Los ojos de la democracia europea y del mundo están puestos en España. Nuestras elecciones generales se miran con lupa y ansiedad porque suponen el muro de contención del avance del fascismo gracias a la consolidación del socialismo en España. Sólo hay que observar lo que está sucediendo en Polonia, Hungría, Francia, Finlandia. La gente no es consciente de que hay que actuar ahora, antes de que sea tarde. Estamos a tiempo, digamos otra vez "¡No pasarán!".
Una ola de fascismo que se expande por Europa, campa a sus anchas y ya sin caretas, ha prendido en Andalucía. Es la explotación del humano por otro humano más fuerte. Según el escritor holandés Rob Rienen, “el fascismo no enseña todos sus dientes cuando llega, viene disfrazado de populismo y ultraderecha y sólo podremos combatirlo con nobleza de espíritu y humanismo”
Como dice Jose Luis Ábalos, “en una democracia se pueden perder unas elecciones, pero en estas elecciones se puede perder una democracia”. En estas elecciones nos lo jugamos todo. Nos jugamos la democracia. La mecha del fascismo se expande por el mundo, ejemplos como Trump, Bolsonaro, Orban, Salvini, están aquí, nunca creímos que los tendríamos tan cerca pero el fascismo reaparece y su estela populista de exaltación de la maldad humana y de la intolerancia es demasiado contagiosa.
Me da por pensar que una semana más de campaña y la extrema derecha hubiera multiplicado sus resultados exponencialmente. Santiago Abascal aparentemente parece inofensivo especialmente a todos aquellos que generacionalmente no vivieron, ni nadie se ha encargado de enseñarles, lo que fue el fascismo, el posfranquismo aquí en España y la sangre sudor y lágrimas que nos costó ganarnos unos derechos pagados con con cárcel y sangre de muchos valientes. Y de muchas mujeres que lucharon hasta conseguir primero el voto y luego ir exigiendo respeto e igualdad. Así me lo han comentado algunos conocidos andaluces que votaron a la ultraderecha de forma casi folklórica.
Estaban hartos de una cosa, y la extrema derecha les daba la respuesta. Querían que España estuviera unida y fuera una sola, grande y libre, viajar sin trabas entre comunidades autónomas, aniquilar las lenguas diferenciadas, sin cartilla de la seguridad social diferente, en esto simplificaron su mensaje, su deseo y su voto, estos conocidos que sin darse cuenta regaron la semilla del fascismo en Andalucía. Mientras escucharon unos mensajes, obviaron otros. Que el homosexual volverá a ser considerado inferior y enfermo. Que la mujer perderá sus derechos y las cotas de igualdad alcanzadas, para seguir siendo vejada, humillad, maltratada, y renegada, siempre que esto quede en el silencio de los hogares. Que la Iglesia y la sotana seguirán en el oscurantismo y la crueldad clasista, impunes a todos los abusos y delitos ocultos. Que las armas pueden usarse para matar al vecino. Que los olvidados en las cunetas que dieron su vida por este país pueden seguir ahí y los que les buscan a la cárcel. Que hay que derogar unas cuantas leyes, la del matrimonio homosexual, la de la Ley contra la Violencia de género, restringir la de la libertad del aborto… ¿Cúantas más?. Y por supuesto, que quien tenga dinero para que sus hijos estudiien que lo pague y el que no pueda pues a la precariedad, el dependiente que se busque la vida, y pague ayuda si tiene dinero y si no abandonado a la beneficencia o solo si es menester. Y tantas y tantas cosas que nos da pánico sólo recordar.
Dan miedo. A mí, que casi nada me asusta, también estos me dan miedo. Tengo miedo por mi país, un lugar donde dicen que es el “mejor para nacer aquí”. Donde hemos conseguido sanidad, educación, derechos y libertades, que ahora unos bárbaros nos podrían arrebatar como cuando la Europa libre y democrática fue aplastada por el fascismo. O que tengamos que sentir la vergüenza de tener un presidente como Trump o Bolsonaro, Orban, Salvini. Como dice el autor Riemen: “El fantasma del fascismo amenaza nuevamente nuestras sociedades”. El pensador holandés recuerda que ya Thomas Mann y Albert Camus entendieron al terminar la Segunda Guerra Mundial que aunque Hitler había sido derrotado “el fascismo podía volver porque los seres humanos somas tan irracionales como racionales y el fascismo es el cultivo político de nuestros peores sentimientos irracionales, el resentimiento, el odio, la xenofobía, el deseo de poder y el aprovechamiento del miedo”
La gente que no haya vivido o leído un poco exhaustivamente la historia de las dos guerras mundiales y de la civil nuestra, no puede imaginarse lo que es volver a perder los derechos que con tanto esfuerzo, sangre y cárcel nosotros y nuestros padres y madres, hemos conseguido. Para mucha gente joven el fascismo son solo unas botas, camisa parda e ir aplastando todo lo que sale al paso. Especialmente la diversidad, la diferencia, la debilidad, por eso van a por las mujeres, van a por los homosexuales, a por los inmigrantes y a aplastar cualquier atisbo de atención o ayuda a los débiles y vulnerables.
Es fácil, con los populismos bastardos movilizar a masas de gente que tiene en común la ignorancia de la política y el hartazgo de sus precarias condiciones de vida. Porque, si analizamos la historia, no nos engañemos, al fascismo no solo se llega por arriba, las clases altas e solidarias que odian compartir privilegios, se llega masivamente por abajo, los jóvenes con la adrenalina disparada que quieren romperlo todo, pegar a homosexuales, a inmigrantes, a mujeres, porque están enfados con el mundo y no encuentran otro desahogo.
Nuestra nueva clase política no ha cultivado el humanismo y los valores. La ética les suena a himno de perdedores y han convertido a esta sociedad en sociedad de masas, denostando la educación, el arte, la cultura, los derechos. Ahí donde cualquier populismo prende su mecha con rapidez porque nuestra clase política actual es mucho más ignorante que aquella que surgió de las cenizas del fascismo y en los años cincuenta reconstruyeron la sociedad del bienestar. Ojo, lo que nos jugamos es todo, aún estamos a tiempo.