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Vencer los frugales estereotipos europeos
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(Foto: Europa Press)

Vencer los frugales estereotipos europeos

lunes 27 de julio de 2020, 17:25h

Hay una serie de películas italianas, que tiene su réplica francesa, en las que ponen de relieve en clave de humor las diferencias de identidad entre los ciudadanos del Sur y del Norte de los respectivos países, que hacen énfasis en los estereotipos culturales de unos y otros. En España se intentó también con los ocho apellidos vascos y catalanes. Los estereotipos regionales existen en todas las latitudes, en muchos casos sirven de broma, unas veces con gran carga ofensiva. Estos terminan en la mayoría de las ocasiones convirtiéndose en verdaderos prejuicios que condicionan y orientan decisiones políticas y económicas. Los PIGS de ayer y los frugales de hoy son consecuencia de esto.

Si queremos encontrar fundamento más científico no hace falta más que repasar la conocida diferenciación establecida por Max Weber entre la disposición más favorable al éxito capitalista de los protestantes, por sus procesos de racionalización económica que vitalmente realizan, frente a los católicos, menos dados al rigor en sus actitudes económicas.

Europa a lo largo de su historia ha proyectado en muchas ocasiones una suerte de resquemor con los países del Sur, aunque solamente para aquello que le interesaba. Recuérdese que los europeos convivieron durante años con dictaduras en España, Grecia y Portugal y aunque no les admitieron en el club económico no hubo inconveniente en incorporarles al militar, salvo en el caso español, pero porque el franquismo era renuente a ello. Italia fue la combinación imperfecta entre democracia y corrupción institucional pero consentido para evitar el gobierno de los comunistas del PCI.

Ahora sin embargo la UE ha evolucionado y además en esta ocasión ha visto que tiene un enemigo común a las puertas y superar reticencias llegando al convencimiento compartido de que, o se pone verdaderamente en marcha una política federalizante solidaria, o su futuro tendrá poco recorrido. El proceso que está viviendo la Unión Europea en este momento guarda su importancia no por lo que es, que es mucho, sino por lo que puede no ser. Lo complejo es que los ciudadanos de infantería sepan ver las aristas de este momento y valorarlo mucho pues afecta a todos los europeos. Y en España habría que dejar a un lado esa tendencia de frivolizar, a favor o en contra, todo lo que sucede. Estamos ante un compromiso no solamente institucional sino intensamente ciudadano.

Bien es cierto que a las instituciones de la Unión no les quedaba otra, ni ahora a la Comisión y al Consejo, ni tampoco al Parlamento cuando tenga que ratificar el acuerdo. Esta en cuestión el sentido de la Unión que ha venido desangrándose en su legitimidad ante la mirada de los ciudadanos. Una salida europea meramente economicista, como en la crisis financiera, podría significar su fin. Con todo no era el mayor problema la extinción institucional por irrelevancia en la resolución de los problemas. Lo que realmente es preocupante, y lo han sabido ver algunos dirigentes nacionales, es que la deriva ultraderechista con el no acuerdo tendría gasolina de alto octanaje en su motor. El que la ultraderecha crezca en este momento, elección tras elección, en todo el continente es el problema más grave al que van a tener que enfrentarse las nuevas generaciones y solamente una Europa unida puede ponerle freno.

Hace tiempo que muchos vienen reclamando la necesidad de restablecer el Gran Pacto que se fraguó tras la II G.M. Aquel consenso entre las dos visiones políticas, e ideológicas, y entre las fuerzas del capital y del trabajo trajo una centralidad de la política que muchos rechazan, unos porque ven la “pérdida de las esencias nacionales” y otros por excesivamente pactista. Unos por el rechazo al multilateralismo federal y otros por considerar que el modelo de Estado Social y Democrático de Derecho esta superado y es la calle la que debe marcar el camino. Ese Pacto ha sido el baluarte del bienestar europeo durante 75 años. El proceso abierto con el Acuerdo sobre el fondo de reconstrucción puede ser la base de la renovación de esta política de acuerdo y solidaridad, no sólo para siete años sino para muchos más. Si la otra vez se necesitaron decenas de millones de muertos, demos por bueno que sea ahora sobre la memoria de 180.000 fallecidos se reconstruya la Nueva Europa. Será el mejor legado que se puede dejar para las futuras generaciones. Por ello, bien traído el nombre de “Nueva Generación UE” para esta macro iniciativa.

Si el Plan Marshall tenía su orientación política en primer lugar en evitar que determinados países europeos cayeran del lado comunista, bueno que este sea para frenar a la ultraderecha europea; si aquel sirvió para dar salida europea avivando el consumo a la descomunal maquinaria industrial puesta en marcha por los americanos para la producción bélica, sirva esta para un cambio radical de la producción europea con una industria en armonía con el medioambiente y adecuándose al progresivo cambio tecnológico que se viene produciendo en las últimas décadas poniéndolo al servicio de los ciudadanos.

Como ha señalado el Profesor Aldecoa, Presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, no todo está hecho: Ahora falta quizá todavía algo más difícil que es la reforma de los tratados que será necesaria para poner en práctica este ambicioso planserá necesario reforzar el proceso de decisión del sistema institucional de la Unión Europea.

Paralelamente la UE tiene que asimilar las lecciones aprendidas y no convertir el proceso de disposición de fondos en un tortuoso camino guiado por múltiples trabas burocráticas, solo una actuación operativa y eficaz hará los fondos eficientes.

España, por su parte, debe asumir el reto de la reconstrucción rompiendo estereotipos, internos y externos, del pasado. Con la presentación de proyectos que realmente propicien un cambio profundo en el país. Arribar tendencias endogámicas del pasado que a la larga terminan siendo estériles. No pretender hacer todo al mismo tiempo, pues no se hará nada. La capacidad de gestión es la que es y da de sí lo que da, por ello deben ser proyectos creíbles y realizables, que den fortaleza a nuestro sistema de producción y comercialización y asegurar la cohesión social. Una intensa colaboración pública privada es imprescindible, donde ambos ocupen su papel sin hacerse trampas en el solitario, además sabiendo que quien mucho abarca poco aprieta, la producción española tiene unos campos de especialización y ahora no es momento de improvisar. En todo caso, hay que recuperar el impulso que se tuvo cuando, tras nuestra entrada en la CEE, empezaron a llegar los fondos europeos que permitieron modernizar España.

La seriedad y la capacidad española no son una quimera pero los países de la Unión que han sido renuentes al Acuerdo, creen que hemos perdido la fortaleza y la cohesión del pasado, tal vez nosotros también hemos perdido la fe en nosotros mismos. No es cuestión de fe, ahora es rigor, capacidad de trabajo y claridad de ideas.

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