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Edición testing    2 de julio de 2020

Ignacio Ruiz

"Váyase y cuando salga no cierre la puerta. Después le seguirá el resto del Gobierno”. Con estas palabras, -precedidas por una sarta de insultos impropios de un lugar que representa el respeto a la libertad y a la democracia- cerró la diputada del PP por Navarra Ana Beltrán, su dura descalificación al ministro de Interior, Fernando Grande Marlaska, tras la destitución del coronel de la Guardia Civil Enrique López de los Cobos. Amenaza, premonición, impotencia… Estas palabras encierran toda, mejor única, estrategia política del Partido Popular de Aznar y Pablo Casado.

Madrid. Fase 1. El asfalto se queja del calor. Del solar y del que le inoculan los neumáticos que chirrían al frenar. El aire ya no circula limpio. Los pulmones rechazan la suciedad con asco. Las fosas nasales protestan. La mascarilla impide que el aire las humedezca. La garganta se reseca. Colisión de intereses. Camino hacia el Paseo de la Castellana desde el ala Oeste del barrio de Tetuán. Tarareo una canción popular de Paco Curto ‘la plaza de Tánger la van a tomar, también han tomado la de Tetuán…’ Camino ligero en busca de una librería donde exista un libro llamado ‘Good bye, verdad’.

En una de las cayeborrokas organizadas en el madrileño y excluyente barrio de Salamanca, uno de los participantes dirigió un mensaje, altavoz en mano, a Pedro Sánchez. Además de los insultos de rigor, el ‘cayetano’ finalizó la misiva pidiendo su dimisión porque “siento que mi dinero no está seguro”. El suyo y el de su DJ, Cayetana Álvarez de Toledo, XIII marquesa de Casa Fuerte, claro.

Conocí a Enrique Sarasola, padre, el empresario amigo de Felipe González, en 1993 o tal vez 1992, no recuerdo bien ahora. Carlos Carnicero, entonces director de Panorama, la revista donde trabajaba, me pidió que investigara una información que ofrecía un freelance. La leí y en ella había cuestiones que eran ciertas y otras verdades a medias, que como se sabe son las peores mentiras. Tras consultar fuentes que no me aclararon nada decidí acudir a la fuente original para comprobar por donde respiraba. Llamé por teléfono a Enrique Sarasola, el empresario amigo de Felipe González, y le dije que quería hablar con él sobre sus problemas en el Hipódromo de Madrid y sobre su pelotazo en la construcción del Metro de Medellín, en Colombia. Aceptó sin poner ningún pero y con una sola condición. No quería fotógrafos. Así lo hice. No los necesitaba

"Yo no pacto con el desastre”. Este es el argumento más sólido con el que Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid -eso dicen las actas oficiales- rechazó el acuerdo que le ofreció Ángel Gabilondo, líder de la oposición socialista, también según las actas oficiales. La Presidenta rechazó el consenso con la mano derecha y acto seguido abrió la izquierda para recoger los millones de euros que le asignó el Gobierno socialcomunista que preside el ‘desastre’ de Pedro Sánchez.

El vídeo que inmortalizó a Pablo Iglesias -el vicepresidente tercero del Gobierno, no el fundador de la UGT- en el momento de pasar por caja y recoger los productos comprados en el Supermercado tiene dos detalles para reflexionar. El primero que Iglesias está sin ningún tipo de protección, ni guantes ni mascarillas. Cierto que los guantes no son recomendables salvo para manipular la fruta, pero la mascarilla es imprescindible, como bien le señaló su compañero de Gobierno, el ministro de Interior, Fernando Grande Marlaska, y aconseja todos los días el responsable de la Sanidad, el ministro Salvador Illa. El vicepresidente de un Gobierno que nos 'da la brasa' todos los días con el mantra de protégete, quédate en casa, debería dar ejemplo y no andar por la vida como si fuera un ser superior, miembro de una casta libre de las debilidades humanas.

El impúdico uso electoral que de las víctimas de esta pandemia y del dolor de sus familiares exhiben los falsos líderes del Partido Popular, manipulados ad libitum por sus asesores parece no tener fin. Lejos de haber aprendido la lección tras el fracaso de la imagen de Pablo Casado eliminando el detritus de sus manos tras evacuar en un baño público, han rizado el rizo del ridículo con la actuación de esa superstar que preside Madrid, por decir algo, en el funeral por los muertos del COVID19.

