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"Lo que la oruga llama 'el fin', el resto del mundo lo llama 'mariposa'."

La institucionalización de la mentira

La institucionalización de la mentira

Todo español racional sabe que José María Aznar y su gobierno mintieron sobre la autoría de los ataques terroristas del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Todos saben que el PP perdió las elecciones que se celebraron tres días después. Todos saben que la mentira no costó nada a los que mintieron.


Mariano Rajoy, su candidato, ganó las elecciones finalmente siete años después. Ángel Acebes, Ministro de Interior aquel día, se convirtió en secretario general del PP aquel mismo año y fue diputado hasta las elecciones de 2011. Eduardo Zaplana, entonces portavoz del gobierno, fue portavoz del PP en el Congreso hasta 2008. A Rajoy, Acebes y Zaplana nadie les castigó por haber ignorado a los 193 seres humanos que murieron en los atentados y a los 2.000 heridos y a sus familias. Aquella tarde, mientras hombres y mujeres buscaban con desesperación a sus seres queridos en los hospitales y entre los muertos, Aznar, Rajoy, Acebes y Zaplana se afanaban por evitar que el contratiempo les hiciera perder las elecciones. El único modo de evitarlo era mentir, conseguir que la prensa amiga respaldara su mentira, engañar a los organismos internacionales para que su mentira llegara al mundo entero. Fue ETA, repitieron sin descanso y aún siguen repitiendo para que la mentira no acabe de desaparecer del todo. ¿Que todas las pruebas demostraron la autoría de los yihadistas? Da igual. Mientras se siga sugiriendo que ETA tuvo algo que ver, siempre habrá manipulables a quienes les quede la duda. El PP no perdió las elecciones porque sus líderes mintieron. Las perdió porque al saberse el mismo día que Al Qaeda se atribuía el atentado, la mayoría de los españoles culpó a Aznar por haber metido a España en la guerra de Irak.

Todos conocemos las terribles consecuencias de aquellos atentados. Sin embargo, ningún medio destaca una de sus secuelas; una secuela de vital importancia para la salud moral de la sociedad y para la mismísima supervivencia de la democracia. El 11 de marzo de 2004, en España se institucionalizó la mentira.

No fue, por supuesto, la primera vez que unos líderes políticos mentían. Un año antes, Aznar había repetido la consigna utilizada por el gobierno de los Estados Unidos para justificar su ataque a Irak afirmando rotundamente que el gobierno iraquí tenía armas de destrucción masiva. Pero en aquella ocasión, se limitó a repetir. El 11 de marzo, Aznar y los suyos concibieron la mentira haciendo cálculos electorales en medio de la tragedia de sangre y muerte que sufrían sus compatriotas. El Aznar, el Acebes, el Zaplana, el Rajoy que se dirigieron a los españoles en aquellos días horribles, mostraron una sangre fría, un cinismo tan carentes de la más mínima compasión por el sufrimiento de las víctimas, de sus familiares, de todos los españoles conmocionados por el horror, que solo puede explicarlo una insensibilidad psicopática. Pero no son los posibles trastornos psicológicos de esos señores lo que hoy nos afecta. Nos afectan, y con suma gravedad, los efectos secundarios de su abominable conducta; unos efectos que pueden resultar catastróficos para todo el país.

Fue tal la monstruosidad de anteponer los intereses de un partido político a toda consideración, a todo escrúpulo moral, que las mentes sanas no pudieron asimilarlo. Era más fácil pensar que algo sabrían esos líderes políticos que los ciudadanos desconocían o que se habían equivocado de buena fe. Aceptar la insensibilidad, la falta de humanidad en una persona nos conduce al fondo del pozo negro de la maldad del que las mentes sanas huyen despavoridas. No hay allí señal alguna que nos oriente, nada que nos permita analizar y comprender esa realidad. Por eso, simplemente por eso, nadie quiso profundizar en el acto puro y duro de mentir en aquellas circunstancias. Por eso, el acto de mentir, en toda circunstancia y sin ningún escrúpulo, se aceptó como algo propio de la política que los ciudadanos no tenían por qué entender ni juzgar. Y por eso, millones de ciudadanos han seguido votando por políticos mentirosos, a sabiendas de que son mentirosos, sin tomar en cuenta los peligros que esas mentiras intentan esconder.

