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Crece la pederastia, el virus más letal
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Crece la pederastia, el virus más letal

Las Lolitas, de todos, de Nabokov, de Kubrick o de Adrian Lyne...

sábado 04 de julio de 2020, 14:07h

Durante esta etapa negra que está viviendo el mundo, hemos comprobado cómo no solo hay un virus entre nosotros. El virus del odio. El de izquierdas y derechas, rojos y fachas, blancos y negros. Por ejemplo, el de la acusación desde la ventana o el de abusar del poder. O el que a todos y a todas nos afecta un poco, el de opinador de medio pelo aferrado en el alegato del “¡no lo están haciendo bien!”. ¡Ah! ¿Queremos hacerlo bien? Pues existe un hueco, una zanja, un agujero y, si me apuras, uno de los virus más letales que padecemos socialmente, al cual hemos hecho caso omiso pese a que siempre ha estado aquí.

La pederastia ha sido el virus con mayor repunte durante este Covid-19, como indican titulares de Reuters del pasado mes de mayo, “el abuso sexual infantil en internet en la Unión Europea se ha incrementado durante la pandemia del Covid-19, dijo la jefa de Europol -la agencia policial del bloque- el lunes, advirtiendo que podrían emerger más casos cuando reabran los colegios y se reanude la supervisión de los profesores, o los de El País en abril, “el tráfico de vídeos pedófilos se dispara en redes un 507% durante el estado de alarma”. E incluso la BBC, en el mismo mes: “Coronavirus: el dramático incremento del consumo de pornografía infantil en el confinamiento por el Covid-19”.

Esto no es algo nuevo que desarrollaron estas personas durante el encierro por Covid-19, ha ocurrido a nuestro alrededor siempre. Ya en 2019 salió a la luz cómo operaba una red de pedofilia compartiendo vídeos de abusos infantiles en los comentarios de YouTube. Por desgracia, hace bastante que los abusos sexuales infantiles han tomado todas las formas de sofisticación en las ficciones humanas habidas y por haber.

Así que es mucho más normal que por la noche ocurra lo que a continuación se relata a que vengan los espíritus de debajo de la piscina como en Poltergeist.

Ahora nos llaman "charos"

Por Lídia Guinart

Ella no es Carol Anne. Es Varinia, superviviente de Abuso Sexual Infantil (ASI). El novio de su madre abusó sexualmente de ella durante cuatro años. “Yo tenía unos seis años. Esto ocurrió durante cuatro años, desde los seis a los diez. No recuerdo la primera vez que me lo hizo. Lo que ocurría, es que venía de madrugada o me llevaba al cuarto de baño. O aprovechaba si mi madre se iba a trabajar. Este fue una pareja de mi madre, no era mi padre, era su novio. Las cosas que me hacía eran sexo oral, me hacía masturbarle, me masturbaba y me hacía sexo oral a mi. Me hacía fotografías también.Yo estaba durmiendo en mi cama y, aún con mi hermano en la cama de al lado, llegaba él con el pene fuera y me pedía lo que quisiera”.

¿Por qué no hacemos nada ante esto? Primero porque no sabemos que esos pederastas lo son si no somos víctimas o si no hacemos una investigación profunda de ellos, y lo segundo no suele ocurrir. De ocurrir lo primero, que ocurre y mucho, la respuesta a ese tipo de traumas son muy duras para la víctima y resulta muy complejo interponer una denuncia. A eso se le suma que la respuesta social y familiar no suele ser la que una persona en esta situación desearía. Aún así, Varinia tiene el consuelo de que el patrón de brutalidad de estos violadores de menores no coincide con el que ocurrió en su caso y se alegra de ello. “Recuerdo una noche en la que mi madre se tuvo que ir al hospital porque su abuela se estaba muriendo y él aprovechó para llevarme a la cama de matrimonio —de él y de mi madre— e intentar penetrarme. Lo que pasa es que yo grité porque me dolía mucho entonces él paró. Dentro de todas las burradas que se le pueden hacer a una niña o un niño creo que he sido afortunada aunque pueda parecer muy fuerte lo que digo, pero en cuanto vio que lloraba no me penetró. Él me decía que estas cosas eran normales, que con mi madre también lo hacía. Me decía que yo era la que más quería. Estuvo haciéndome eso hasta que mi madre se separó de él”.

