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Entre las invitadas
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Entre las invitadas

martes 24 de noviembre de 2020, 13:35h

En 1971, la teórica del arte y profesora americana Linda Nochlin, publicó su ensayo ¿Por qué no han existido grandes artistas mujeres? Una de sus contundentes conclusiones fue que la respuesta está en la falta de academia. Pese a ello, algunas obtuvieron éxito y reconocimiento, pero quienes manejan el estudio de la historia, prefirieron ignorarlas o borrarlas, y esa es una cuestión que sigue vigente en la actualidad. No solo la historia del arte merece una exhaustiva revisión; las cifras que arrojan museos, galerías, ferias…, respecto a la representación de mujeres, siguen mostrando una desigualdad desoladora.

Es una obligación institucional que el legado que dejaron tantas y tantas artistas, disponga de visibilidad y acceso suficiente, para que se pueda proceder a esa revisión con los criterios actuales y poder situarlas en el lugar que realmente les corresponda en la historia y en los libros de texto.

Haciendo hincapié en la tesis de Nochlin ,las academias de arte estuvieron vetadas a las mujeres hasta el siglo XX. Algunas de estas artistas pudieron formarse en talleres, casi siempre familiares, por lo que, en general, sus obras fueron consideradas como productos de ayudantes de segunda categoría. Al no poder acceder a la formación académica y, por tanto, al estudio natural de la anatomía, se vieron incapacitadas para realizar las grandes obras de temas mitológicos o bíblicos que suponían el espaldarazo definitivo y necesario para poder ser reconocidas. Consecuencia de esto mismo, se les negaba la posibilidad de acceder a los grandes encargos de las instituciones. Naturalmente, esos condicionantes mermaron no solo el valor artístico de sus obras, sino también el valor económico de las mismas.

Con ocasión de la exposición “Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931)” que actualmente puede verse en el Museo del Prado, al margen de todas las protestas y polémicas que ha generado el título, la elección de la imagen del cartel, el garrafal error que supone haber asignado la autoría a Concepción Mejía de Salvador, en una obra realizada por Adolfo Sánchez Megías; cabe destacar los nombres y las obras de algunas artistas que eran prácticamente desconocidas para el gran público, pese a que la gran mayoría de ellas ya tuvieron una formación académica. Fueron borradas pese a que en su tiempo ya eran reconocidas por su talento y gozaban de prestigio en el territorio del arte, un espacio tomado en casi exclusividad por varones.

Obedeciendo a criterios meramente personales, de entre todas las artistas que forman la muestra, merece la pena destacar, por su vida y por su obra, a Julia Alcayde Montoya (1855-1939), que dedicó su existencia por completo a la pintura. No se casó, en un tiempo en el que el matrimonio hubiera significado dejar la paleta. En su finca de Carabanchel vivió, creó y fue testigo de los diferentes movimientos artísticos y sociales de la época.

Actualmente se desconoce la primera formación artística de María Antonia de Bañuelos Thorndike (1855-1921), aunque sí está constatado que vivió en París, donde fue alumna de Charles Joshua Chaplin (1825-1891), y que hacia 1896 se instaló en Biarritz, donde vivió aproximadamente veinte años. Su producción artística, que también abarcó la escultura, es preciosista, especializada en la representación de temas amables, como su rango y posición social requerían.

Es famosa la anécdota de que Rosa Bonheur (1822-1899) tenía que solicitar a las autoridades policiales de París una autorización para poder equiparse como hombre, es decir, llevar pantalones, para poder así asistir a las ferias de ganado. Pero, al margen de la anécdota, queda latente el valor de esta mujer, capaz de acercarse a distancias inverosímiles a animales de gran envergadura, equipada únicamente con un cuaderno y un lápiz, con el propósito de captar imágenes y realizar bocetos rápidos de ellas; bocetos que dieron como fruto sus grandes composiciones pictóricas llenas de fuerza y movimiento.

