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El diputado de Vox Víctor González, en el Congreso de los Diputados
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El diputado de Vox Víctor González, en el Congreso de los Diputados (Foto: Eduardo Parra / Europa Press)

Tanto sirves, tanto vales. ¿Para qué nos sirven las derechas?

lunes 15 de junio de 2020, 11:21h

Terminé mi último artículo con una frase que me salió del alma: “Dime para qué me sirves y te diré lo que vales para mí”. La frase se refiere al concepto de utilidad que determina la relación entre personas. No me voy a meter en el utilitarismo filosófico; no estamos para eso. Aquí voy a la relación entre personas que rige en la sociedad de nuestro país y de los países de nuestro entorno económico, ateniéndome a la realidad pura y dura. Y la realidad pura y dura nos dice que nos regimos por una máxima: Me importas en la medida en que me aportas algo que me interesa. Y en sentido negativo: Si no me aportas algo que me interesa, no me importas en absoluto.

Esta máxima parece surgir del puro egoísmo. Naturalmente. El egoísmo es el estado normal de todo individuo de cualquier especie orientado a su supervivencia. Tratándose de personas, el asunto se complica por dividirse nuestra especie en dos grandes grupos. Por un lado, el grupo de los homo sapiens, individuos que no han evolucionado hasta la plena humanidad, es decir, hasta la capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas. Ese grupo procura su propia supervivencia a toda costa, aún a costa de los demás. Por otro lado, el grupo de los seres humanos. Al grupo de los seres humanos, de los que han alcanzado la plena humanidad, no le basta sobrevivir. Aspira a vivir feliz. Y el ser humano entiende que para ser feliz es necesario que los demás sean felices también. La España, los españoles de hoy, vivimos inmersos en una tragedia. Físicamente nos amenaza un virus que puede ser mortal. Física, psicológica y moralmente nos amenaza la lucha de unos homo sapiens dispuestos a todo para hacerse con el poder con el fin de hacerse con todo lo demás que les reporte un beneficio individual.

En España hay tres partidos estatales mal llamados de derechas que dicen de sí mismos ser liberales y a los que otros llaman, con un toque despectivo, neoliberales. Pero la realidad nos dice que los líderes de esos partidos demuestran con su estrategia que carecen de ideología. La política no es para ellos la administración de los recursos para el bien de los ciudadanos. Para ellos, la política es una lucha por llegar al poder, aunque sea a porrazos, con el fin de administrar los recursos para su propio bien y el de su partido. No les mueve, por lo tanto, una estrategia que pueda llamarse, con propiedad, política. Ateniéndonos a lo que los ciudadanos podemos percibir, estos líderes aplican lo que más bien parece una estrategia de matón de bar buscando camorra. Esta no es una metáfora descalificadora. Es una evidencia. Y solo si percibimos y entendemos bien esta evidencia podremos enfrentarnos al principal peligro que nos amenaza y que no es un agente infeccioso microscópico que la ciencia tarde o temprano derrotará. La verdadera amenaza que se cierne sobre nosotros es la destrucción de nuestra convivencia en una sociedad fundada en el respeto a los valores humanos; es decir, la destrucción de la democracia.

Algunos hechos que demuestran la afirmación anterior pueden encontrarse en el excelente artículo de Esther Palomera, La construcción de una mentira, que aparece hoy en infoLibre y en eldiario.es. Pero es profundizando hasta el fondo de esos hechos donde descubrimos el auténtico peligro. El auténtico peligro es confundir la Política con lo que son, simple y llanamente, estratagemas sórdidas, y confundir con políticos a individuos que solo son mercaderes de intereses que venden lo que sea a cambio de prebendas y privilegios. Esa confusión es lo que puede llevar a esos individuos al poder.

Los tres partidos de las mal llamadas derechas no tienen programas que respondan al arte de la Política. Es, por lo tanto, una falacia referirse a la política del PP, de Vox, de Ciudadanos, a menos que se especifique que no se utiliza el término en sentido estricto y, mucho menos, ético. Es, por lo mismo, falso que los líderes de esos partidos sean políticos. Basta repasar sus discursos, dentro y fuera del Congreso, para darse cuenta de que no aportan propuestas para el gobierno del país. Casado, Abascal y ahora Arrimadas, están, desde su derrota electoral, enfrascados en un discurso de mentiras, descalificaciones, insultos contra el gobierno elegido por los ciudadanos. No aportan nada más; nada más que un espectáculo barriobajero que, de paso, desprestigia a las instituciones y, por ende, a la misma democracia.

