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(Foto: Europa Press)

Miénteme más

lunes 30 de noviembre de 2020, 12:05h
Decía que la verdad no le interesa a casi nadie. Llamamos verdad a lo que coincide con los hechos racionalmente explicables y los hechos pueden resultar desagradables o aburrir mortalmente. ¿A quién le importa que miles enfermen y mueran? A sus familiares y amigos y a unos pocos empáticos.

Es un hecho que a todos esos enfermos les ataca un virus que, si puede, les mata. Y es un hecho que las consecuencias del ataque de ese virus están hundiendo a millones en la melancolía, contagiados o no. A nadie puede extrañar, por lo tanto, que millones se preocupen por su salud mental y que algunos, para protegerla, nieguen la existencia de los hechos, es decir, renieguen de la verdad. Para algunos, llevar mascarilla y lavarse las manos y guardar distancia es un engorro innecesario; para otros, ir pregonando que uno es un cobarde dispuesto a renunciar a su libertad para proteger su salud es humillante. ¿Por qué complicarse la vida o confesar algo humillante teniendo el problema otra solución? Si la realidad amenaza nuestra salud, nuestro negocio, nuestro trabajo, nuestra cartera, o sea, nuestro estatus, el modo más inteligente de vencerla, les parece, es ignorar y hasta negar su existencia. Lógicamente, quienes están dispuestos a negar una realidad que les disgusta suelen estar predispuestos a aceptar cualquier mentira que la niegue.

Hace unos 30 años, un autor americano inventó el eufemismo posverdad para denominar lo que el diccionario define como la distorsión deliberada de la realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Tal definición puede resumirse en cinco palabras: mentiras metódicas para manipular a imbéciles. Pero a los desinformados que oyen campanas y repiten el repique como tontos, la palabreja les sonó a término moderno para referirse a una transformación histórica, y la pusieron de moda. O sea, que en el siglo XXI la verdad es un concepto anticuado. Estamos en la era de la posverdad. ¿Y eso qué es? En resumidas cuentas, que la verdad ya no no ocupa ni preocupa.


Por María Mir-Rocafort



No se ocuparon los ingleses de averiguar si eran ciertas todas las mentiras que les soltaron para que votaran por el brexit. No se ocuparon de protestar por millones exigiendo un nuevo referendo cuando sus políticos tuvieron la desfachatez de admitir públicamente que les habían mentido. Todos pagarán las consecuencias de haber sacado a su país de la Unión Europea. Todos llorarán cuando vean llorar de soledad a sus carteras. Pero será demasiado tarde.

La realidad no sabe lo que es posverdad. Está donde está como un muro inconmovible e infranqueable esperando al tonto que niega su existencia hasta que se pega contra ella un soberano trompazo en toda la cabeza. Cuando la recesión de 2008 obligó a Zapatero a congelar sueldos y pensiones y a modificar el artículo 135 de la Constitución obligando al principio de estabilidad presupuestaria y prohibiendo incurrir en un déficit estructural, muy pocos entendieron el por qué y aún menos se pusieron a investigarlo. La absoluta mayoría siguió a la turba de políticos, periodistas y anónimos que a todas horas declaraban a Zapatero un desastre y, al llegar las elecciones, se entregó a los brazos del candidato que juró y perjuró subir sueldos y pensiones y bajar impuestos. Mariano Rajoy tardó solo días en demostrar que sus promesas eran imposibles de cumplir. Y cuando los impuestos subieron y los sueldos bajaron y las condiciones de trabajo se deterioraron bajo el amparo del miedo al despido, el trompazo contra la realidad fue tan fuerte que dejó a casi todos los ciudadanos atontados y volvieron a votar por el PP cuatro años después. Hizo falta una moción de censura para echar del poder al partido corrupto del mentiroso. Pero qué bien sonaban sus promesas. Tan bien como las de los tres partidos de derechas que, en medio de una situación social y económica muchísimo peor que la de la llamada Gran Recesión, hoy repiten las promesas de Rajoy a ver si los irracionales vuelven a votarles porque la realidad suena tan mal que lo mejor es no hacerle caso. Y no hay peligro de que los ciudadanos detecten las mentiras y exijan la verdad. Ya nadie sabe lo que era la verdad y a nadie le importa. Si Rajoy tuvo el éxito que tuvo mintiendo, es evidente para sus pupilos que el modo más seguro de ganar elecciones es mentir.

