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Marcha franquista en Benimaclet (Valencia)
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Marcha franquista en Benimaclet (Valencia) (Foto: Europa Press)

Esta no es nuestra España

martes 23 de febrero de 2021, 13:36h

Cuando la economía se volvió loca, hace muchos años ya, la mayoría de los afectados por la depresión perdió la brújula. La sociedad empezó a girar en un pozo negro. Y dentro de esa masa que llamamos sociedad, cada cual empezó a girar, a girar y a girar con su propia inconsciencia, cada vez más lejos del aire y de la luz que la mente humana necesita para vivir. Tal vez siempre fue así, pero hoy, gracias a todos los medios de información de que disponemos, las aguas negras de la mente, propia y de extraños, ya no se ocultan; se desbordan ante nuestros ojos en toda su repugnante fetidez. Un día, en los Estados Unidos, es una horda de racistas que defiende la supremacía de los blancos asaltando su capitolio con la intención de matar a los legisladores que defienden la justicia. Otro día, en nuestro país, es otra horda que destroza cuanto encuentra a su paso por la calle para defender el derecho a insultar, a amenazar, a atacar al contrario. Otro día, en muchos países, son millones votando para entregar el poder a enemigos de los valores humanos. Cada día, en todas partes, giramos y giramos y giramos entre cifras de enfermedad y muerte que pocos escuchan, y millones ahogan su esperanza girando, girando, girando en la inmundicia sin atreverse siquiera a patalear, a empinarse, a luchar con uñas y dientes por salir a la luz. Millones han reducido sus vidas a girar, a girar y girar en el mismo sitio, como las aspas de un molino, esperando que el tiempo desmorone sus vidas inútiles.

Sin metáforas, con hechos. En 2017, millones de americanos convirtieron en presidente de la primera potencia mundial a un payaso, en el sentido peyorativo del término; un hombre cuya vida profesional se había reducido a trapicheos inmobiliarios, negocios turbios y programas de televisión. No tenía la menor idea de lo que era la política ni cómo funcionaban la legislación y la administración por carecer totalmente de conocimientos y de experiencia en esos ámbitos. Durante cuatro años, Donald Trump convirtió la Casa Blanca en lo que en España llamaríamos, en sentido figurado, un corral de comedias. Pasaba allí de todo menos cuanto tuviera que ver con la dignidad de un palacio de gobierno. Encerrado en el Despacho Oval, Trump no despachaba; tuiteaba y veía televisión. Pero su lugar preferido era el Jardín de las Rosas donde, tras un atril y un micrófono y ante un público de periodistas, volvía a sentirse estrella. Solo la protección divina, la suerte o algunos asesores vigilantes evitaron que en esos cuatro años se produjera un conflicto internacional de proporciones inimaginables. Lo que no pudieron evitar fue el retroceso de libertades y derechos que estuvo a punto de transformar a la gran nación americana en una gran república bananera.

En 2020, Trump perdió las elecciones y casi tienen que sacarle a rastras del sillón presidencial, pero no hay ningún analista político americano que no afirme rotundamente que con la salida de Trump del poder no se ha acabado el trumpismo. El trumpismo no se ha terminado porque no nació con Trump. El histrionismo y la desvergüenza de Trump solo le dieron su nombre a las llagas inmundas que infectan a América desde su fundación. Llagas que han perdurado sin remedio bajo un maquillaje de falso cristianismo, de avances tecnológicos, de modernidad, de mercadeo y espectáculo. El "América primero" con el que Trump enardecía a sus huestes significaba en realidad odio a los negros, robados de Africa por traficantes de exclavos para venderlos a los propietarios de plantaciones que con ellos conseguían mano de obra gratuita a perpetuidad y acumular grandes fortunas. Significaba odio al asiático que había llegado de obrero a finales del siglo XIX y que los sueldos de miseria que ganaba y sus facciones señalaban como perteneciente a una raza inferior. Significaba odio al latino que huía de la violencia, la persecución y la miseria con la esperanza de lograr una vida digna en un país que se imaginaba idílico. Significaba que la tierra de Dios era la América de los blancos, fieles devotos de la Biblia y de las buenas costumbres, socialmente bien considerados por su puritanismo hipócrita y sus cuentas bancarias saludables.


