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Edición testing    6 de agosto de 2020

la rebelión de los señoritos

66 días de confinamiento

Son las 21 . Oigo al cayetano furioso que por enésima vez intenta arrancar una cacerolada en el vecindario. Ya no golpea su cacerola sino una gran paella con la que muestra más aún su soledad. Hace una hora hemos vuelto a aplaudir a quienes trabajan por la vida de los ciudadanos y no por reventar al Gobierno que con ayuda de los científicos está venciendo al virus.

Ya se han cansado de estar en sus amplios pisos del barrio rico de Madrid. Ya se han hartado de que sólo sus banderas nacionales -algunas con el aguilucho fascista y crespón negro- luzcan en sus balcones-. De que su himno nacional y sus caceroladas se oigan menos que los aplausos a los sanitarios, auténticos héroes de esta pandemia. Ya se han cansado de ver y escuchar a todas horas lo que el Gobierno de España está haciendo por salvar nuestras vidas. Ya les empieza a inquietar que se esté pensado en todos, incluidos los pobres, desasistidos y vulnerables, para repartir “dividendos” y salir unidos de esta catástrofe sin precedentes. Ustedes al lado de los pobres, ni a misa. Les molesta que se esté legislando por vía de urgencia para humanizar las residencias, que ustedes o sus parientes de renombre, explotan en rimbombantes Consejos de Administración de empresas que se lucran de la indefensión de nuestros abuelos. Muy cristiano esto, por cierto, no es. Ya no pueden soportar más que de esta crisis estemos saliendo todos unidos. Se alinean a la irresponsabilidad perniciosa y zafia de sus líderes, Ayuso, Casado, Abascal, Ortega Smith…¡Salen a la calle a pedir libertad!. Su gesto insolidario puede suponer nuestras muertes.
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