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Santiago Abascal interviene en el debate de su moción de censura
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Santiago Abascal interviene en el debate de su moción de censura (Foto: Europa Press)

A la moción de censura, la imprecación de Labordeta

lunes 26 de octubre de 2020, 11:01h

Uno creía que era increíble que un individuo se atreviera a secuestrar la atención de todos los políticos, de toda la prensa, de todos los ciudadanos interesados en la política de este país proponiendo una moción de censura contra el gobierno, cuando todo ser humano, es decir, ser racional y empático, tenía su atención, como la tenía que tener, concentrada en defenderse y defendernos contra un virus que nos está aplastando como a moscas. Increíble, pero cierto.

¡Paren la prensa! ¡Paren el gobierno! ¡Paren el país! El líder de la ultraderecha, un grupo de cincuenta y dos diputados por la gracia de los distraídos que les votaron, quiere proponerse como candidato a la presidencia y, durante dos días, todos los diputados, periodistas, comentaristas y ciudadanos interesados en la política tienen que sentarse a mirarle y escucharle y contestarle y comentarle mientras el país, el mundo entero, se va desmoronando poco a poco víctima de una pandemia. De lo que perseguía, ese líder no consiguió en el Congreso otra cosa que hacer el ridículo, pero seguramente logró pasar a la historia. Porque si el mundo supera esta pesadilla y otras amenazas inminentes y, aunque cubierto de cicatrices, sigue evolucionando, es muy probable que algún historiador del futuro utilice la moción de censura de octubre de 2020 en España como ejemplo del, también pandémico, trastorno mental que convirtió el primer cuarto del siglo XXI en una tragicomedia de chiflados digna del inmarcesible Aristófanes.

No creo que los historiadores futuros se detengan a estudiar lo que resultó ser el único fenómeno reseñable del asunto; el gran discurso del líder de la derecha. ¿No les interesará destacar que el líder de la derecha puso a parir al líder de la ultraderecha, a la sazón su socio, para hacerse pasar de repente por el líder del centro, pero sin renunciar a los votos del líder de la ultraderecha que permiten a su partido gobernar allí donde gobierna? Es más que probable que no. Eso solo interesó de verdad a quienes estaban interesados, por diversas razones, en introducir en los cerebros de los ingenuos la imagen de un San Pablo acabadito de caer del caballo, recién colocado en el mismísimo centro del altar para que le veneren los incautos. Imagino el alma de Labordeta pasando por ahí y mandando al intruso a donde tiene que estar. A algunos les irrita mucho que alguien quiera tomarles el pelo; y Labordeta tenía mucho carácter. Los elogios a la gran gesta del discurso bien escrito y bien leído del jefe de la oposición duró un par de días; los que tardaron los comentaristas afines en elogiarlo, tratando de convertir al discursante en la esperanza blanca de España para derrotar a las hordas rojas. El instante de gloria no ha dado para más porque las cifras de contagiados y muertos se han impuesto a toda estupidez y quedan en el país muy pocos estúpidos tan estúpidos como para preocuparse por la casilla ideológica en la que ubicar a sus políticos. A los baqueteados ciudadanos ya no importa lo que sus políticos dicen; les importa lo que hacen. De la moción de censura sólo ha quedado a los muy sensibles una cierta lástima por el candidato vapuleado y traicionado, y a todos los demás cierta repulsa hacia quien le traicionó debiéndole tanto. La falta que universalmente suscita mayor rechazo es la traición.

Aparentemente impertérrito, aparentemente al margen del inesperado combate entre las dos legiones del ejército autoproclamado más patriótico de la nación, el presidente del gobierno, candidato a ser censurado, veía caer los chuzos que le lanzaban de todas partes como quien oye llover. Tranquilo subió a la tribuna a dar la primera réplica al señor candidato a presidente del gobierno y tranquilo soltó un discurso que de réplica a los insultos que de ese candidato le habían llovido, no tenía casi nada. Habló de la pandemia, de las medidas que se habían tomado contra la pandemia, de las que se tenían que tomar; habló del problemón económico al que se enfrentaba el país, al que se tendría que enfrentar, de las medidas que se habían tomado contra el problemón económico y de las que se tendrían que tomar; habló de la tragedia personal y por ende social que sufre la mayoría de los españoles y de las medidas posibles para paliarla. Es decir, habló de sus conciudadanos, de los que le habían elegido y de los que no, para decir a todos y cada uno de nosotros la verdad de las cosas como son y la verdad de los sacrificios que todos tendremos que hacer para que las cosas vuelvan a ser, más o menos, como queremos que sean.

Todas las intervenciones del presidente del gobierno fueron de lo mismo. Ni una concesión al espectáculo. Ni una participación en las escenas que se sucedían, pletóricas de pasiones desgarradoras con actores más o menos dramáticos. El único papel que desempeñó Pedro Sánchez Pérez-Castejón en las sesiones de la moción de censura contra él fue el de espectador, tranquilo y sin gesticulaciones, sin demostrar siquiera las ganas que debían agitarle las entrañas, de salir de aquel teatro para ponerse a trabajar. Nunca sabremos la cantidad de asuntos pendientes que pasaron por su mente aquellas horas. Tuvo la elegancia de no demostrar en ningún momento que, igual que muchos otros diputados, estaba furioso de verse confinado a una butaca durante horas por aquella patochada.


Por María Mir-Rocafort



¿Algo en prensa y tertulias sobre los discursos del presidente del gobierno? Sobran los dedos de la mano para enumerar ligeras menciones. ¿Cómo es posible que periodistas y comentaristas dedicaran páginas y horas a desmenuzar la farsa del discurso de Casado y el sollozante soliloquio de Abascal y que ignoraran la información que ofreció el presidente del gobierno a todos los españoles para enfrentarse a la crisis que amenaza nuestras vidas? La única respuesta salta como la de esos payasos que saltan de una caja: a los medios, los españoles les importamos un carajo. Lo único que les importa de nosotros es que les compremos el producto que ofrecen: lectores, audiencia para conseguir anuncios; es decir, dinero, solo dinero.

Esta pandemia nos ofrece la mejor oportunidad para reflexionar. ¿Vamos a permitir que nos conviertan en seres deshumanizados movidos como robots por la obsesión del consumo que nos inoculan; en seres idiotizados incapaces de distinguir entre la realidad y un reality show; capaces de hundir al país y a nuestros compatriotas por no detenernos a reflexionar antes de votar? ¿Vamos a permitir que nos convenzan de que un ser humano, de que nosotros mismos no valemos más que un voto; no somos otra cosa que una cartera? No sé los demás, pero por lo que a mi respecta, no se me ocurren más respuestas que la imprecación de Labordeta: ¡A la mierda!

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