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La extraña Diada del coronavirus, año 2020
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La extraña Diada del coronavirus, año 2020

Ay, amor, ya no me quieras tanto

domingo 13 de septiembre de 2020, 14:18h
"Ay, amor, ya no me quieras tanto", decía un bolero tan popular en Latinoamérica cuando yo era pequeña que mi memoria absorbió toda la letra por ósmosis. La cantaba yo porque la cantaban las señoras que me cuidaban, pero no la entendía. Tantos años después, la entiendo menos. Que un hombre le aconseje a una mujer que deje de quererle y se busque otro porque él solo sirve para causarle llanto, como dice la letra, parece inverosímil dadas las circunstancias; las de aquella época y las actuales. Lo mejor que se puede esperar de un maltratador o asesino de pareja arrepentido es que se suicide, lo que no puede considerarse un acto de generosidad porque esos brutos se matan después de haber perpetrado su crimen.

Cada vez que leo u oigo un suceso de estos, se me repite automáticamente un pensamiento: coño, podía haberse matado antes de matar. Con el mazazo en la cabeza que esta semana nos propinaron los medios ventilando el número de mujeres maltratadas y asesinadas por sus parejas, cuesta no imaginar otra cosa que no sea el sufrimiento cotidiano de las que no saben o no pueden defenderse. La indignación ante el hecho se vuelve amargura cuando uno sabe que la ley les ofrece y les ofrecerá protección y amparo, pobrecitas, pero que ningún político se atreverá a imponer por ley que se enseñe a esas mujeres a defenderse desechando la lástima e imponiendo el respeto. Mientras eso no ocurra, tenemos minutos de silencio para más de una generación.

¿Por qué será que, cuando tienen el poder, la mayoría de los políticos ignoran los problemas más espinosos o los resuelven a medias? ¿Vagancia? ¿Cobardía?¿Prudencia? Por encima de todas las causas posibles, hay una explicación común a todas; la falta de empatía.

Ayer por la mañana escuché en la radio una entrevista a Inés Arrimadas. Me quedé lela. Pocas veces había escuchado un discurso tan empático con los problemas de la gente, tan empático que me sorprendí pensando que quien escuchara esas homilías tan cargadas de humanidad tendría que votar a Ciudadanos por su propio bien y el de todos los españoles. Es probable que esa sea la conclusión a la que llegarán millones tras escuchar a la candidata en la próxima campaña electoral; si no van más allá de sus palabras. Y no hace falta ir mucho más allá. Con una pregunta basta. ¿Cómo va a tener el alma rebosante de empatía una mujer que ha logrado meter a líderes de su partido en gobiernos autonómicos pactando con partidos que defienden el egoísmo más salvaje y esparcen el odio más inhumano? La señora me contestaría que eso es estrategia, que es la única forma de acceder al gobierno para mejorar la vida de las personas. Y uno que no es tonto replicaría con otra pregunta. ¿Es posible imponer un programa inspirado por el amor al prójimo con unos socios de gobierno decididos a imponer un egoísmo salvaje y un odio inhumano? Cuando Arrimadas terminó, mi mente, que estaba en modo musical, empezó a cantarme: "Cuéntame un cuento y verás qué contento".

¿Qué es el amor, el auténtico amor? La pregunta la han intentado responder durante siglos filósofos de toda procedencia. Tal vez el más próximo y conocido sea Stendhal. En su libro "Del amor", Stendhal afirma que el amor mueve la imaginación a proyectar en el amado inexistentes perfecciones, y al fenómeno le llama "cristalización." Por supuesto, la "cristalización" se hace papilla como una copa contra el suelo cuando nos damos cuenta de que esas perfecciones eran producto de nuestra imaginación y de que la persona amada es como es y no como queríamos verla. Eso no es amor o es, en todo caso, amor a nuestra propia creación, pero no al otro. El amor auténtico, cualquier tipo de amor, pero auténtico, es empatía; la intención de penetrar bajo la piel de otro intentando comprender y compartir sus ideas, sus sentimientos, sus emociones. Da igual que ese otro sea un hijo, una pareja, un grupo humano, toda la humanidad, uno mismo o, en personas muy sensibles, hasta un animal. El tipo, la forma, las manifestaciones del amor pueden variar según las fibras del alma y del cuerpo que ese amor toque; lo que no varía ni puede variar es la voluntad de entender, comprender, compadecer, compartir las vicisitudes que vive el alma del que se ama. Si esa empatía no existe, puede haber sentimientos y emociones que se confunden con el amor; pero rotunda e indiscutiblemente, amor auténtico no hay.

