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"Lo que la oruga llama 'el fin', el resto del mundo lo llama 'mariposa'."

¡Que viene el lobo!

¡Que viene el lobo!

A un joven alumno eslovaco, meses antes de la entrada de su país en la UE, le hice reflexionar sobre la importancia de su adhesión: “garantizar la democracia”, decía yo. ¡No!, contestó rotundo, eso era una cosa de mis padres y, vosotros (Europa) hicisteis poco, yo lo que quiero de Europa son carreteras como las tuyas, hospitales, universidades y coches y casas …, como las vuestras”. En definitiva, la democracia no era lo más importante ya se lo dijo Lenin a De los Ríos “¿libertad para qué?”. La libertad y la democracia son demasiado jóvenes como para dejarlas morir.


Si decimos que la democracia puede estar en peligro surgirían opiniones para todos los gustos, desde los que lo tildarían de exagerado a los que se ofrecerían “¡vamos al Guadarrama a parar a los fascistas!”.

La cosa es demasiado seria como para simplemente dejarnos llevar por primeros impulsos. La rapidez, la inmediatez y sobre todo la simplicidad nos pueden llevar a errores trágicos cuando menos lo esperemos.

Hay dos fenómenos que se nos han metido en nuestra cotidianidad que discurren paralelos y sin aparentes confluencias, de momento: el crecimiento progresivo de la extrema derecha, en toda Europa y ahora en España que nos debe preocupar y ocupar sin dilación, y la progresiva translación del malestar a la calle y cada vez con mayores signos de violencia.

Más de 3.5 millones de votos (15,09 %) de la extrema derecha, un millón de votos más en apenas 6 meses, no es una anécdota, es síntoma de un profundo cambio social en la cultura colectiva que se está produciendo delante de nuestras narices y sin saber bien porqué. Y lo que es peor, lo interiorizamos como si tal cosa. Cuando el discurso reaccionario se asume como plausible y no genera respuesta contundente y colectiva como merece, malo.

La exaltación de lo negativo de la sociedad actual, a la que se ha llegado como producto de una evolución en el tiempo democrática y consensuada de la ciudadanía, con sus sombras pero con muchas luces, es fácil de comprar cuando lo que gira alrededor es confuso y convulso. Penetra por capilaridad.

Decir hoy que la actual extrema derecha española es fascista es quizás una exageración. No todo es fascismo pero apunta maneras. El fascismo es un escalón más, comparte los mismos valores: nacionalismo, xenofobia, homofobia…su elemento diferenciador es la eliminación radical (de raíz) del discrepante. La historia demuestra que el totalitarismo termina siendo el punto de llegada.

La pregunta es cómo parar esto democráticamente. No cabe lamentarse luego como el poeta de que la ultima vez que el español hablara alto fuera para decir: ¡eh! ¡que viene el lobo! Nadie le oyó [1].

No son soflamas, la cuestión es, dicho en expresión de máxima actualidad, conducir una crisis política para que no termine siendo de convivencia.

Habría que comenzar por repensar nuestro sistema de partidos. Han perdido su capacidad de representar los intereses ciudadanos, no haciendo posible vertebrar el pluralismo ideológico existente en toda comunidad. Los partidos tradicionales no han sido capaces, a pesar de sus intentos, de adaptarse a una nueva época, han confundido una nueva sociedad surgida de la lógica evolución de un tiempo nuevo, con demandas diferentes difíciles de interpretar y percepciones del mundo muy volátiles, con estar en las redes sociales las 24 horas del día. Han hecho que la pertenencia y la participación en los mismos sea algo tedioso, cuando el tiempo es un bien escaso. Los más jóvenes no rechazan la política sino las formas en las que se manifiesta, la política se quiere vivir de otra manera y la obligación de los partidos hubiera sido anticiparse a ello. Han sido incapaces de enriquecer la cultura política de manera interactiva, se han convertido en un círculo cerrado que se realimenta, institucionalizados como oficinas de empleo donde la mediocridad se diluye en la ambición.

Los nuevos partidos que parecían predestinados a reformar la política desde dentro del sistema han cometido en tan poco tiempo tantas contradicciones en sus planteamientos ideológicos como estratégicos que resultan incalificables. Ello es prueba de que el mal es sistémico y la revisión ha de ser profunda. Ciudadanos es el ejemplo, pudo ser pero no supo ser, los movimientos tácticos convulsivos tienen esas consecuencias, lo peor no es enloquecer a los votantes, es hacerlo también con los partidarios. Podemos parece haber subido al tren en el último minuto, pero con un alto desgaste orgánico y desdibujado ideológicamente.

A los votantes se les está obligando a pronunciarse por impulsos. La tendencia a convertir toda la acción política en puro tactismo electoral diluye el compromiso entre elector y elegido y las relaciones son efímeras y volátiles.

En cualquier caso todos los partidos han de asumir el deterioro electoral sufrido, que la foto del mapa electoral es cambiable en secuencias muy cortas de tiempo y la única tendencia en fase de crecimiento y consolidación es la polarización y en mayor medida hacia la extrema derecha, capaz de convertir su discurso en píldoras edulcoradas. El discurso templado, centrado, es poco atractivo y la aparente mayoría ciudadana que ahora lo ocupa puede variar su posición en función de acontecimientos que desconocemos de la agenda. Por ello, es cada día más urgente e importante armar a la sociedad para que tome conciencia de que la libertad y la democracia hay fortalecerlas cuando se tienen y no echarlas de menos cuando nos son arrebatadas.


[1] “Pero ¿Por qué habla tan alto el español?” de León Felipe.
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