La foto de Pablo Casado contemplándose en el espejo de un baño, supongo que es el de su casa, de luto riguroso, con camisa blanca y corbata negra, las manos cerradas al estilo que definiera Perogrullo, la mirada no perdida sino fija en el espejo, en su rostro dolorido, tenso, muy tenso, demasiado tal vez para ser sincero, expresa una tristeza por los muertos del COVID19 más cercana al marketing que a la solidaridad. En mi experiencia, y salvo las plañideras contratadas, el dolor ante la muerte de las personas queridas solo se muestra en la íntima soledad y no se expone al público sin pudor, salvo que sea a cambio de una exclusiva retribuida o para obtener réditos electorales.

Los actuales lodos que embarran la política española proceden de los polvos que durante años han diseminado los vientos quien aspira a ser el nuevo Jefe del Estado, con o sin Corona, con o sin República. Me refiero a José María Aznar, un político que ha inoculado en el Partido Popular y en todas las facciones del derecha española el virus de la destrucción. Para el ex presidente español, la política no es el arte de lo posible sino una maquinaria de destruir Estados para lograr el poder. Sus rivales democráticos son enemigos a los que no hay que vencer en las urnas, sino destruir y enterrar.

"La guerra de mis antepasados" es el título de una novela de Miguel Delibes que sirve para describir la situación actual de la sociedad española, artificialmente unida a través de sus balcones, ventanas y gestos de solidaridad entre vecinos que, obligados por el encierro han vuelto a sonreír a unos compañeros de celda a quienes ignoraban hasta hace dos meses.

Es curioso que la aparición de un elemento fulminador con el que nadie contaba, el Covid19, haya roto cualquier atisbo de respeto y dignidad entre la clase política y al grito de “yo no fui” sólo buscan exculparse y acusar al otro. ¿A quién? La respuesta es fácil. A quien tiene la máxima capacidad de decisión, la total responsabilidad y por tanto el único que puede equivocarse. Los demás, instalados en el “dolce far niente” alzan la voz fuera de casa y callan en la propia. Los que ayer les despedían hoy les aplauden.

Escribía ayer que esta terrible pandemia que protagoniza un mutante de los coronados virus, además de hundir a España, a Europa y al resto del mundo en la más absoluta ruina económica y social, iba a servir para quitarles la careta a unos cuantos lideres que protagonizan el periodo más oscuro de la historia de la democracia mundial.

Nadie lo sabe. Ni tan siquiera los sabelotodo del concurso Pasapalabra. Nadie lo define, ningún microscopio lo destripa y los expertos en infecciones víricas el único arma que nos dan para defendernos es lavar las manos y aislarnos de la gente. Para ese viaje no hacen falta estas alforjas. Eso llevamos años haciéndolo para defendernos de otras plagas, hijas naturales de la globalización. La falta de higiene y el miedo a los desconocidos que nos rodean. No se entiende muy bien la resistencia de la gente a que los pongan en cuarentena cuando vivimos aislados y salvo hola y adiós no cruzamos más palabras con nuestros vecinos. Pero es posible que dentro del drama o tragedia que significa esta pandemia, el coronavirus o Covid19 sirva para mirarnos en un espejo que nos devuelva nuestra verdadera imagen de ciudadanos insolidarios.

Manuel Azaña, el que fuera presidente de la Segunda República española, ha sido el personaje histórico más citado por tirios y troyanos, izquierdas y derechas, durante el segundo debate de investidura de Pedro Sánchez. Y el hecho de que los oradores recurrieran a su figura, y a la de Negrín o Largo Caballero, es especialmente significativa. El debate nos metió en el túnel del tiempo del que salimos en el año de gracia de 1936. La manipulación, según los intereses de cada cual, se convirtió en un selfi de cada uno de ellos. Pablo Casado, Santiago Abascal, Inés Arrimadas, crisis catalana... mutaron durante segundos para convertirse en personajes del noticiero franquista, el famoso NODO, que de vez en cuando nos ofrecía la visión manipulada y falsa de Dolores Ibarruri amenazando de muerte a José Calvo Sotelo o a José Antonio Primo de Rivera diciendo aquello de que el mejor destino de las urnas era el contenedor de solo vidrio.
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