¿Puede un político amar, auténticamente, a las personas que gobierna o aspira a gobernar mediante leyes que determinarán su modo de vida? Hay que creer en esa posibilidad aunque sepamos que es tan remota como una utopía Si no creyéramos, moriría nuestra esperanza. Lo que sí podemos esperar sin ir tan lejos es en la voluntad de algunos políticos de gobernar por el bien común haciendo todo lo posible por imponer leyes que favorezcan la igualdad de todos los ciudadanos en todos los aspectos de la vida social, como cabe esperar que otros gobiernen a favor de quienes ostentan el poder que da el dinero, dejándoles hacer sin cargarles con impuestos y regulaciones e ignorando las necesidades y el bienestar de la mayoría de los gobernados, suponiendo que los propietarios del dinero y del poder ya se encargan, de alguna manera, de irradiar el bienestar a la masa. Estas dos perspectivas determinan las dos ideologías que engloban todas las demás: el socialismo y el liberalismo. Los políticos de un campo u otro pueden defender las bondades del suyo con más o menos eficacia según sus dotes de oratoria, pero amar, lo que se dice amar a los ciudadanos que gobiernan o van a gobernar y a los que no son ciudadanos por su edad o por la falta de papeles que otorgan esa categoría; amar, lo que se dice amar penetrando hasta el alma del que se despierta cada mañana y con él se despiertan las necesidades con las que tendrá que cargar todo el día cuya solución depende del gobierno; amar, lo que se dice amar es muy difícil, casi imposible para un político, sea cual sea su signo. Sumergido bajo miles de papeles, apremiado por la necesidad de parecer y convencer, el político no tiene tiempo para dedicarlo a las exigencias del amor.

Porque el amor auténtico exige. Exige despertar cada mañana imaginando lo que miles sentirán al saber que tienen la despensa y la nevera vacías y estómagos hambrientos que alimentar, aunque solo sea el propio. Exige despertar sintiendo la frustración de miles que saben que les espera un día de frustraciones buscando un trabajo que nadie les quiere dar por ser demasiado jóvenes para tener experiencia o demasiado mayores para garantizar energía y buena salud. Exige sentir lo que siente alguien que, teniendo la cartera vacía, volverá a llevar su desesperación a un funcionario para ver cómo va lo de la ayuda que necesita para sobrevivir, sabiendo que su solicitud espera bajo toneladas de solicitudes porque valen más las normas burocráticas que la vida de un ser humano. Exige ponerse en los zapatos de ese hombre o de esa mujer que, al salir de la oficina del funcionario, tienen que elegir a dónde se dirigen con tres opciones: pedir limosna en la calle o caridad a una ONG o robar comida.

Ayer por la tarde pasé un rato contemplando una escena de egoísmo que helaba la sangre. La Asamblea Nacional de Cataluña había organizado un acto para celebrar la Diada. Fue un acto ejemplar. El ayuntamiento de mi pueblo permitió que se bloqueara toda una travesía. La Asamblea puso sillas a la distancia correcta y, para evitar aglomeraciones, solo se permitió la entrada al acto a las personas que se hubieran inscrito. El acto consistía en la ofrenda floral al monumento de un héroe histórico y una serie de discursos. Carteles, banderas, camisetas y discursos exigían la liberación de los presos políticos, el retorno de los exiliados, la independencia de Cataluña. Nadie, absolutamente nadie, pedía al govern de la Generalitat que tomara medidas urgentes para paliar la situación de ancianos, enfermos, desempleados; la epidemia de pobreza que se extiende por todo el país. Clama por la independencia la mitad de los catalanes; la otra mitad se ignora como si no existiera. Las instituciones celebran el Día de Cataluña para la mitad independentista; se supone que la otra mitad no tiene nada que celebrar. Del gobierno abajo, todos los que exigen independencia como sea y ya, no dan señal de sentir con los que lloran por sus muertos, con los que agonizan solos en una residencia, con los que deambulan todo el día por las calles y en las calles duermen con tanto miedo a infectarse como los que tienen techo que les proteja. En Cataluña no le pasa nada a nadie que no tenga que ver con la independencia y la república porque los catalanes han dejado de existir en aras de un nacionalismo al que solo importa levantar otra frontera.

La situación sanitaria, económica y social de toda España es tenebrosa; lo sabemos todos. Tan tenebrosa que el miedo y la frustración tienen el terreno bien abonado para que germine el odio. Pero estamos todos tan frustrados y tan aterrorizados que ni contra el odio somos capaces de reaccionar. Pues más vale que reaccionemos. No podemos esperar amor de los políticos, pero sí podemos exigir respeto. Y sabiendo que contamos con el respeto de un gobierno que trabaja por nuestro bienestar, tenemos la obligación de apoyarlo, al margen de nuestros gustos y convicciones, por amor a nosotros mismos.

Quien no se ama a sí mismo no es capaz de amar a los demás. Quien no se ama con amor auténtico, comprendiendo a ese otro que todos llevamos dentro; ayudándole a evolucionar, nunca será capaz de penetrar bajo otra piel para comprender, para amar a otro ser humano. Y lo peor, lo más irremediablemente trágico que puede ocurrirle a un egoísta es descubrir un día que el egoísmo le ha secado para siempre la capacidad de amar. A ese ya no le sirve ni cantar "Ay, amor, ya no me quieras tanto. Ay, amor no llores más por mi. Si no más puedo causarte llanto, ay, amor, aléjate de mi". El egoísta que no ha amado nunca y que ya no puede amar, jamás tendrá ni siquiera el consuelo de poder alejarse de la cáscara vacía en la que le ha convertido su egoísmo.

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