Ellas eran Carmen Barrego Aguado, modista de 20 años y militante del PCE; Martina Barroso García, modista también de 24 años, miembra de las JSU de Chamartín; Blanca Brisac Vázquez, pianista de 29 años, detenida por relacionarse con un músico del PCE; Pilar Bueno Ibáñez, modista de 27 años y militante del PCE; Julia Conesa Conesa, modista de 19 años y militante de las JSU; Adelina García Casillas, activista de 19 años y militante de las JSU; Elena Gil Olaya, activista de 20 años y militante de las JSU; Ana López Gallego, modista de 21 años y militante de las JSU, Joaquina López Laffite, secretaria de 23 años y militante de las JSU; Dionisia Manzanero Salas, modista de 20 años y militante del PCE; Victoria Muñoz García, activista de 18 años y militante de las JSU y Luisa Rodríguez de la Fuente, sastre de 18 años y militante de las JSU.
Tras la entrada en Madrid de las tropas de Franco, las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) trataron de reorganizarse clandestinamente bajo el liderazgo de José Peña Brea, de 21 años. Con la detención de éste, en parte por la actuación de un policía infiltrado, cayó la organización, siendo posteriormente detenidos prácticamente todos sus miembros, entre ellos las Trece Rosas, que fueron trasladadas a la cárcel de las Ventas.
"Juro aplastar y hundir al que se interponga en nuestro camino" sentenciaba Franco, ebrio de poder, en sus discursos. El caudillo estaba decidido a depurar la sociedad, de forma que las redadas, detenciones y ejecuciones sumarias, fruto de la infiltración de espías, estaban a la orden del día.
En junio comenzaron los ajusticiamientos a mujeres, entre los cuales el de las Trece Rosas fue el más execrable llevado a cabo por los vencedores. Supuestamente la ejecución era una respuesta al asesinato de un comandante de la Guardia Civil, Isaac Gabaldón, su hija y su chófer el 27 de julio anterior. Pero las detenidas se encontraban ya en presión cuando estos crímenes tuvieron lugar.
Estas trece mujeres, elegidas al azar entre las 4.000 presas hacinadas en las Ventas, saciaron con su muerte las ansias de supremacía del dictador. Fueron víctimas inocentes, auténticas heroínas de la posguerra que asoló el país. Aún se escucha el eco de las palabras de Ana López Gallego, que fue detenida el 16 de mayo y conducida a la cárcel de las Ventas el 6 de junio. Se cuenta que, tras continuar con vida tras la primera descarga, inquirió con bravura a sus asesinos: "¿Es que a mí no me matan?", demostrando su gallardía hasta el último momento. Todas ellas permanecerán en nuestra memoria para siempre.