En marzo del año 415 una horda de fanáticos cristianos arrastró a Hypatia de Alejandría a una de las iglesias allí ubicadas, donde fue vejada, torturada, mutilada y posteriormente quemada. Su casa fue saqueada, sus trabajos y sus 14 tratados destruidos, y su nombre borrado de la historia durante siglos.
Su asesinato se produjo como consecuencia de las circunstancias en las que se desarrolló su vida. Unas circunstancias que la situaron entre la hostilidad cristiana contra el declinante paganismo y las luchas políticas que mantenían las distintas facciones de la Iglesia, por una parte, y el poder imperial por otra, representado por el prefecto Orestes.
La pintura más conocida de Charles William Mitchell (1854-1903) trata precisamente sobre los últimos momentos de Hypatia. Catalogada dentro de la pintura académica del último cuarto del siglo XIX, ya que fue realizada en 1885, la obra pertenece a una etapa despreciada por las primeras vanguardias artísticas, a pesar de que resulta sumamente interesante, ya que refleja la doble moral de la Inglaterra victoriana que, como bien comenta la profesora Erika Bornay en su libro “Las hijas de Lilith”, oscila entre la fascinación y el aborrecimiento, en lo que al tratamiento de las imágenes de mujeres poderosas se refiere, ya que los incipientes movimientos sufragistas hacían tambalear el orden patriarcal.
Más que un hecho histórico, la obra parece estar más cerca de ser una excusa para mostrar a una joven desnuda, frágil, aunque con bellas y delicadas formas, con los labios abiertos y un blanco cuerpo que destaca sobre el fondo rojizo. La protagonista posee una gran melena cobriza -que algunos textos relacionan con la brujería- con la que se cubre un pecho. Mientras, su brazo extendido señala un punto no identificado del mosaico que preside el altar de piedra, probablemente dirigido a una imagen de Cristo. En el suelo reposa la túnica de la que ha sido desposeída, pero sus pies, apoyados sobre la tela blanca, parecen querer conservar el contacto real con ella. La imagen muestra el momento congelado en el que la científica asciende por los escalones del presbiterio, espacio sagrado y de amparo que detiene por unos instantes a sus perseguidores.
Hypatia murió a los 45 o 60 años (se ignora la fecha exacta de su nacimiento), después de toda una vida dedicada a la ciencia, la filosofía y la docencia. En la fecha en la que se realizó la obra, el triste final de esta gran mujer ya era conocido aunque probablemente Mitchell pudo haber sido inspirado por una pintoresca novela de ficción de Charles Kingsley titulada “Hipatia o Nuevos enemigos con un rostro viejo”, que se publicó en 1853 y que en poco tiempo alcanzó gran popularidad.
Es evidente que la imagen pintada por Mitchell no se corresponde con la una persona de edad madura y mucho menos que con ella pretenda mostrar a una mujer dedicada al pensamiento, como es el caso de Hypatia, considerada como la primera mujer matemática, que escribió sobre geometría, álgebra y astronomía, y que mejoró el diseño de los astrolabios, entre otros muchos trabajos. Pero no todo su legado pudo ser borrado: ha transcendido que dos de sus discípulos anotaron algunos títulos de su obra como “Comentario a la Aritmética “, “Canon astronómico” o “Tablas astronómicas: revisión de las del astrónomo Claudio Tolomeo”. Hypatia, además, fue la cabeza de la Escuela Neoplatónica de Alejandría y defendió la razón pura.
Como ya se ha comentado, tampoco el rastro de su nombre pudo ser eliminado definitivamente. El pintor Rafael Sanzio, Rafael de Urbino (1483-1520), dejó constancia de su sabiduría en una de sus obras más célebres “La escuela de Atenas”, realizada entre los años 1510 y 1512, en la que llevó a cabo un retrato coral de los filósofos, científicos y matemáticos más importantes de la época clásica. En ella aparece una única mujer: Hypatia, pero lo hace de una manera muy especial, con su túnica blanca y con los rasgos de su amante, Margherita Luti, “La Fornarina”.
En el último siglo, la figura de Hypatia ha sido recuperada como el símbolo de la resistencia de la ciencia ante los envites del integrismo religioso y como un icono feminista, ejemplo de la lucha incansable en defensa de sus ideas. Mención aparte merece la película de Alejandro Amenábar estrenada en 2009, titulada “Ágora” que, dada la capacidad de difusión que posee el cine, mostró al gran público la vida y la obra de una de las mujeres sabias más interesantes de la historia. También cabe mencionar el gran trabajo realizado por la actriz británica Rachel Weisz, a la hora de encarnar, con una sensibilidad exquisita, a esta gran mujer.