La manida comparación de una campaña electoral a un circo solo resiste si pensamos en esos circos pobres que van de pueblo en pueblo exhibiendo números más vistos que los garbanzos en unas carpas cutres. En esos circos, lo que más gusta a los niños son los payasos
Tienen los mítines música y colorido circense con las banderitas y las luces y carteles enormes con las caras de los candidatos. Será por eso que el símil se popularizó. Lo malo es que el espectáculo se limita a una troupe de oradores que dicen todos más o menos lo mismo haciendo de teloneros a la estrella de la función; el candidato que quiere ser elegido. Lo bueno es que el público está formado por una claque de admiradores incondicionales dispuestos a aplaudir con entusiasmo cada vez que los actores sueltan una frase contundente en un tono de voz más elevado. Esos aplausos animan mucho. Lo peor es que en esos espectáculos, tan intrascendentes en apariencia, se juega con la vida de todos los ciudadanos de un país.
Siendo adolescente, vi en televisión la película The Greatest Show on Earth, una superproducción en Technicolor de Cecil B. de Mile, el de Los diez mandamientos. Se estrenó cuando yo era muy pequeña, pero no me hubieran dejado entrar al cine. Era un dramón. Filmada con los miles de trabajadores y la logística del mayor circo del mundo, el Barnum Brothers, allí pasaba de todo; accidentes, por supuesto, amores, desamores, adulterios, traiciones, estafas, y hasta un caso de eutanasia por amor muy parecido al que estamos sufriendo casi todos con Ángel Hernández. De esos circos espectaculares ya solo queda el Circ du Soleil. Hoy, lo verdaderamente interesante no son los números de los circos, son los espectadores.
Los espectadores de los circos políticos que llamamos mítines son millones, sin contar al público de fieles que los anima. Son millones los que oyen en la radio o ven en televisión extractos cortísimos de las intervenciones de los políticos, elegidos por los informadores por su espectacularidad. Cabría alegrarse de que esa información llegara a los ciudadanos, aunque en cápsulas breves, si no fuera porque la inmensa mayoría no les hace ni puñetero caso.
La mayoría de los españoles se considera por encima de la política. No les gusta, les aburre, no va con ellos, dicen. Lo que siempre me hace pensar en Las Leyes fundamentales de la estupidez humana de Carlo Cipolla. En primer lugar, porque sentencia que un número mayoritario de estúpidos puede destruir la sociedad. ¿Y qué se puede decir de un ciudadano que, sabiendo que los políticos legislan sobre todo lo que rige nuestras vidas, dice que la política no le interesa, es decir, que no le interesa lo que un político le obligue o le prohíba hacer? Según la definición de Cipolla, un estúpido es el que hace daño a los demás sin obtener por ello ningún beneficio. El ciudadano que se desentiende de la política, que no se toma en serio la política ni siquiera para votar es, según la definición, un estúpido integral, porque abdicando de su responsabilidad de contribuir a una sociedad más justa eligiendo a los políticos que parecen más honestos y capacitados para imponer la justicia social, vota a tontas y a locas perjudicando a todos, él mismo incluido.
Un ingente número de estúpidos ha conseguido que en América y en Europa hayan llegado al poder políticos que en sus campañas electorales no ocultaron su intención de gobernar en contra de valores humanos fundamentales. Cuando Trump, Salvini, Bolsonaro prometían expulsar del suelo de sus patrias a los asquerosos emigrantes, los estúpidos aplaudieron saltando de alegría y coreando sus nombres. No se les ocurrió que cuando un político inhumano actúa en contra de la raza, la etnia, el origen de un ser humano es porque carece de respeto y de empatía por todos los seres humanos que considera inferiores, sean compatriotas o no. Esos líderes tan valientes, tan recios, no tardaron nada en promulgar leyes para beneficiar a los poderosos a costa de los pobres. Trump, por ejemplo, está obsesionado por construir un muro que impida la entrada al país de emigrantes latinos. Los estúpidos aplauden. No vendrán extranjeros harapientos a quitarnos lo que es nuestro. Pero Trump tenía, además, otra obsesión; acabar con la sanidad pública que había legislado el partido de Obama. Los estúpidos se han quedado sin acceso a medicamentos y atención médica gratuita. Muchos de ellos dirán que bueno, que son clase media y se pueden pagar un seguro médico privado. En sus cortos entendimientos no entra que las salvajadas de la doctrina neoliberal pueden provocar otra recesión que les deje sin trabajo, sin seguro, sin salud y con ganas de que no les ignoren como ellos ignoraban a los pobres cuando se creían medio ricos.