Por María Mir-Rocafort



Lo único que hizo Trump fue acostumbrar los ojos de los blancos racistas a sus llagas morales hasta hacer que las consideraran adornos del paisaje; acostumbrar sus narices al hedor de esas llagas hasta confundirlo con el olor de su tierra. Había costado años de lucha demostrar que el racismo era el trastorno de mentes incapaces de percibir la humanidad del otro diferente por carecer de la empatía que distingue al ser humano del que no lo es aunque físicamente lo parezca; es decir, del homo sapiens no evolucionado. Lo que hizo Trump fue limpiar al racismo de toda culpa y convencer a sus huestes de que ser racista era signo de pertenecer a una raza superior, la raza blanca de los primeros colonizadores de América y, por lo tanto, motivo de orgullo. Los avances conseguidos en los últimos años en los derechos de los negros, de las mujeres, de los homosexuales había silenciado a racistas, machistas y homófobos; les había obligado a ocultarse y hasta a cuestionar la moralidad de sus tendencias infames; les había obligado a pagar por esas tendencias reconcomiéndose de culpa y de vergüenza. Trump desculpabilizó el odio irracional de esos millones de americanos que aliviaban sus fracasos culpando a los más débiles. Trump les devolvió el orgullo de ser lo que ellos entendían por americanos, y por eso, hoy se cuentan por millones los fanáticos de Trump dispuestos a perdonarle cualquier atrocidad. Trump ha perdido el poder político, pero su influencia sobre sus seguidores y su partido mantiene vivo el trumpismo y nadie se atreve a predecir su desaparición. Y no solo su desaparición de América. El trumpismo se ha convertido con ese nombre en un fenómeno mundial.

Durante la última campaña electoral, la hoy vicepresidenta Kamala Harris empezó a enumerar en un mitin las transformaciones sociales que Trump había perpetrado en el país. Terminaba cada elemento relatado afirmando a todo pulmón: "Esta no es nuestra América". No sé cuántas veces lo repitió. Su voz y los aplausos me emocionaban, pero en algún momento, la memoria me llevó a otros mítines, a otros discursos y, finalmente, a los debates de los candidatos a presidentes de la Generalitat de Cataluña. Mi mente empezó a enumerar elementos de un conjunto cada vez más sórdido, más pestilente. Y a cada elemento me salía del alma con la rotundidad de Harris, "Esta no es nuestra España".

Esta no es nuestra España. No es la España de aquellos que un día amanecieron en un país libre y empezaron a enterarse de lo que era sanidad gratuita, educación y cultura para todos, igualdad de derechos para hombres y mujeres; aquellos que un día tuvieron que defender esas conquistas con su sangre; aquellos que otro día, cautivos y desarmados, tuvieron que pasar el resto de su juventud y toda su madurez luchando contra la miseria económica y moral de un país aplastado por botas militares; aquellos que otro día volvieron a despertar estrenando libertad e igualdad y dispuestos a volver a dar su vida por defenderlas. Esta no es aquella España que luchaba por la supervivencia sin perder la esperanza de recuperar lo que las armas de los salvajes le habían arrebatado. Esta no es la España que consiguió recuperar libertad y derechos. ¿Qué España es esta? Esta es una España que aspira a la máxima modernidad imitando el trumpismo americano.

