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Bosé y sus teorías conspiradoras
Bosé y sus teorías conspiradoras (Foto: EP)

Bosé, Ayuso, Cañizares, Trump o la conjura de los necios

miércoles 24 de junio de 2020, 15:20h
"Váyase y cuando salga no cierre la puerta. Después le seguirá el resto del Gobierno”. Con estas palabras, -precedidas por una sarta de insultos impropios de un lugar que representa el respeto a la libertad y a la democracia- cerró la diputada del PP por Navarra Ana Beltrán, su dura descalificación al ministro de Interior, Fernando Grande Marlaska, tras la destitución del coronel de la Guardia Civil Enrique López de los Cobos. Amenaza, premonición, impotencia… Estas palabras encierran toda, mejor única, estrategia política del Partido Popular de Aznar y Pablo Casado.

Una estrategia que Pablo Iglesias desveló en su debate con el diputado de VOX, Espinosa de los Monteros. Ambos, PP y VOX, en connivencia con sectores de la Guardia Civil, la Policía Nacional, la Judicatura y el empresariado, intentan debilitar al Gobierno de coalición y echarle después del otoño. Para lograr su objetivo cuentan con la colaboración incondicional, no exenta de interés crematístico, de gran parte de la prensa, que ha puesto precio a la cabeza de Pablo Iglesias y con la del vicepresidente segundo en la picota, la de Pedro Sánchez, el despreciado Presidente. Dos por el precio de una.

Basta con leer a esa prensa para comprender la valentía -otra vez la dicotomía valiente-cobarde de la ultraderecha redentora- de quienes no argumentan, entre otras razones por carecer de ideas más allá de reivindicar la Reconquista de flechas y pelayos. Leyendo estos días los titulares de un diario digital que para conseguir suscriptores que le financien se publicita como adalid de la verdad, encuentro este titular: “España no soporta un Varufakis (los tres avisos del PNV)”, acompañado de una fotografía de Pablos Iglesias. ¿En nombre de qué España pontifica? Imagino que será la suya, es decir la de VOX y la de Casado y la Marquesa de Casa Fuerte. El resto de los españoles, ya se sabe, somos apátridas. Un poco más abajo otro artículo del mismo pelaje: ”La mascarilla de la Inquisición”.

Ambos artículos son de opinión pura y dura, sin información que los sustente, más allá de los bulos de rigor. Es obvio que el citado periódico no sigue el ejemplo del ‘Washington Post’, que ya hace años prohibió las columnas de opinión si no estaban basadas en informaciones veraces y contrastadas. Es el mismo diario digital que eleva a titulares de portada los ataques al Gobierno de prestigiosos politólogos y economistas tales como Nadal, Feliciano López, Pepe Reina, Javier Clemente, Fernando Verdasco, Francisco Rivera, Miguel Bosé o ARQ, escogidos representantes de la crema de la ‘intelectualidá’, como dice el castizo chotis y elevados a líderes sociales -de qué sociedad- porque tienen cuentas en twiter, Instagram, Facebook y demás redes fabricantes de bulos en cien palabras.

Son titulares sin contexto y sin hechos que los avalen. Claro que los hechos ya no existen ni importan, al menos para la prensa sectaria. Importa el ‘pathos’ no el ‘logos’. Y es que la posverdad, la verdad alternativa, es decir la mentira, viene de lejos. Tan de lejos que uno de los padres de la filosofía, el viejo Aristóteles, ya la declaró inmoral. Estudioso del sofismo, Aristóteles señala que el ‘pathos’ va dirigido a las pasiones, no a la razón, con argumentos tramposos -patéticos los llama-. En ‘La Retórica’ ya advertía que para conseguir influir en la opinión de las masas hay que olvidarse del logos -el argumento racional- aunque sea con trampas para lograr que el votante admita la falacia más burda como si fuera un argumento incontestable y rechace los argumentos de la razón, por lógicos que sean, si van en contra de sus intereses. Una técnica eficaz pero éticamente repugnante.

Esta visión aristotélica tiene su acomodo perfecto en la sociedad actual, y muy especialmente en la española. Como señala el filósofo Joan García del Muro (‘Good bye, verdad’, editorial Milenio) “si no hay hechos objetivos no hay forma de refutar el planteamiento de un adversario político. Y no hay manera tampoco de encontrar un criterio de demarcación entre información y opinión”. Ahí le duele a la prensa española, presionada por unos políticos que han sustituido las ideas por los mantras que les dictan sus directores de comunicación.

Lejos de cumplir con el axioma periodístico de informar, formar y distraer, los llamados ‘mass media’ elevan a categoría de titular de primera la opinión de personajes sobre cuestiones que no deberían tener cabida en un medio de comunicación por carecer de interés informativo. En nombre de qué libertad de información hay que dar pábulo a necedades como las que exponen Miguel Bosé o el arzobispo Cañizares sobre los peligros mortales, físicos o espirituales, de las vacunas. Qué interés puede tener para la sociedad el alegato de Donald Trump para que nadie se haga test del COVID19 bajo el estúpido argumento de que así aumentan los contagios.

¿Qué sentido tiene debatir a estas alturas sobre Galileo y los terraplanistas o entre los negacionistas y las consecuencias del cambio climático? Ninguno. Estas cuestiones y otras de igual pelaje deberían desaparecer de las paginas, impresas, digitales, radiofónicas o televisivas sin que nos tiemble el pulso a los periodistas. En nombre de qué libertad de expresión debe darse publicidad a ideas supremacistas, y por ende racistas. El silencio es la mejor forma de combatir estos ataques a una sociedad auténticamente libre y democrática. Nunca como ahora tiene tanta actualidad la frase de la filósofa francesa Simone Weill: “Los regímenes totalitarios no aniquilan el pensamiento libre, sino que es la ausencia de pensamiento libre la que favorece el totalitarismo”

La libertad de expresión y de pensamiento acoge el derecho individual a decir y pensar lo que cada cual quiera, pero no la obligación de los medios de comunicación a divulgar falsas informaciones o teorías falaces cuyo objetivo es cercenar la libertad cuando no la vida de las personas. Y hoy en día, al amparo de las mal llamadas redes sociales, estos falsos periodistas están tejiendo una tela de araña en la que están atrapando a una prensa que, con tal de tener audiencia, miente en lugar de informar, deforma en vez de formar y sustituye el entretenimiento por la crispación. Y entre todos, políticos, falsos periodistas y prensa vendida al poder, político, económico y social, están facilitando la creación de una nueva conjura de los necios, y empleo el término en la exacta definición que hiciera Jacinto Benavente: “Privilegio del necio es despreciar lo que ignora en vez de aplicarse a conocerlo”. Pues eso, Sangre o Nación.

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