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Edición testing    25 de noviembre de 2020

Ignacio Ruiz

Escribía ayer que esta terrible pandemia que protagoniza un mutante de los coronados virus, además de hundir a España, a Europa y al resto del mundo en la más absoluta ruina económica y social, iba a servir para quitarles la careta a unos cuantos lideres que protagonizan el periodo más oscuro de la historia de la democracia mundial.

Nadie lo sabe. Ni tan siquiera los sabelotodo del concurso Pasapalabra. Nadie lo define, ningún microscopio lo destripa y los expertos en infecciones víricas el único arma que nos dan para defendernos es lavar las manos y aislarnos de la gente. Para ese viaje no hacen falta estas alforjas. Eso llevamos años haciéndolo para defendernos de otras plagas, hijas naturales de la globalización. La falta de higiene y el miedo a los desconocidos que nos rodean. No se entiende muy bien la resistencia de la gente a que los pongan en cuarentena cuando vivimos aislados y salvo hola y adiós no cruzamos más palabras con nuestros vecinos. Pero es posible que dentro del drama o tragedia que significa esta pandemia, el coronavirus o Covid19 sirva para mirarnos en un espejo que nos devuelva nuestra verdadera imagen de ciudadanos insolidarios.

Manuel Azaña, el que fuera presidente de la Segunda República española, ha sido el personaje histórico más citado por tirios y troyanos, izquierdas y derechas, durante el segundo debate de investidura de Pedro Sánchez. Y el hecho de que los oradores recurrieran a su figura, y a la de Negrín o Largo Caballero, es especialmente significativa. El debate nos metió en el túnel del tiempo del que salimos en el año de gracia de 1936. La manipulación, según los intereses de cada cual, se convirtió en un selfi de cada uno de ellos. Pablo Casado, Santiago Abascal, Inés Arrimadas, crisis catalana... mutaron durante segundos para convertirse en personajes del noticiero franquista, el famoso NODO, que de vez en cuando nos ofrecía la visión manipulada y falsa de Dolores Ibarruri amenazando de muerte a José Calvo Sotelo o a José Antonio Primo de Rivera diciendo aquello de que el mejor destino de las urnas era el contenedor de solo vidrio.