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Lo que la pandemia nos desvela hasta ahora
Lo que la pandemia nos desvela hasta ahora (Foto: TW)

Lo que la pandemia nos ha desvelado

lunes 02 de noviembre de 2020, 13:55h
La pandemia de Covid 19 está arrasando el mundo entero; la situación sanitaria es alarmante, la correlativa crisis económica tendrá consecuencias durante años, retrasando el desarrollo de regiones enteras de países en desarrollo, y la sociedad asiste atónita a una situación impensable hace sólo unos meses.

Pero junto a estos efectos negativos hay que señalar también los efectos positivos que ha traído consigo esta emergencia sanitaria, en ocasiones sorprendentes, como el respiro experimentado por la naturaleza con la disminución de la movilidad humana, el decidido empujón al uso de las tecnologías de la comunicación y del teletrabajo, o la fructífera cooperación internacional en materia de investigación en la búsqueda de una vacuna contra el virus.

A nivel nacional, además de estos aspectos observados a nivel internacional hay una serie de aspectos de nuestra realidad que el virus ha desvelado. Digo desvelado porque en ocasiones ha habido un descubrimiento, pero en casi todos los casos lo que ha sucedido es que la pandemia ha puesto en primer plano lo que ya sabíamos o intuíamos. Aquí van algunas de esas cosas:

  1. No tenemos la mejor sanidad del mundo.

No, frente a lo que se nos ha repetido desde hace años y que hemos creído encantados, nuestra sanidad es precaria, contrata a los profesionales sanitarios a trompicones, los paga mal y los explota de manera escandalosa. Por eso son tantos los que se van a otros países, donde encuentran seguridad en el empleo, mejores sueldos y más respeto por parte de las administraciones que les pagan. Sí tenemos los mejores sanitarios del mundo, eso sí. Sanitarios que han trabajado a tumba abierta (en muchos casos de manera literal), que han cubierto con redes informales de comunicación los agujeros de las estructuras sanitarias, que han dado a los enfermos la mejor atención desde el punto de vista profesional…y que han sabido coger la mano, con calidez y humanidad, al enfermo que se sentía solo, que tenía miedo, que estaba perdiendo la vida en una UCI.

  1. Nuestro estado de las autonomías no está la altura.

Siete meses después del primer confinamiento, las comunidades autónomas cuentan los casos positivos como quieren y los comunican cuando les parece oportuno, aplican las medidas sin coordinación alguna y ponen de manifiesto su enorme deslealtad institucional. Son desleales no sólo con el Gobierno central, sino también ente ellas: mientras Holanda envía sus enfermos que no caben en las UCIs a Alemania, las comunidades autónomas han sido incapaces de articular un protocolo para derivar enfermos desde las que tienen los hospitales más sobrecargados a las que están más desahogadas; incluso si son contiguas. Paralelamente, se compraban suministros médicos comunidad a comunidad, en un mercado sanitario internacional que era una selva, en vez de coordinarse, entre ellas y con el Estado central, para ser un comprador de más peso en ese entorno.

Se habla de cooperación y de reconocimiento de la diversidad, de competencias establecidas en la Constitución y del respeto debido a las mismas. Pero de lo que se habla poco es de la lealtad institucional. Un Estado complejo como es el español (o cualquier estado federal) es imposible que funcione sin ella, y además es algo que no se puede imponer en ley alguna, ya que la lealtad es difícil de catalogar y se hace realidad a base de sentido común y buena voluntad. Y además teniendo en cuenta de forma prioritaria el interés de los ciudadanos.

  1. El tejido empresarial español es fragilísimo.

Se dice que España es un país de PYMEs, pero no es verdad. La abrumadora mayoría de las empresas españolas son microempresas fragilísimas, sin organización empresarial ni músculo financiero; en muchas ocasiones sólo un trabajador autónomo con algo de ayuda familiar o externa. Mientras pensemos que el tejido empresarial español son PYMEs (en Europa esto son empresas hasta 250 trabajadores), nos equivocaremos, y no se podrán abordar de manera efectiva los planes para su reactivación.

  1. El monocultivo de la economía de servicios es arriesgada.

Hace ya décadas que en España se optó por centrar nuestra atención en la economía de servicios, abandonando la industria y el sector primario. En esto último se ha querido seguir la senda de otras economías europeas de nuestro entorno, pero sin proveer al campo de las infraestructuras que paliarían – tal vez - su despoblación.

Renunciar a la fabricación de productos se consideró en un momento, a finales del siglo pasado, como muy “moderno”, ensalzando el prestigio de la economía financiera. Con ello, España se dejó en manos de los servicios.

Y dentro de esa terciarización de la economía, nuestras características geográficas– sin olvidar nuestros moderados precios en comparación con los europeos- ha hecho que España se dedique de manera intensiva al turismo. Pero no a un turismo con valor añadido y de alto beneficio, sino al turismo de sol y playa, que no nos obligaba a desarrollar estructuras turísticas complejas y a invertir en know-how. A cambio, dejaba pocos márgenes de beneficio, y teníamos que competir cara a cara con países en desarrollo, lo que tiró de los sueldos de hostelería y acomodación para debajo de manera inevitable. Y en este escenario, cuando la pandemia ha cerrado fronteras y limitado la movilidad, nos encontramos con centenares de hoteles vacíos que no sabemos cómo ni cuándo volverán a llenarse.

  1. Tenemos un gobierno débil y mal coordinado.

Tenemos el primer gobierno de coalición de la democracia; y esto que en sí mismo no sería malo (a lo mejor era hasta bueno como terreno de pruebas de la fortaleza de nuestro diseño institucional), ahora, con la necesidad de medidas enérgicas, valientes y poco populares para hacer frente a la emergencia sanitaria, puede ser un problema. Porque ni con los votos del partido coaligado llegamos en muchas ocasiones a la mayoría necesaria, y los demás apoyos parlamentarios son algunos de ellos cuestionables, carísimos en términos políticos y muy inseguros.

Por otra parte, dada la extracción populista del segundo partido en el gobierno y a la bisoñez de muchos de sus representantes, nunca se puede estar seguro de que no cuestionen determinadas medidas gubernamentales que pueden no ser del gusto de sus electores o que simplemente “metan la pata” por inexperiencia.

  1. Padecemos la peor oposición del mundo.

La peor sin duda alguna. Porque por enfrentada que esté la oposición con su respectivo gobierno, no se conoce otro partido en la oposición que se haya opuesto sistemáticamente a todas las medidas del gobierno de la nación dirigidas a controlar la pandemia. En el parlamento nacional y en las comunidades autónomas cuyos gobiernos ocupan. Que se haya dedicado con ahínco a torpedear las medidas gubernamentales sólo por serlo. Que no solamente no se hayan ofrecido a colaborar con el gobierno de la nación, sino que hayan animado a los ciudadanos a incumplir las restricciones a las que obliga el control de la pandemia, en España y en todos los países europeos.

Por supuesto que hay otros aspectos favorables que no se han mencionado más arriba; que esta es una visión parcial de la realidad española. Que en nuestro tejido social hay muchas cosas buenas, que son las que nos ayudarán a salir de esta. Tenemos los mejores sanitarios del mundo, una sociedad dinámica y muy resiliente, sectores de nuestros jóvenes que están formados como los que más, y con una flexibilidad y versatilidad personales y profesionales que son muy valoradas en las empresas de todo el mundo.

Con todo ello y por todo ello, bueno y malo, saldremos de ésta más temprano que tarde.

Pero eso será objeto de otra entrada.

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