Imaginaos que en vez de Carol Anne, una niña que tuvo que pasar el mal trago de ir hacia la luz para sacar a los muertos de su casa y salvar a toda su familia, es decir, un caso aislado, eres una de las tantas niñas o niños que sufrieron abuso infantil en su infancia. ¿Cómo sobrevivir a eso?Desde que eso ocurrió estuve callada hasta los dieciocho años que se lo conté a mi familia. Y hasta los veintidós no denuncié. No tenía ni idea de cómo se denunciaba. Fui a los Mossos del Prat de Llobregat acompañada de mi tía, y entonces me derivaron a la unidad de salud mental de mi localidad, porque tenía una ansiedad increíble, ataques de pánico y asuntos derivados de la ansiedad como enuresis nocturna permanentemente hasta la edad adulta. Así que al interponer esta denuncia me trataron psicológicamente. Al poco me llamaron de la Ciutat de la Justicia para decirme que lo habían encontrado. El agresor declaró que no fue él, que fue mi padre. Mi padre no fue porque yo tengo memoria”, aclara Varinia.

Desterradas jurídica, familiar y socialmente

El veredicto final de la Ciutat de la Justicia con los informes de los médicos forenses que me vieron fue que en mi cuerpo no había signos de abuso y que, además, el delito había prescrito. En aquel entonces, la Ley decía que el delito prescribía al cumplir la víctima dieciocho años. Es el caso de Varinia, que denunció 8 años después de que el delito se hubiese cometido, y era evidente que en su cuerpo no iban a existir signos de abuso con todo el tiempo que había pasado. “Sí, solían ser unos ocho años lo que tardaba el delito de pederastia en prescribir, y ya no había nada que hacer. Los Mossos te decían que otra cosa es que tú quieras buscar al agresor y hacer una acusación pública acerca de los hechos para que la sociedad esté prevenida” añade Pepi Royuela. Neuropsicológica en el centro Taiseg de Gavá y terapeuta de Varinia.

Varinia, a diferencia de Carol Anne, no tiene una película que avale sus palabras, se ve desterrada judicialmente, entonces la ley era así, sin más.

No es el caso de Claudia, que recibió abusos sexuales de la pareja de su niñera durante su infancia y se encuentra esperando el juicio contra el agresor. Más de seis años de mi infancia estuve sufriendo abusos sexuales, pero no lo conté hasta algunos años después, cuando tenía catorce. Se lo conté a mi madre solo, pero mi madre se lo contó al resto de la familia, pues el abusador era el marido de mi niñera. Yo pienso muchas veces ¿Por qué no denuncié antes? Porque es lo que te pregunta todo el mundo. Mi familia nunca me propuso denunciar. Hizo caso de mi primera psicóloga y pensaron, al igual que ella, que eso era un proceso demasiado duro para mi, que yo no debía hablar con mucha gente sobre este hecho. Pero a lo mejor eran ellos lo que no estaban preparados para escuchar lo que yo tenía que decir”.

La familia de Claudia no contó con una médium como la que tuvo la familia de Carol Anne que le dijera “ve hacia la luz”, más bien siguió el patrón social de mirar hacia otro lado, por no tener siquiera herramientas para afrontarlo. Esto ocurre muchas veces, pues no disponemos de recursos para combatir, discernir y gestionar esto. Estamos bajo la envoltura judeocristiana de la culpa y el estigma, que además bebe del estado corrupto romano como antecesor a este parche que es la Iglesia Católica. Por ende, lo más natural, dado el punto de la sociedad en el que nos encontramos en el que por el background adquirido estamos más preparados por si vienen los muertos vivientes o una plaga zombie que para nuestro día a día, es que hagamos oídos sordos a los gritos de las víctimas y las crucifiquemos como a Jesús. Que no hagamos nada hasta que llegue la sangre al río y podamos de verdad dignificar a esa víctima. Que da con el perfil. Que pone la otra mejilla.

A la víctima en nuestra sociedad o se le ignora o se le endiosa, pero nunca se pone el foco en el verdugo. Nos cuenta Antonio, abogado de un despacho de Cádiz, que en uno de los casos que llevó sobre pederastia “el agresor quedó impune. Era director de un colegio y cura. Lo reubicaron en otro colegio. La primera denuncia fue de un niño y se le fueron sumando más alumnos. Entonces se comenzó a rumorear en la ciudad que estas niñas y niños se adherían a la denuncia para ver si podían sacar dinero. Una forma clara de estigmatizar a las víctimas”.