Resulta que hoy entretienen las noches ante el televisor las revueltas en varias ciudades de España con escenas de violencia más emocionantes que las de ficción porque son reales y transmitidas a tiempo real. ¿Por qué protestan los jóvenes? Literalmente, porque se ha metido en la cárcel a un individuo zafio y matón que se dedica a insultar, amenazar y agredir físicamente al que se le cruza, tal vez para desahogar sus frustraciones, tal vez para conseguir la notoriedad que su falta de talento le impide alcanzar. ¿Y los jóvenes se echan a la calle y atacan a los antidisturbios y destrozan todo lo que pueden para defender la libertad de expresión, dicen, de un tipo antisocial que propugna actitudes cavernícolas? Nadie que utilice su razón para analizar el asunto puede creer que los vándalos que cada noche alteran la paz y destruyen propiedades ajenas están defendiendo libertad alguna. Nadie que utilice su razón puede creer que la libertad de expresión incluya el insulto, la amenaza, el ataque físico a una persona, sea rey o mendigo. Para justificar lo injustificable, una serie de comentaristas han tirado de la psicología. Es la pandemia que está desquiciando a la juventud, opinan; es el miedo a no encontrar salida a sus frustraciones; es la falta de esperanza. Pobrecitos. Es haber perdido la fuerza y la destreza con la que sus abuelos, hombres y mujeres, se ponían los pantalones para defender su vida y la de su familia en las buenas y en las malas. Es haber crecido en una España que, gracias a la ayuda extranjera, se volvió una sociedad de nuevos ricos que procuraban proteger a sus hijos de cualquier pupa. A ver, ¿dónde estaban esos jóvenes tan motivados por la defensa de la libertad cuando empezaron a salir las noticias del frío y el hambre que están pasando las familias de la Cañada Real, por ejemplo? ¿Dónde están los intelectuales, los artistas, los famosos que defienden la libertad de expresión sin enterarse de que cuando el hambre y el frío amenazan la vida no hay libertad posible? Entonces, ¿a qué viene tanta protesta, tanta revuelta? Viene por el trumpismo, porque en el fondo de toda alteración del orden democrático subyacen las múltiples caras del trumpismo. Viene porque España se vuelve cada vez más trumpista. Esta no es nuestra España.


Por María Mir-Rocafort



La semana pasada, mientras el Senado americano debatía sobre la implicación de Trump en el ataque al Capitolio y los senadores debían votar para condenarle o absolverle, un senador republicano importantísimo tuvo la santa barra de decir en televisión que el Partido Republicano no enviaba a sus senadores al Senado para que votaran según su conciencia ni por lo que consideraran correcto. Los enviaba, recalcó por si alguien no le había entendido bien, para votar según los intereses del partido. Tuve que escuchar esa confesión pública de inmoralidad varias veces para asegurarme de no haberla entendido mal. Y cada vez que la escuchaba iba recordando las mentiras, las injurias que los tres partidos de derechas dedican al gobierno de España en el Congreso sin hacer propuesta alguna que justifique el sueldo que se le paga a un congresista por hacer oposición racional. Los tres partidos de derechas socavan las instituciones; el Congreso, convirtiéndolo en una corrala de vecinos mal avenidos y el Poder Judicial, interviniendo en la elección de sus miembros y muy posiblemente en las decisiones de algunos jueces. Esto y muchas cosas más que no caben en un artículo advierten sobre el trumpismo que amenaza a España. Lo más grave, sin embargo, es la relación de algunos políticos de derechas con la secta QAnon, divulgadora de falsas noticias en las que intentan apoyar sus creencias delirantes y extremadamente peligrosas. Los de esa secta, ampliamente documentada en un medio tan fácil de leer como Wikipedia, considera a Trump como un mesías que viene a redimir el mundo. Todo esto es lo que se llama trumpismo; degeneración de la moral y de la democracia que llegó y penetra cada vez más en España. Esta no es la España que logró la transición. Esta no es nuestra España.

Un artículo solo alcanza para destacar asuntos que en muchos casos requieren análisis más profundos y, por supuesto, extensos. Un artículo vale la pena si invita al lector a reflexionar y a buscar más información. Es lo que este artículo pretende. Biden y Harris se han encontrado al llegar al poder con un estado cuya democracia se desmorona. Con un estado cuya democracia se desmorona se encontraron Pedro Sánchez y su gobierno socialista. Salvador Illa, ganador en votos de la presidencia de Cataluña, se encuentra ahora ante un territorio que amenaza ruina por el empecinamiento de los independentistas, ganadores por la suma de escaños, en posponer toda labor de gobierno al logro de un referéndum y de una independencia que saben, sin duda alguna, imposibles, y que solo sirven para que los políticos que los predican conserven cargos y sueldos. Esta amenaza de llegar a un estado fallido en el que todos perderíamos libertades y derechos debe ser acicate suficiente para que cada cual se informe y reflexione.

Lo que no puede faltar bajo ningún concepto es la esperanza que mueve a implicarse en la lucha por evitar el derrumbe total, por devolver a España el entusiasmo con que los españoles empezamos a disfrutar de la libertad y a continuar luchando por la igualdad de todos. Aquella, la España de la esperanza y el trabajo, era y tiene que volver a ser nuestra España.

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