Elena Brockmann y Llanos (1865-1946) fue encasillada en la corriente costumbrista, pero con su obra Felipe II recibiendo la noticia de la pérdida de la escuadra Invencible, de 1895, la pintora mostró una gran ambición por representar un tema histórico, un género que, como sabemos, aportaba un especial reconocimiento y que era realizado casi en exclusividad por hombres.

En la Exposición Nacional de Bellas Artes, de 1887, un pintor desconocido llamado Luis Larmig, discípulo de Alejo Vera, se presentó con un lienzo titulado Estudio del Natural, obra que obtuvo una tercera medalla. Pero la obra escondía una sorpresa; en realidad, el nombre de Luis Lármig correspondía al seudónimo que utilizó durante años la artista Concepción de Figuera Martínez-Güertero (doc. 1887-97).

Aurelia Navarro Moreno (1882-1968) fue una de las primeras artistas españolas en pintar un desnudo integral, en la obra Desnudo femenino (1908). El cuadro despertó tal inquietud social y, especialmente, familiar, que precipitó inesperadamente su ingreso en la orden religiosa de las Adoratrices, cuando ya contaba cuarenta años. Esa nueva situación acabó con una prometedora carrera artística que fue apagándose poco a poco, pese a que había sido una de las seis socias fundadoras de la Sociedad de Pintores y Escultores Españoles.

La pintora jerezana María Luisa Puiggener (1867-1921) lideró, en las primeras dos décadas del siglo XX, la presencia de las mujeres en la escena artística sevillana, pese a los prejuicios sociales y de los numerosos obstáculos que impedían la normalización de la participación de las creadoras en los acontecimientos culturales. Su obra se cataloga dentro del naturalismo social, pero también realizó retratos, bodegones y paisajes.

María Luisa de la Riva y Callol de Muñoz (1865-1926) destacó por sus fabulosas obras de gran factura técnica, que merecieron reconocimiento internacional. Pero también fue reconocida, a título personal, por su activismo feminista, al reivindicar el derecho de la mujer a ser considerada como artista profesional. Además, fue miembro activo de la Unión de Mujeres Pintoras y Escultoras de Francia, Jurado de la Sociedad de Mujeres Artistas de París, miembro de la Asociación de Mujeres Artistas de Berlín y de la Asociación de Mujeres Pintoras y Escultoras de Viena.

La hija de Joaquín y Clotilde fue una gran artista, siguiendo la tradición familiar. Helena Sorolla García (1895-1975) dejó una producción escultórica escasa, pero de gran calidad técnica. Muchas de estas piezas están sin firmar como ocurre con la obra de otras escultoras de su época. Su forma de trabajar se basó en el natural, utilizando modelos profesionales o bien a los miembros de su familia. Realizó varios autorretratos juveniles y esculpió, en madera o en mármol, la cabecita infantil de cada uno de sus hijos.

La catalana Lluïsa Vidal (1876-1918) fue catalogada como perteneciente a la segunda generación del movimiento modernista, debido a los tonos de su paleta, el uso de la transparencia luminosa y los colores de sus fondos, y destacó especialmente por el excelente dominio de la técnica del óleo. Su producción es muy apreciada por la representación que lleva a cabo de escenas íntimas de género, paisajes y fiestas populares.

En 1840 la labor de Rosario Weis Zorrilla (1814-1843) fue reconocida por la Academia de San Fernando, que la nombró académica de mérito. El rey Fernando VII la requirió para que diera clases de dibujo a sus dos hijas, las infantas Isabel y Luisa Fernanda, recibiendo por ello un salario de 8.000 Reales. Debido al reconocimiento que poco a poco iba recibiendo por su trabajo, fue invitada a formar parte muy activa del Liceo Artístico y Literario de Madrid.

Por todas ellas y por esas otras a las que la historia ha olvidado, pese a su innegable calidad, cabe esperar que las grandes instituciones -como ha mostrado el museo del Prado- corrijan el desequilibrio que supone no dar visibilidad a la excelente e innegable producción de las mujeres artistas.

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