Claro que eso ocurre a miles de kilómetros de distancia, dicen los estúpidos. Eso no pasa en España. En España pasa que cientos de miles de listos decidieron no votar en las elecciones de Andalucía porque iban a ganar los socialistas, como siempre, sin que ellos tuvieran que tomarse la molestia de ir a un colegio electoral. Y de pronto se ven con un gobierno conservadurísimo que baja los impuestos, sí, a quien hereda más de un millón de euros, y que modifica la educación para que a los niños se les olvide en qué siglo viven y que de medidas y fondos para combatir la violencia de género, nada, porque hay que recordar a las mujeres que han venido al mundo para parir y sacrificarse por su marido y sus hijos. ¿Sabe una mujer lo que lleva en el vientre? Pues eso.
Solo un estúpido integral puede ignorar lo que ocurriría en este país si ganan los conservadurísimos. Solo un estúpido integral puede ignorar que en estas elecciones los candidatos se juegan el poder, pero nosotros, todos los demás, nos jugamos la libertad de decidir cómo queremos vivir nuestras vidas. ¿Qué no? ¿Hay alguien que pueda decidir libremente vivir bajo un techo al que pueda considerar su casa, comer lo que le apetezca, disfrutar de unas vacaciones aunque solo sea descansando si no tiene dinero, al menos, con que pagar dónde caerse muerto? Pero bueno, el que tiene trabajo sí tiene y, aunque tenga poco, se defiende. Hay que aplaudir por patriota al que piense así. Eso es un español inteligente que comprende que los sueldos no pueden subir porque la vida de una empresa depende de los beneficios y si el empresario considera que no está obteniendo beneficios suficientes, cierra la empresa y se acabó. Solo a un empleado socialista radical le molesta que le bajen 50€ mensuales del salario mínimo. Total, eso no le va a hacer más pobre. ¿Cuántos pobres van a votar por el partido que promete bajar el salario mínimo a 850€? ¿Cuántos estúpidos hay en este país? Enigmas profundos.
Anoche tal vez algunos oyeron en su imaginación los primeros acordes de la Entrada de los gladiadores, de Julius Fucik, la más conocida de las marchas circenses, resonando en varias carpas esparcidas por España. Pero las orquestas entraron a destiempo. Todos los espectáculos debían empezar a las doce de la noche, pero como la troupe llevaba varios meses de gira, los seguidores ya no sabían con certeza dónde estaban ni a qué hora era el asunto. Total, que solo se emocionaron los incondicionales de las claques. El resto de los españoles estaba pendiente de su serie favorita o del siguiente mensaje de Whatsaap. Total, para oír lo mismo de siempre. Pablo Casado cometió el craso error de soltar todos los insultos posibles contra Pedro Sánchez en una sola arcada. Ahora ya solo le queda repetir, y la repetición aburre. Albert Rivera se pasa las noches leyendo y apuntando todo lo que han dicho Casado y Abascal para hacer un discurso sinérgico que contenga elementos de los dos entre repeticiones de Sánchez, Sánchez, Sánchez, hay que sacar a Sánchez. La obsesión de ese hombre con Sánchez provocaba al principio la emoción de la sospecha, pero la repetición también ha acabado aburriendo. Abascal es el que más intuición tiene para el espectáculo. Claro, que lo tiene fácil. Sus claques se vuelven locas solo con oír España y cabe suponer que quienes le ven por televisión porque ya tienen cierta edad, se emocionan también. Y aunque repita no aburre. Lleva poco tiempo en el negocio y su estampa y su discurso producen escalofríos, la sensación inquietante de estar viendo y oyendo a un personaje de ultratumba o asistiendo al enésimo remake de Drácula. Si Abascal hubiese caído en manos de Fassman, seguro que le hubiese entrenado para hipnotizador. Tiene toda la pinta. ¿Y Pablo Iglesias? La pinta se le está quedando anticuada. Ya no se lleva el candidato desaliñado. ¿Alguien se lo imagina en una reunión de presidentes del gobierno en Bruselas con su caminar de medio la"o estilo John Wayne? Tampoco se lleva prometer miles de millones de euros que no hay para resolver todos los problemas de los ciudadanos a golpe de deseos. La gente se ha hecho mayor y ya no cree en cuentos de ninguna parte.
De pequeña me gustaba mucho el circo. Dejó de gustarme el día aciago en que se me ocurrió ver aquella película. La descarnada miseria moral de aquellos personajes y sus tristes circunstancias me impresionaron hasta tal punto que me harté de llorar. Menos mal que a mi edad la lágrima se pone difícil, porque el circo político que nos espera hasta el 28 es de pena profunda. Por lo menos, me consolará escuchar al presidente del gobierno hablar de los problemas de los españoles y de sus planes para enfrentarse a ellos. Pedro Sánchez no domina ni las posturas ni las voces ni el lenguaje del circo. Se ve que se toma las cosas en serio. Y a los que nos tomamos en serio nuestras cosas y la influencia que en nuestras cosas puede tener la política, nos anima la esperanza de que Pedro Sánchez siga gobernando después de todo este desenfreno.