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La hora de Europa
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La hora de Europa

jueves 09 de abril de 2020, 21:39h
Tal y como la caída del muro de Berlín extendió en su día el certificado de defunción del modelo comunista de la época de la guerra fría, que negaba la libertad a los que vivían bajo su manto, la pandemia que hoy nos arrasa habría de tener el mismo efecto respecto del modelo neoliberal, que se impuso en buena parte del mundo desde entonces, cuyas costuras quedaron ya expuestas con la crisis de 2008, y hoy, simplemente, han reventado.

Más allá de la posible incidencia que el propio modelo pudiera tener en el origen de la actual catástrofe (dada la destrucción del medioambiente que conlleva, como efecto colateral todavía hoy irresponsablemente minusvalorado por muchos), lo que resulta indiscutible es su incapacidad a la hora de afrontar una pandemia como esta y sus consecuencias de todo orden.

Basado en la reducción del Estado a la mínima expresión mientras se adora al becerro de oro, tótem ante el que se sacrifica lo público en aras de una supuesta mayor eficiencia, solo se acuerda de ese Estado, al que menosprecia, cuando ha de venir al rescate frente a lo que ciertamente no se resuelve con “dejar hacer” al mercado; ignorando que éste es, o más bien debería ser, un mero instrumento y no un fin en sí mismo.

Su receta de “sálvese quien pueda” ante la crisis, no solo no soluciona el problema (excepto quizás para muy pocos, que habrán de vivir en cárceles de oro), sino que lo exacerba, convirtiéndolo además en una descarnada competición, país por país, región por región, por los medios y recursos necesarios para combatir la pandemia y sus inevitables consecuencias económicas; y abonando así el terreno para los totalitarismos y nacionalismos excluyentes, cuyo recorrido vital, desde la demagogia populista, hasta la destrucción propia y ajena, la historia reciente bien nos enseña.

Entre un modelo y otro, se interpone el modelo de nuestra Unión Europea, basado en una economía, sí, de mercado, pero dentro de un marco SOCIAL y DEMOCRÁTICO (así, con mayúsculas) que, aunque sin duda esté necesitado de grandes reformas estructurales, afortunadamente nos diferencia de forma sustancial de nuestros poderosos vecinos, tanto al este, como al oeste.

Habiendo quedado ya, por consiguiente, constatado históricamente el fracaso de los otros dos sistemas, nuestros dirigentes y, junto con ellos, todos los ciudadanos europeos, nos encontramos hoy ante una decisiva encrucijada: o nos encaminamos en la dirección de repetir en bucle los dramáticos errores de un pasado todavía reciente, deslizándonos, cada uno por su cuenta, por la pendiente de la insolidaridad y del nacional-populismo; o, por el contrario, nos esforzamos en mejorar y defender, con uñas y dientes si resulta necesario, nuestro modelo común, que algunos ciertamente quisieran ver destruido y que tanto ha costado construir.

Nos jugamos mucho. Nos lo jugamos todo. Es la hora de Europa.

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