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Que nadie nos obligue a suicidarnos
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Que nadie nos obligue a suicidarnos

lunes 10 de agosto de 2020, 12:01h
El rey dimitido se fue. El virus se ha quedado. Siguen entre nosotros unos individuos jugando a la gallinita ciega al borde de un precipicio. ¿Quién lleva la venda en los ojos y corre alegremente en pos de todos mientras todos corren para que no les pille? Más vale que encontremos una respuesta a esa pregunta antes de que sea demasiado tarde y todos acabemos desbarrancados.

El rey dimitido se fue y, durante toda la semana pasada, en prensa, radio y televisión no ha habido tema más candente, acuciante, vital que saber a dónde se fue el rey dimitido. La Casa Real se niega a decirlo y parece que los desesperados por saberlo se lo perdonan. Es la Casa Real. Pero a Pedro Sánchez no se le puede perdonar que no lo diga. Pedro Sánchez solo es el presidente del gobierno de España. Si dice que no sabe dónde está el dimitido, miente. Si dice que es a la Casa Real que corresponde dar la información, su negativa a informar a los ciudadanos es "lamentable". Uno que no está tan puesto como la prensa, radio y televisión, pero que tonto no es, se pregunta por qué es tan importante saber dónde está ese señor. ¿Para mandarle un regalo por su cumpleaños o un asesino a sueldo ya que no es posible cortarle la cabeza? ¿De verdad importa tanto el asunto a los analistas políticos de este país o es que han sucumbido finalmente a las directrices de la prensa del corazón y compiten desesperadamente por sus audiencias? ¿Es que no encuentran en la situación del país nada más dramático que comentar?

Pues no será porque en España falten hoy tragedias; sanitarias, económicas, sí, pero también políticas. Cualquier español que piense, aunque no haya pasado por la universidad, y si me apuran, ni por el bachillerato, se da cuenta del estado desastroso de la política en nuestro país y de los denodados esfuerzos de los politiqueros por arrastrar a nuestro país al desastre total. Al desastre sanitario y económico ya nos empuja un virus incontrolable. Y a empujar ayudan a todas horas quienes a todas horas procuran la desunión; quienes agobian a los ciudadanos con la incertidumbre; quienes les instigan al derrotismo; quienes no hacen otra cosa que minar con sus críticas al gobierno y obstaculizarle en el Congreso para que no pueda gobernar; quienes, mintiendo a sabiendas, inducen a los ciudadanos a desobedecer las normas y recomendaciones del gobierno para que la situación siga empeorando hasta volverse insostenible; quienes a todas horas intentan enervar a los ciudadanos instilando el miedo con sus discursos. ¿Se puede llegar a ese grado de traición a los compatriotas, a los principios de la democracia, a los valores humanos, a todo lo humano y lo divino para recuperar un gobierno que los ciudadanos les quitaron con sus votos? Antes de llegar al juicio moral de la maldad, uno prefiere recordar que hay mentes débiles a las que el fracaso conduce al trastorno.


Por María Mir-Rocafort



Sea por lo que fuere, aterra. Aterra pensar que una persona haya sido capaz de vetar a ancianos enfermos la entrada en los hospitales y de negarse a procurar la medicalización de las residencias. ¿Eso puede ocurrir en un país civilizado? Eso ha ocurrido aquí y con total impunidad, como si a los ancianos no les quedara otro destino que disolverse en una cifra. Aterra pensar que los gobernantes de una autonomía, aferrados a sus cargos y a sus sueldos y pagando el favor a quien se los brindó, lleguen a falsificar cifras que el gobierno necesita para combatir al virus que está destrozando vidas, con el objetivo de atacar al gobierno cuando esas cifras le conduzcan a un error. Aterra pensar que otros son incapaces de aparcar ideologías, aspiraciones, fanatismo para dedicar todos sus esfuerzos a resolver las necesidades imperiosas de los ciudadanos que les votaron. Aterra, aterra pensar que estamos asediados por perturbados mentales. Y basta un vistazo a las redes sociales para comprobar que es así.

Unos acusan a la oposición socialista de Madrid de no hacer nada para librar a los madrileños de unos gobernantes que demuestran cada día despreciar a sus gobernados o carecer de la más mínima aptitud para gobernar o haber perdido el juicio. Alguien intenta hacer ver que los socialistas no pueden hacer nada porque la mayoría la tienen las tres derechas, pero da igual. Como pedir que reaccionen Ayuso y Almeida es imposible porque ya están en el grado en que un orate se cree Napoleón, los que no quieren sumar atacan en las redes a Gabilondo porque no hace nada. Su pertinacia parece más bien pataleo para desahogarse. Como se desahogan los republicanos que piden república ya, sabiendo que constitucionalmente es imposible; los independentistas catalanes que siguen pidiendo independencia inmediata sabiendo lo mismo. Unos acusan al PSOE de no haber obligado al rey dimitido a devolver el dinero público robado, como si los partidos políticos pudieran ejercer las funciones de un tribunal. Otras acusan a una ministra feminista de ser antifeminista por proteger a las trans. En fin, que en las redes se encuentran disparates a placer y el espacio de un artículo no basta para enumerarlos, pero sí para advertir que tanto despropósito en redes y medios demuestra las graves consecuencias que la crisis actual está produciendo en las mentes más débiles o en las más desprevenidas y que de seguir igual o empeorando, nuestro país acabará convirtiéndose en un manicomio en el que casi nadie se dará cuenta de lo loco que está por considerarse la chifladura lo estadísticamente normal.


Por María Mir-Rocafort



Empezábamos con un grupo de individuos despreocupados jugando a la gallinita ciega al borde de un precipicio. ¿Quién es, en esta alegoría, quien hace las veces de gallinita ciega? Pongamos que se llama Democracia. Los otros jugadores la van acercando cada vez más a su destino fatal, pero Democracia no se entera. Tiene los ojos vendados. ¿Y no hay nadie que la defienda, nadie que la siembre en tierra firme lejos del peligro de los trastornados que la quieren desbarrancar?

Hay muchos miles en este país para quienes un fallecido por el virus no es algo que se haya disuelto en una cifra; es un ser humano insustituible a quien se llora. Hay muchos miles de enfermos, de sanitarios agotados. Hay muchos miles al borde de la ruina o arruinados del todo. Hay millones de pobres. Hay millones de jóvenes sin esperanzas. A todos esos millones de mentes no se les puede pedir que olviden su lucha cotidiana por la supervivencia para luchar por lo que aparentemente son solo ideas: la libertad, la democracia, los valores humanos. ¿Qué pasará entonces si un día nos despertamos de la pesadilla y nos encontramos en un mundo en el que la libertad, la democracia, los valores humanos hayan desaparecido y nuestras vidas dependan de unos cuantos a los que de nuestras vidas solo importa el beneficio que les podamos reportar?

Que quien pueda combata como pueda contra quienes intentan vendar los ojos a la mayoría, si no queremos despertar en un mundo como en el que despertaron nuestros abuelos y nuestros padres tras la pesadilla de la guerra civil. Que nadie se deje vendar los ojos; que nadie nos haga callar. Que nadie nos obligue a suicidarnos. Más pronto que tarde despertaremos despejados y dispuestos a luchar para ganarnos el derecho a una vida satisfactoria. Los que están gobernando ahora nos ayudarán, si ahora les ayudamos a sacarnos adelante.

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