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¿Quién evitará el desastre total?
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¿Quién evitará el desastre total?

domingo 05 de julio de 2020, 11:55h

Acabo de llegar de otro mundo. Me pasa siempre que apago la radio y me enfrento a la realidad de mi trabajo. Después de pasar cuatro horas oyendo noticias, comentarios de comentaristas ilustres, comentarios de tertulianos; cuatro horas oyendo hablar a gente que vive en otro mundo contándome cosas de ese otro mundo;cuatro horas apuntando en mi cuaderno de notas los comentarios que se me ocurren a los comentarios que estoy escuchando; después de esas cuatro horas de cada mañana, me levanto de la cama con la sensación de un alumno que, al oír el timbre de salida, se levanta de su pupitre como impelido por un resorte, recoge sus cosas y sale del salón de clase corriendo a la realidad de su mundo; el patio, la calle, su casa. De campeones de la vanguardia intelectual y cultural, los catalanes hemos descendido a la última división de los tragaldabas...por tragarnos todo lo que nos echen.

Atrás queda el material que el alumno tendrá que estudiar para los exámenes y que yo tendré que analizar para mis artículos. De ahí en adelante, el alumno vive su vida en espacios que siente como propios hasta que otro timbre vuelve a meterle en un salón donde vuelve a escuchar cosas que no tienen nada que ver con su realidad inmediata. Yo organizo mi trabajo y empiezo a trabajar con mis propias ideas hasta que la noche vuelve a meterme en noticias y tertulias del otro mundo. Y así un día y otro que el hábito ha convertido en la normalidad de cualquier alumno; en mi normalidad. Hoy, sin embargo, la sensación de que la realidad que creemos nuestra se divide en mundos distintos me apabulla. Sé por qué. No se trata solo de la diferencia de espacios, de tareas; del modo de vivir en esos espacios y de concebir y realizar esas tareas. Se trata de que los habitantes del mundo de los que crean las noticias y los habitantes del mundo que viven de dar y comentar noticias tienen como objetivo apabullarnos. Lo que me pasa hoy es que me siento apabullada como cada vez que me asalta la certeza de que me quieren apabullar.

Hoy he perdido una hora entera de mi vida oyendo a comentaristas que comentaban entre sí y para sí la creación de un nuevo partido político en Cataluña; otro nuevo partido desgajado de la sagrada Convergència, madre de todos los partidos nacionalistas catalanes excepción hecha de ERC. ¿Qué es el nuevo partido? Un poco más de pasta en lo que los mismos analistas llaman sopa de letras. Otra red para pescar a los peces que, hartos de la contaminación de los políticos nacionalistas corruptos y de los políticos nacionalistas vivales, emigraron a la soledad. El nuevo partido les ofrece compañía, compañía que todo buen nacionalista podrá aceptar sin cargo de conciencia. Por un lado, podrá votar por un nacionalismo nuevo sin antecedentes penales y por otro, sabrá que su voto irá a engrosar la suma de votos nacionalistas e independentistas que hayan ido a los partidos contaminados por la corrupción para, entre todos, seguir manteniendo en el poder a los de toda la vida. O sea, otra vez una tomadura de pelo tan evidente que parece imposible que algún nacionalista de buena fe vuelva a caer en una trampa idéntica a la que le tendió el PdCat. Aunque la experiencia dice que volverán a caer; que el sentimiento nacionalista es tan fuerte que anula la facultad de razonar y hasta de rebelarse cuando el nacionalista se da cuenta de que sus políticos le toman por incauto dispuesto a mantenerles todo el tiempo que haga falta.

¿Se le puede pagar un exilio voluntario a cuerpo de rey a un político que no hizo ni hace ni hará absolutamente nada por administrar los recursos de su país en bien de los ciudadanos? En Cataluña sí, y se le puede convertir en un mártir, en un símbolo, en todo lo que haga falta para que defienda el nacionalismo y el independentismo aunque solo sea saliendo en una pantalla de vez en cuando. De campeones de la vanguardia intelectual y cultural, los catalanes hemos descendido a la última división de los tragaldabas, no por comer en exceso, sino por tragarnos todo lo que nos echen. Pero que no se rían los otros españoles. El resto de España también está lleno de zampabollos, zampabulos, zampatodo aunque lo que se zampan pueda envenenarles la sangre y la vida.

