen salario mínimo interprofesional.

Para quienes ven en esta pandemia el final de los tiempos, de la esperanza, el cuervo Nuncajamás puede ser, como en el poema de Poe, un profeta de malos augurios. Puede ser que lo que un día valoramos, no volvamos a tenerlo nunca jamás. Pero también podría ser el bálsamo bíblico de Gilead que curaba todos los males. Nunca jamás vivir para trabajar y acumular lo que no podré llevarme a la tumba. Nunca jamás valorar el dinero como si fuera lo único de valor que me confiere visibilidad. Nunca jamás ignorar la existencia del otro porque no tiene dinero que le haga visible según la valoración de los demás. Nunca jamás mirar a los demás sin verles. Nunca jamás dejar de ver al otro como quiero que el otro me vea a mí.

Las reflexiones del joven del poema le conducen al significado más negro de la palabra que el cuervo le repite sin cesar y las conclusiones le enloquecen de dolor. Pero el cuervo sigue impasible sobre el busto de Palas Atenea, aún sigue allí, dice el joven con el alma perdida en las sombras. Algunos críticos, superficiales ellos, dicen que Poe puso al cuervo sobre Palas para sugerir que el joven es un estudiante. A mi la interpretación me parece superficial. Ese cuervo y el busto de la diosa sobre el que elige posarse, diosa de la sabiduría, entre otras cosas, tienen un mensaje muy claro para quien lo quiera entender. Si alguien quiere salvar su vida en este mundo, tiene que prometerse algo muy sencillo; nunca jamás agotar su vida como la de cualquier animal sin hacer algo, día a día, para evolucionar como ser humano. La alternativa es refocilarse en la miseria de los que teniendo mucho, poco o nada, nunca llegarán a disfrutar de lo que es la auténtica humanidad.

Que el nuevo año nos llegue a todos con la sabiduría necesaria para avanzar, para evolucionar siempre; para no retroceder nunca jamás.

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