No sólo cuando la familia apoya en una denuncia y la justicia está por la labor de castigar al agresor se está libre de ese papel de víctima que al final la sociedad hace cumplir a la misma. “Otro de los casos de pederastia que llevamos en el despacho sí concluyó en 14 años de prisión para el agresor. Este hombre tenía una peña donde hacía fiestas y demás. El sujeto aprovechaba que tenía dinero para, con la connivencia de los padres, abusar de uno de los menores como mínimo. En el caso de este menor el agresor contrató a la familia de la víctima, que estaba en una situación de precariedad importante y este hombre se quedaba con el niño cuando quería, lo llevaba de viaje a DisneyLandia, le compraba objetos de valor a los padres y al niño. El proceso en los juzgados fueron casi dos años, eso son dos años que está el niño sin tener una condena que ratifique los abusos que ha sufrido, con el agresor en la calle, en manos de psicólogos forenses evaluándolo, tiempo que en definitiva se le está poniendo en duda. Lo mismo que pasa con las víctimas de violencia machista”, concluye Antonio.

Igual que una niña que ve muertos saliendo de la piscina pasa por un proceso horrible, si es que esto existiera más lejos de la ficción cinematográfica, en nuestra realidad una víctima de ASI (Abuso Sexual Infantil) sufre el proceso psicosomático, shock, trauma, enfermedades, desestabilidad emocional, tristeza, desamparo, soledad y un dolor imborrable más allá de que su caso se resuelva judicialmente. “Abarca este daño un gran espectro de la persona. No solo es un toqueteo, una penetración, o un abuso físico, también lo es psicológico a todos los niveles. Con lo cual la mente de estas criaturas sufre un shock por estrés postraumático, un nivel de ansiedad elevadísimo, depresión y la cantidad de intentos de suicidios, o suicidios que se han consumado también”, continúa explicando Pepi Royuela, psicóloga de Varinia.

Estas son solo algunas de las principales consecuencias que tiene el abuso en una persona durante la infancia, y no solo durante el proceso judicial sino que es algo con lo que conviven las víctimas de ASI, que van desde una niña o niño sobre el cual se haya cometido un abuso sexual una vez, a un abuso continuado, o incluso a veces son objetos de la pornografía infantil, o víctimas de varios agresores.

Para la protagonista de Poltergeist parecía muy fácil comentar a sus padres que se estaba comunicando con muertos que estaban enterrados debajo de su casa, que la creyeran, que hubiera una trabajadora como Tangina Barrons (la médium) al alcance… pero estamos viendo cómo la pederastia, que es el más fuerte de los problemas que sufrimos como sociedad que soportan los niños y niñas, no es tan fácil de atajar como lo fue el problema de Carol Anne y su familia.

De la misma manera que todas las personas hemos visto esta película, muchas en nuestra infancia, no es tan fácil ver un testimonio de ASI en televisión.

La primera vez que vi a alguien hablando en la tele de abuso sexual fue al pianista James Rhodes en un episodio de Salvados, de Jordi Évole. Eso hizo un clic en mi cabeza para que yo denunciara. Había una mujer de cuarenta años que era gimnasta y seguía arrastrando eso. Y yo no quería llegar a esa edad y seguir con ese cajón sin abrir y ordenar.” Cuando Claudia denunció en 2017, hace tres años, el delito aún prescribía. Como el delito del agresor fue continuado ella tenía más tiempo para denunciarlo, en concreto diez años desde que la víctima cumple la mayoría de edad. En ese momento, Claudia tenía veintisiete años. Si no denunciaba en un año nunca podría hacerlo. Observamos en este caso todos los destierros que sufren las víctimas de ASI. El primero el social y familiar. Vemos también la importancia que tiene que estos temas se traten en televisión y se hable de conceptos como la prescripción. Y asistimos a cómo la justicia le pone una fecha de caducidad a una agresión sexual infantil cuando sabemos que en la vida emocional de un ser humano, nunca prescribe.