¿Pero tantos irracionales hay en este país como para temer que vuelvan los mentirosos? Después de entregar a mentirosos corruptos el gobierno de Madrid durante un cuarto de siglo, la pregunta resulta evidentemente ociosa. La presidenta de la capital de España exhibe cada día un trumpismo casi tan risible como el de Trump, y aún hay pueblo que se junta para aplaudirla cuando la ven posando por ahí.

Casado y similares dicen que se oponen rotundamente a la armonización fiscal en todas las autonomías porque el gobierno de Pedro Sánchez tiene la intención de subir los impuestos por igual a todos los españoles, es decir, de arruinarnos a todos más de lo que lo estamos. Y dicen, además, que Sánchez va a hacer eso para complacer a los nacionalistas catalanes a cambio de su voto. ¿Tan perversos son los políticos catalanes que quieren arruinar a todos sus paisanos también? Pregunta que sugiere otra pregunta: ¿Hay alguien a quien se le ocurra preguntar? Y dicen que a cambio de los votos de los vascos, Sánchez va a perdonar impuestos a Euskadi permitiendo que se convierta en poco menos que un país independiente. Y lo dicen seguros de que nadie sabe lo que es el Concierto que permite a los vascos regular su propio sistema tributario desde 1878, y segurísimos de que nadie se va a tomar la molestia de informarse, ni siquiera preguntándoselo a Wikipedia.

Casado y similares dicen todo eso y muchos disparates más con la media sonrisa de los mentirosos compulsivos que, sabiendo la magnitud de las trolas que sueltan, saben también que los ingenuos ignorantes se las van a tragar. Como se tragan lo del virus chino que los chinos crearon para dominar a occidente y ofrecer después la curación con una vacuna que nos instalará un chip en el cerebro para controlarnos. Lo del virus chino se le ocurrió a Trump, el populista del siglo, y tanto éxito tuvo, que los imbéciles le siguieron como moscas a la miel, y todos en mítines multitudinarios, apelotonados y sin mascarilla, casi doblan al día de hoy las cifras de contagiados y de muertos. Pero le siguen siguiendo. Millones de incondicionales le siguen cuando dice que las elecciones que acaba de perder fueron fraudulentas aunque tal afirmación ya ha sido rechazada por treinta y cuatro tribunales. Y si la mayoría de los americanos, que son tan listos, se ha dejado engañar durante cuatro años por un ignorante chiflado que ha estado a punto de cargarse la democracia y de meter al mundo en una crisis nuclear, Casado, Abascal, Arrimadas y todos los de sus cortes se deben preguntar con razón por qué no iban ellos a ser capaces de engatusar a los menoscabados españoles.

Ya son muchos los psiquiatras que predicen una pandemia de trastornos mentales. De hecho, ya está cobrando fuerza en Europa y América. Las empresas farmacéuticas no tienen por qué temer que la erradicación de la Covid 19 les merme el negocio. Las ventas de antidepresivos ya están alcanzando récords nunca vistos. Los pobres desquiciados alivian su melancolía con pastillas y, perdida la esperanza de que los políticos cumplan con su deber de servidores públicos reconstruyendo la sociedad sobre fundamentos más humanos, se consuelan cantando a populistas mentirosos aquel viejo bolero: Más si das a mi vivir/ la dicha con tu amor fingido/ miénteme una eternidad/ que me hace tu maldad feliz/ ¿Y qué más da?/La vida es una mentira/ Miénteme más...

Me voy a ver otra vez el vídeo de Pedro Sánchez "La España que nos merecemos" para que me levante la moral el hecho de que un gobierno que se enfrenta a la realidad de cara y que con realismo intenta solucionar los problemas que nos agobian, es el que tenemos gracias a la mayoría que no se dejó engañar.

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