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Edición testing    25 de septiembre de 2020

Montserrat Boix

Ser periodista feminista nunca ha sido fácil pero ahora, pese a que vivamos en el siglo XXI, lo es mucho menos. A la precarización de una profesión vocacional que no supo adelantarse a la transformación digital y que ha desangrado miles de puestos de trabajos por el camino, se une la censura redoblada que pretenden imponer los grupos de poder de toda la vida. Quieren acallar, o lo que es lo mismo matar al mensajero, para seguir viviendo de lo lindo en su zona de confort.
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