Las personas que pasan por esto y se arman de valor para emprender el arduo camino de un proceso judicial de denuncia a su agresor tienen que contar con “testigos de referencia” —personas a las que hace años que la víctima le contó el abuso—, para constatar que no va a por dinero, con informes psicológicos antiguos, declaraciones del agresor, de todas las personas que sean testigos de referencia, algunos test de estrés postraumático —que cuesta 800 euros—, más los costes de la abogada o abogado que lleve el caso. Además, pueden pedir varias veces el mismo test para contrastar porque, si se dan mejoras, puede que el fiscal considere que el testimonio pierde credibilidad, es decir, chapoteas en un mar de placenta, de nuevo, judeocristiana ante el hecho de que para la justicia no puedes estar bien si eres una víctima. Algo parecido a esto le sucedió a la víctima de La Manada, a la que no olvidemos pusieron en duda los mismos actores sociales de los que aquí se habla continuamente durante su proceso judicial.

No son enfermos mentales la cultura de la pederastia es Patriarcado

Las personas asistimos a la continua publicidad de niñas hipersexualizadas en fotos y vídeos. La creencia de que la mujer es más bella cuantos más atributos de niña tiene: carencia de vello, rubor, ausencia de canas y arrugas. Las Lolitas, de todos, de Nabokov, de Kubrick o de Adrian Lyne.

Todo esto por no hablar de las edades con las que se puede casar una niña en el mundo. En Yemen, por ejemplo, es cero. En Sudán, diez años. En algunos estados de EEUU, doce. En la mayoría, catorce. Y en España son dieciséis. Todos los días en algún país del mundo una niña contrae matrimonio con un hombre adulto que la compra. Me pregunto si todos los días alguna niña o niño desahucia a los espíritus de su casa en algún lugar del planeta.

“Yo me quité un poco la culpa que sentía al principio de proceder a la denuncia porque hasta entonces todas las psicólogas por las que había pasado me habían dicho que él estaba enfermo. Así que yo pensé que estaba denunciando a una persona enferma que convive con el remordimiento o la culpa de haberme hecho eso, hasta que una psicóloga me dijo que mi agresor no estaba enfermo”, resuelve Claudia.

“Se sabe que estos individuos —los pederastas— no tienen porqué padecer ningún tipo de enfermedad mental. Esto es muy importante porque ellos se amparan detrás de esto. Porque claro, el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) sí que contempla la pedofilia como un trastorno dentro del área comportamental de la persona y en un subgrupo de los comportamientos sexuales, pero no es una enfermedad mental. Entonces, son totalmente imputables. Es decir, son conscientes en todo momento de todo lo que están haciendo".Todo este entramado médico legitíma la pederastia. Porque como explica Pepi, terapeuta de Varinia y otras personas víctimas de ASI, “diferente es la pedofilia a secas, que no es poco, diríamos que el problema de este individuo es que tiene un objeto de deseo que es un niño. Puede ser que sea una ensoñación y no llegar a cometer delitos contra un menor de manera directa, aunque sí el consumo de pornografía infantil. Pero además a nivel social se ha ido observando cómo hay un paso de la pedofilia a la pederastia, aclara Pepi Royuela neuropsicóloga del centro Taiseg de Gavá.

Asistimos además a un repunte en RRSS durante el Covid-19 del movimiento MAP. Los MAP son un movimiento de hombres que buscan legalizar la pedofilia. El movimiento “minor-attracted person” o “persona atraída por menores”, por sus siglas en inglés, está siendo tendencia en redes sociales ahora mismo. Mientras lees esto. Mientras lo escribo. Estos pederastas pretenden que se apruebe la pedofilia legalmente y se renueve de la lista de trastornos mentales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para incluirlo así en la lista de... ¡Orientaciones sexuales! Lo peor de esto es que del excremento del estigma individual come la posmodernidad colectiva, y algunas personas, e incluso personas con peso social que se hacen llamar feministas, promulgan el mensaje de la no estigmatización del pedófilo.

Prestar indiferencia es algo que hacemos todos los agentes sociales ante esta atrocidad, porque estamos acostumbrados al eje del problema en todos los ámbitos de nuestra realidad. Encima las víctimas tienen muy poca voz porque son niñas y niños. No hay una respuesta tan palpable como ocurre con la violencia machista o las violaciones a mujeres, pero tiene que ver con lo mismo: el Patriarcado. El sometimiento. El poder. Patriarcado se escribe con P mayúscula siempre, pues es el primero de los sistemas que nos oprime sobre el que se establecen los otros. Las niñas y niños son objetos de lo consumible dentro del patriarcado, como lo son las mujeres, o los animales, y muchos otros derivados que se empeñan también en incluir en el DSM-5 pero que, casualmente, en un alto porcentaje “padecen” los sujetos varones. Es decir, ver la ligazón al poder Patriarcal es inevitable en este asunto.