Pablo Casado y Albert Rivera están fundando su campaña en la mentira de que Pedro Sánchez hizo pactos secretos con los independentistas catalanes entregándoles la unidad de España a cambio de sus votos y de que, si es elegido, consumará la ruptura del país. Nadie les exige una prueba, ni siquiera un ejemplo de algo que justifique semejante acusación. Nadie les acusa de calumniadores. Y no es la única falsedad. Tanto Casado como Rivera tienen tanta fe en la efectividad de la mentira que no tienen reparo alguno en soltar disparates de toda índole en conferencias, mítines y hasta por escrito en redes sociales. Creen que nadie va a pensar que sueltan burradas por ignorancia porque a los líderes políticos se les supone una cierta preparación. Resulta más verosímil suponer que mienten confiando en la ignorancia de quienes les escuchan, razón por la cual predican lo que sea sobre lo que sea sin molestarse en indagar si es o no verdad. Digan lo que digan les van a perdonar. Y es muy posible que no se equivoquen. Dicen las encuestas que los dos juntos conseguirían el 35, 3% de los votos. Lo que significa que a millones de ciudadanos españoles les da igual que dos líderes que aspiran a la presidencia del país les mientan sin ningún escrúpulo siempre y cuando la mentira coincida con lo que quieren oír. Si perdonaron la mentira del 11 de marzo y la monstruosa estrategia que la concibió, ¿cómo van a hacer ascos a cualquier cosa que les echen?

Hace muchos siglos que los filósofos discuten si decir la verdad es una ley moral inviolable o si es conveniente engañar a los ciudadanos cuando lo pide el bien común. Ya Platón hablaba de las mentiras nobles que en filosofía casera dieron en llamarse mentiras piadosas. Pedro Sánchez y Carmen Calvo, por ejemplo, mienten y tienen que saber que mienten cuando dicen que los votantes nunca se equivocan. ¿Cómo no se van a equivocar quienes votaron por un desequilibrado como Trump, por fanáticos inmorales como Orbán, Salvini, Bolsonaro, que niegan todo derecho a las minorías? En la medida en que la mayoría de los electores de un país vota sin informarse ni reflexionar sobre las propuestas que cada candidato ofrece, la equivocación es inevitable. Aceptarlo, sin embargo, conduce a cuestionar el fundamento mismo de la democracia con las terribles consecuencias que cabe suponer. Parece necesario, por lo tanto, no decir toda la verdad a los ciudadanos si esa verdad puede alterar el orden social. Lo que no es ni necesario ni aceptable ni tolerable es dar a la mentira rango de acción política que puede justificar cualquier fin que se persiga.

Ese rango se lo otorgaron Hitler y la propaganda nazi cuando culparon del incendio del Reichstag al Partido Comunista de Alemania en 1933. Después de aceptar esa mentira, los alemanes cayeron indefensos en las redes de la propaganda aceptando todas las mentiras que les condujeron a la guerra y a la destrucción de la sociedad en la que hasta entonces habían vivido. Uno de los tantos peligros que hoy nos acechan es la voluntad de olvidar ese período horrendo de la historia, la prohibición explícita o tácita de compararla con nuestro tiempo. Sin embargo, nadie que tenga el valor de analizar en profundidad lo que está ocurriendo en América y en Europa puede negar la idoneidad de la comparación. No pueden negarla los ingleses que votaron por salir de la Unión Europea tras una campaña electoral en que los euroescépticos ventilaron las más burdas mentiras. No pueden negarla los independentistas que han sucumbido a las mentiras de sus líderes metiendo a todos los catalanes en un bucle infernal que amenaza la existencia de Cataluña como comunidad autónoma, su cohesión social, todo lo que ha configurado su identidad como nación. No pueden negarla los que miren lo que anuncian las encuestas y reflexionen un momento sobre lo que puede suceder a la libertad y a los derechos de todos los españoles si llegan a gobernar los tres partidos que no tienen cosa alguna que ofrecer más que la mentira.

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