¿Cuántas veces hemos escuchado las feministas eso de “ya estás con la escopeta cargada”? Lamentablemente los hechos nos dan la razón. Como acertadamente apuntaba Simone de Beauvoir las mujeres debemos permanecer vigilantes durante toda vuestra vida.
En las primeras 48 horas de 2019 hemos escuchado el mismo grito de guerra en ambas orillas del Atlántico “
la lucha contra la ideología de género”.
El 1 de enero
Jair Bolsonaro se sumaba al club de los “
hombres fuertes”. La política de los hombres fuertes se extiende de este a oeste y su característica fundamental es el
uso del miedo. Cosechar votos sembrando el miedo a todo aquello que rompe lo que para ellos (y ellas) es el estado natural de las cosas.
El terreno abonado para la política de hombres fuertes es un contexto en el que las certezas del pasado no resuelven las incertidumbres sobre el futuro.
En este contexto el populismo de los hombres fuertes se presenta como una suerte de
bálsamo de fierabrás que presenta
respuestas simplistas y peligrosas a la incertidumbre y a la sensación de abandono que siente parte de la población dejada atrás por una globalización injusta les que pasó por encima. Y las injusticias necesitan culpables que los hombres fuertes encuentran en los inmigrantes y las mujeres.
La inmigración y el feminismo han cambiado sin duda el paisaje de nuestra sociedad, de nuestro modelo de convivencia pero desde luego no para peor. Al contrario, la historia confirma que solo las sociedades abiertas y diversas han hecho avanzar la civilización humana.
Si bien el feminismo parece ser un problema, el machismo en sus diversas manifestaciones no ha sido óbice para que más de uno haya llegado al poder.
La
campaña global contra el feminismo ha tenido como respuesta la condescendencia y aquiescencia de quienes en realidad no creen en la igualdad escudándose en discursos contra el feminismo radical acuñado por la derecha más reaccionaria. O más cobardemente, callando y otorgando lo que otros hacen.
La historia reciente es tozuda y ya hemos visto cómo en temas como la migración no han sido pocos los países en los que la derecha por miedo al trasvase de sus votos a partidos de ultraderecha o por la simple ansia de poder se ha traducido precisamente en un acercamiento a los postulados más reaccionarios.
Las mujeres no vamos a permitir que esto suceda con nuestros derechos.
La
lucha por la igualdad de las mujeres es en mi opinión el único movimiento global reivindicativo que existe en la actualidad.
El feminismo hace suya la reflexión de
Martin Luther King “
la injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes” y cualquier ataque a los derechos de las mujeres se produzca donde se produzca es un ataque al marco universal de derechos del que nos hemos dotado como humanidad.
El #MeToo, las marchas de millones de mujeres en pueblos y ciudades de todo el mundo,
la huelga feminista, el 8 de marzo de 2018 son respuesta a la desigualdad, a la vulnerabilidad que sentimos las mujeres de todo el mundo ante los hombres fuertes y su modo de ejercer el poder.
Hasta ahora ningún partido de extrema derecha en la vieja Europa se había atrevido con lo que se están atreviendo en España con la complicidad de Partido Popular y Ciudadanos.
En España la
batalla de los hombres fuertes ha empezado poniendo en cuestión la mayor lacra que tenemos como sociedad: la violencia que sufren las mujeres por el hecho de serlo. La obsesión enfermiza de la derecha española por desmarcarse del feminismo parece haber encontrado en el Partido Popular de Pablo Casado a su mejor baluarte con Ciudadanos como aliado silente.
La lucha de los hombres fuertes contra la ideología de género es la lucha contra la feminización de la política, del poder, es la lucha del supremacismo masculino por mantener su dominación. No en vano han elegido este tema para condicionar “la reconquista de España”.
¡Cuánto se ha tenido que luchar para que la violencia machista sea una cuestión de Estado, para que la sociedad salga masivamente a la calle cuando se amenazan los derechos de las mujeres, para recordar que no estamos dispuestas a dar pasos atrás y qué poco ha tardado la derecha en claudicar!
¿Cuál es el rostro auténtico de la derecha española? ¿El que se sienta en el Pacto de Estado contra la violencia de género o el que ya ha abandonado el discurso de consenso?
El lenguaje nunca es neutro y marca ideología.
Retroceder a la terminología “
violencia doméstica” supone meter en el armario del hogar
la violencia contra las mujeres, supone decir que la violencia contra las mujeres no es cosa de todos, supone cerrar las puertas a las mujeres que piden ayuda a la sociedad.
Añadir el calificativo “radical” al feminismo tiene la intencionalidad nada inocente de situarlo en el extremismo, en el rupturismo, en el enfrentamiento social y así alejar a las gentes moderadas de sus postulados.
Banalizar los 47 asesinatos de mujeres cometidos por hombres en 2018 porque
arrebatar el poder al PSOE en Andalucía bien lo merece manda un mensaje muy preocupante a las mujeres de este país que viven con un potencial asesino.
Subestimar la ley contra la violencia de género supone ponerse del lado del fuerte, del que acosa, del que mata.
En política como en la vida una elección es una renuncia.
Elegir los derechos de las mujeres como moneda de cambio nunca le ha salido gratis a la derecha española y el mercadeo actual no será una excepción.