El desamparo es tal para las personas víctimas de ASI que es casi un destierro a la propia memoria, como diría Unamuno, pues tampoco es fácil hablar de ese trauma, de esos hechos, con un amigo, con una amiga, con otro familiar, con una vecina. Sin embargo, si alguna vez tuvieron fantasmas en su casa seguro que lo hablaron con su grupo de amistades ¿Cuánto de la desestigmatización de esa culpa le debemos a Carol Anne y cuánto de la estigmatización de las víctimas de ASI le debemos al sistema?

“Cuando lo conté, a los 14 años, empecé a ir a una psicóloga que me dijo que no denunciara porque denunciar podía ser muy traumático para mi. La psicóloga coincidía con mi familia y yo no tenía ganas de pasar por ese proceso largo y doloroso. Así que corrimos un tupido velo como si eso no hubiese pasado. Además, esta psicóloga se basaba totalmente en que yo tenía que perdonar al agresor y yo en ese momento no quería perdonar a una persona que me había hecho tanto daño”, recuerda Claudia.

Perdón, culpa, víctima, y “enfermo”. ¿Os suena? Más allá de la religión, del hundimiento social en la viscosidad judeocristiana o la que tengas en el lugar del mundo en el que te encuentres, en todos hay algo que sustenta el perdón, la culpa, la figura de la víctima, el cómo debe ser esta y la expiación del verdugo por enfermedad.

¿Hueles eso, hermana? ¿Lo Hueles? No es Napalm. Es Patriarcado. Y no. No nos encanta el olor a Patriarcado por las mañanas.

La muerte de Ofelia

Por Concha Mayordomo

Se puede vivir

Pepi, señala que “lo primordial es saber encajar” y añade: yo tengo un master de resistencia al trauma basado en los campos de concentraciones nazis. Si una víctima quiere seguir viviendo bien con todo lo que ha sufrido al final va a tener que encajar cosas, hay que enseñarla a que ver cómo de todo lo malo que ha pasado sacamos algo bueno por difícil que parezca, para que las experiencias de su vida hayan tenido algún atisbo de sentido y no puedan con ella. Se puede vivir bien, se puede conseguir, aunque queda una marca indeleble”. Pepi Royuela llama la atención sobre que “los padres tienen que estar en primera fila, saber que esto pasa, también admitir desde los centros escolares que esto pasa e informar de ello a las familias”.

Vamos un poco hacia la luz con el testimonio de Claudia sobre cómo paliar el desequilibrio que padecemos como sociedad ante esta lacra, “la forma de equilibrar este daño que tiene la justicia es darme dinero. Se supone que para que las cosas se equilibren te tienen que dar un dinero. No lo entendía pero, la verdad es que solo por solventar la deuda en terapias, abogados o test que supone este proceso tiene algo de sentido. Pero una esto no lo hace por dinero. Una esto lo hace por una misma. Porque estás denunciado a la persona que te agredió. Te estás denunciando a ti misma por haberte dejado llevar por lo que te decían las otras personas y no haber denunciado antes y estoy denunciando a mi familia. Así que esta denuncia tiene muchas caras” finaliza Claudia, sobreviviente de ASI a la espera del juicio por pederastia contra su agresor.

Se puede vivir siendo sobreviviente, se puede vivir por desgracia siendo vergudo, pero no podemos vivir más tiempo siendo equidistantes. Paremos todos los virus como hemos parado este “entre todos”, porque los virus, no solo el Covid-19, se paran entre todas y todos. No podemos esperar más ninguna vacuna contra el virus más letal. No podemos esperar que venga una médium a llevarnos por el camino de la luz cuando navegamos en el metro cúbico más hondo del pozo de la oscuridad humana.

No podemos esperar con la niña en la bañera como cebo a que vengan para echarlos porque “ya están aquí”, llevan tanto tiempo como el sistema Patriarcal y, al igual que a los muertos de debajo de la piscina de Poltergeist, hay que erradicarlos.

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