Ahora que ya ha pasado el 15 de junio y ha habido tiempo de formar equipos, es un decir, y conformar grupos políticos y de trabajo, es otro decir, conviene hacer algunos apuntes sobre lo que nos podemos encontrar en nuestras corporaciones locales. Porque a esos partidos, tan pizpiretos ellos, que piden cien días de gracia para sí mismos cuando se dedican a criticar al Gobierno que aún continúa en funciones por mor de si son galgos o podencos, conviene recordarles desde el comienzo las carencias que deben suplir, los desaguisados que tienen que resolver y los servicios que deben prestar a los ciudadanos, todo ello sin demora.
Algunas de esas carencias y desaguisados los conocen bien porque fueron los autores, bueno ellos mismos no, compañeros de pupitre en tiempos pasados. Y es que el tiempo pasa y los autores se renuevan, pero el recuerdo y las hemerotecas quedan, para poder hacer ver de dónde vienen los lodos que nos cubren. Y es que todo puede ser un lodazal, que se ha ido formando de manera paulatina, no de golpe, y va avanzando sin control porque, no lo olviden, una de las formas de hacer política, esa que no piensa en el interés de todos, es dejar que el error perdure para demostrar qué equivocada estuvo aquella decisión. Y así, entre no me mires y no me toques, el barro campa a sus anchas y se va haciendo con el control de la cosa.
Y a este sin sentido de la crítica política, si puede llamarse así, se nos une lo que está pasando con el lenguaje que se utiliza hoy en día, en casi cualquier tema que se aborde. Ya no se ganan partidos, ni se supera al adversario, se le tritura. Ya no tenemos ministros que hayan podido cometer fallos, estamos ante el peor ministro de la democracia, aunque se diga sin argumento alguno que lo sustente. No crean que exagero, es algo cotidiano, basta acudir a los medios de comunicación, desde los más sesudos hasta los más livianos, sin olvidar el parlamento, que, en ocasiones, es un buen reflejo de la incontinencia provocada por la insuficiencia, basta recordar el engendro de intervención parlamentaria del bufón por antonomasia de la cámara, calificada de manera acertada como producción de serrín y estiércol.
Veamos un ejemplo del mes de agosto. Si son ciertos los datos que nos ofrecían el artículo de portada y los que figuran en el que lo complementa, nos damos cuenta que, una vez homogeneizadas las cifras, el derroche en España es de 1,3 millones de toneladas y el del ‘país pionero’, Francia, es de 10 millones de toneladas. Y si tenemos en cuenta la diferente población de uno y otro país, el derroche de alimentos en Francia es, aproximadamente, 5,37 veces que el que tiene lugar en España. A lo mejor tienen una legislación más avanzada, pero quizá se deba a que tienen un gravísimo problema de derroche alimentario. ¿Por qué para promover una buena idea hay que alarmar sin razón?, ¿por qué este maximalismo informativo para defender una estupenda iniciativa?, ¿era necesario usar kilogramos en vez de toneladas para, al dar cuenta del problema, parecer que éste es inconmensurable?
Esta era del maximalismo, a cualquier precio, creo que se produce porque nadie confía en lograr convencer a los otros si no es utilizando calificativos extremos. Se han olvidado la sutileza, el sarcasmo, el retruécano, la ironía. Estoy seguro que el mismísimo Francisco de Quevedo se sonrojaría si tuviera que hacer frente a algunas de las columnas periodísticas que llenan hoy en día los medios de comunicación. Quedan pocos escritores con clase y estilo que proporcionen un análisis o crítica de la realidad política que, sin entreguismo alguno, aproveche los recursos del idioma sin caer en la desmesura.
Y, perdón por la posible inoportunidad, las propuestas políticas se han llenado de ese maximalismo innecesario que conduce a que las que hacen los partidos, en general, en las campañas electorales sean desechadas por los ciudadanos al advertir lo irrealizable que resultan o lo vagas que son en muchos casos. Sin olvidar en esos procesos al muy frecuente enfrentamiento entre partidos por ver “quién la tiene más fantástica”, entiéndase la propuesta. Basta recordar la toma de posesión de la presidenta de comunidad autónoma más heredera que nos ha anunciado la rebaja de impuestos más grande de la historia, como si ello fuera un mérito, en vez de anunciarnos la mejor educación infantil de la historia. Para lo primero basta un decreto, para lo segundo hay que trabajar y, con tanta herencia personal y política que gestionar, no sé si tendría tiempo para ello. No crean que se sonrojará cuando le recuerden que no lo ha conseguido.
Y para que nadie nos tilde de provincianos, salgamos fuera y comprobemos los estragos que está causando en Europa, desde hace más de 3 años, el famoso Brexit. Con fecha de salida, con o sin acuerdo, para el próximo 31 de octubre. Las barbaridades, además de mentiras, que vertieron durante la campaña los partidarios del abandono de la Unión Europea fueron de todo orden y consideración. Nadie ha tenido que asumir responsabilidades por mentir, como tampoco tuvo que asumirlas el imposible comprador enojado de Groenlandia por las falsedades soltadas en su campaña, en el mismo año 2016. ¿Casualidad temporal?
Creo que la situación política ha entrado en una fase de deterioro importante, tan importante que convierte a los ciudadanos en descreídos de la acción política, según los expertos, aunque luego se produzcan participaciones elevadas en los procesos electorales. Deterioro que no han evitado la multitud de politólogos que se han incorporado a la vida política en los últimos años. Claro que un político-politólogo, quizá queriendo hacerse gracioso, incitaba a los ciudadanos a no creer en los políticos, ¿se incluía él mismo?, ¿qué sentido tiene hacer política si nadie debe creerte?
A lo mejor si los políticos fueran minimalistas y se conformaran con hacer propuestas pequeñas, pero de alta consideración para ese vecindario que habita nuestras urbes, podría hacerse una política más activa, auténtica y aceptada. Así, volviendo a lo local, quizá si consideraran cuidar nuestras vías urbanas para hacerlas más accesibles a los mayores. Quizá si aseguraran que se reservarán las aceras para los peatones, haciendo que dejen de hacer uso de ellas los patinetes, las bicicletas, los patines y las motos. Quizá si nos aseveraran que los perros irán conducidos por sus dueños con la oportuna correa y los peligrosos con el correspondiente bozal. Quizá si nos hablaran de planes para mejorar el aspecto de ese comercio deteriorado y falto de higiene. Quizá si comprometieran fondos para implantar un buen sistema de señalizaciones. Quizá si ofrecieran dar uso y destino a la multitud de edificios vacíos de contenido. Quizá si abordaran la puesta en marcha de escuelas de 0 a 3 años con amplios horarios. Quizá si accedieran a generalizar el uso de las nuevas tecnologías para facilitar la vida de los ciudadanos y no solo para recaudar. Quizá si propusieran reducir la contaminación, también la acústica. Quizá si…
¿Les parecen poco importantes los asuntos apuntados? A mí me parecen muy sugerentes para hacer un programa político, especialmente porque, otros aparte, ninguno de ellos está resuelto en la ciudad en la que vivo, Madrid.