Los españoles supuestamente conservadores no tuvieron ningún reparo en conservar en el poder con sus votos a políticos que robaban fondos públicos con o sin disimulo. Populares se llaman esos políticos porque les votan millones del pueblo. En la campaña electoral de 2016, me escribió a Twitter una pobre mujer pobre contándome que había servido toda su vida, que estaba a punto de cumplir sesenta años y que iba a votar a Mariano Rajoy porque toda su vida había votado a Mariano Rajoy. Casi me da un pasmo. ¿Cuántos años llevaba Rajoy presentándose a las elecciones? Da igual. En términos mecanicistas, unos votan con el lóbulo frontal del cerebro y otros con el sistema límbico. Con los primeros se puede argumentar racionalmente, a los segundos se les convence agitando sus emociones hasta incapacitarlos para pensar, y eso solo saben hacerlo la propaganda y los discursos populistas. Una vez convencidos de que progresar significa destruir creencias, costumbres, la familia, destruir al patrón que le da de comer aunque mal y poco, el votante emocional corre a las urnas para que los progresistas no le quiten lo poco que tiene; para recuperar y conservar cuanto el progreso ha quitado a su patria, a su familia, a su forma de vivir. Es que son conservadores conscientes del peligro que entraña transformar. Por eso muchos no tuvieron bastante con dar y volver a dar el poder a un partido conservador que se había beneficiado a título lucrativo de una trama de corrupción; que era corrupto, vamos. De pronto apareció otro partido que conservaba más y mejor y no tenía tantas causas penales, y a votarle fueron los más conservadores con más alegría porque los nuevos emocionaban más. Banderas, caballos, armas, los nuevos recuperaban y conservaban todo lo que merecía recuperarse y conservarse desde los tiempos de los godos. Y muy buenos tienen que ser porque los de los diarios, la radio y la tele no dejan de llamarles para hacerles entrevistas y en Twitter y Facebook tienen miles de seguidores y retuiteadores y todo eso. Además, dan más caña que la que daba Alfonso Guerra en sus tiempos. Qué valor, qué gallardía la de Santiago Abascal cuando sale a la tribuna del Congreso y le dice de todo a Pedro Sánchez y a los comunistas con tal garbo, que parece que se les va a echar encima y los va a estrangular a todos con una sola mano. Tanto poderío, ni Franco, que necesitaba toda una Guardia para meter miedo. Últimamente, Pablo Casado, de los conservadores populares de toda la vida, intenta imitar a a Abascal, pero aún con barba, le falta planta. Tan acostumbrado está a posar sonriendo que cuando llama a Sánchez asesino, parece que le está invitando a tomar un cafe. Tienen los populares a una mujer que no se corta a la hora de insultar y con una expresión en la cara que hace temer que tampoco se cortaría a la hora de rematar a una víctima indefensa, pero es mujer y es flaca y, claro, no es lo mismo. Total, que gracias a las tragaderas de los españoles, el Congreso se ha convertido en una gallera. Muchos se quejan de los sueldos de los diputados, pero ¿qué actores o actrices echarían el resto en cada actuación si no les pagaran bien?

Apabullada recuerdo que hace apenas un par de días todos los gallos del Congreso y los comentaristas que comentan sus gallerías perdieron importancia. De pronto, el demonio, según Fernández Díaz y el Papa, según él mismo, hizo que la ambición desmedida, la envidia, el odio, la furia se encarnara en un bicho asesino y que todos los españoles tuviéramos que huir despavoridos de las calles infectadas refugiándonos en nuestras casas. Periodistas, presentadores y analistas comprendieron que en tales circunstancias a nadie importaban ya los histriones del mundo de los mal llamados políticos; que a todos importaban los ciudadanos atemorizados, los enfermos, los que cuidaban de los enfermos, los muertos y los que lloraban a sus muertos. De pronto, por primera vez desde que se inventaron los medios de comunicación, todo el protagonismo se otorgó a los ciudadanos. El mundo de los de arriba desapareció. El mundo de los de abajo ocupó todo el espacio. Hubo quien dedujo y se atrevió a vaticinar que nada sería lo mismo después de la tragedia; que a los de abajo nos tendrían que tomar en cuenta; que todos nos pondriamos a vivir en el mismo mundo trabajando con entusiasmo por lograr una convivencia más humana para todos.

Apabullada recuerdo que hace apenas un par de días, las puertas de las casas se abrieron y la gente que no tenía enfermos ni muertos a quienes cuidar o a quienes llorar salieron a la calle como si el demonio hubiera retirado su legión de bichos asesinos. Los mal llamados políticos volvieron a lanzarse a sus campañas electorales mintiendo, insultando, instilando el odio y la furia en los cerebros débiles para infectar las almas y evitar que a los españoles les diera por vivir en paz y concordia. Pero no todo ha sido volver a revolcarnos en el vertedero de siempre. A presentadores y analistas les pilló el verano y ya no pueden volver a partir el mundo en dos. Tampoco podrán seguir engañando a la gente con su fingida neutralidad, con su equidistancia desesperanzadora. Los ciudadanos no perderemos del todo el protagonismo porque, como todos los años, el verano obligará a los medios a tirar de la música, del deporte, de la participación de los oyentes y espectadores porque las audiencias no están para cosas serias. ¿Qué pasará en otoño? Al único que le importa hoy lo que pasará en otoño es al Gobierno porque tiene que seguir trabajando, como ha trabajado hasta ahora, para evitar un desastre total.

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