¿Qué piensa el ciudadano normal y corriente cuando lee u oye a periodistas, analistas y tertulianos de diverso pelaje hablar de la política y de los políticos de la derecha? Piensa que la política son los chanchullos de unos cuantos espabilados y que esos chanchullos no le interesan. ¿Qué piensa cuando lee u oye a periodistas, analistas y tertulianos de diverso pelaje decir o insinuar que todos los políticos son iguales? Piensa que no vale la pena votar. Esos comentaristas varios que meten en el mismo saco a auténticos políticos que procuran gobernar el país y a traficantes de intereses personales y partidistas hacen, con su pretendida neutralidad, una propaganda impagable a la abstención y, con ella, a las derechas.

Las mal llamadas derechas de este país han sobrepasado todos los límites que impone el buen gusto, la buena educación, la moral y hasta la cordura. ¿Qué persiguen con sus discursos inmorales y zafios? Muy fácil. Persiguen convencer y arrastrar a las urnas a aquellos que carecen de buen gusto, de buena educación, de freno moral, y a los perturbados. Esas personas que, por diversos motivos, carecen de facultades para entender y valorar un discurso racional, responden a quienes saben excitar sus emociones, y las emociones pueden llevarlas al fanatismo. El fanático siempre vota, y vota por el objeto de su devoción.

De todo lo que denuestan Casado y Abascal y ahora Arrimadas en menor medida por conveniencia, provocando constantes conflictos más propios de programas del corazón y de los llamados realities, podemos deducir que, bajo su férula, los españoles nos enfrentaríamos a un convivencia conflictiva entre antifeministas, racistas, xenófobos, aporofóbicos, y aquellos que rechazan estos delirios por considerarlos infrahumanos. ¿Quién quiere vivir en una sociedad así? Los perturbados. Si la falsa neutralidad de los que tendrían que informarnos logra convencer a una parte decisiva de los ciudadanos de que no vale la pena votar, junto a los ignorantes, los desinformados y los perturbados, todos los ciudadanos racionales tendremos que sufrir las consecuencias, como ahora las sufren quienes no votaron a Trump y compañía. Contra ese peligro luchan hoy los activistas que utilizan las redes para desbaratar los bulos y fakenews e informar de la verdad que los medios no quieren o no se atreven a divulgar. Un ejemplo: hace dos días, en la tertulia radiofónica nocturna de mayor audiencia, un tertuliano dijo que Sánchez no reconocía sus errores ni pedía perdón por ellos. Nadie le contradijo. Rápidamente subió a Twitter un vídeo en el que Sánchez, en la tribuna del Congreso, reconocía explícitamente haber cometido errores y explícitamente pedía perdón por los errores que hubiera cometido. Habrá que ver si el lunes se retracta la presentadora del programa. Pero aunque no lo haga, el vídeo ya ha llegado a miles de tuiteros, a miles de españoles que ya saben que lo que se dijo del presidente en esa tertulia era mentira. Las redes ya son cuarto poder.

El capitalismo salvaje, parte de la ideología de la derecha con ideología, que también la hay en otros países, ha causado la desigualdad social y el desamparo a los más vulnerables que hoy sufren millones en los países más desarrollados. Pero la peor consecuencia de esa doctrina que sitúa al dinero y, por lo tanto, al consumo por encima de los seres humanos es haber instilado en las personas el concepto de utilidad que pervierte todas las relaciones. “Dime para qué me sirves y te diré lo que vales para mí”. El pobre no le sirve a nadie, lo que debería prevenirnos para no patinar hacia el abismo. Porque resulta que las consecuencias económicas de la COVID19 serán peores que las físicas. España se quedará con la secuela de millones de españoles pobres que, para sobrevivir, necesitarán la ayuda de un gobierno para el que todos los seres humanos valgan lo mismo por el hecho de ser seres humanos. Cuando las tres mal llamadas derechas de este país acusan al gobierno que tenemos de comunista, bolivariano y varios disparates más, lo que pretenden ocultar bajo los insultos es que se trata de un gobierno socialista y demócrata dispuesto a procurar por todos los medios que nadie que haya dejado de servir se quede atrás, para que todos volvamos a ser útiles para todos. Un modo de superar los peligros que nos acechan es preguntarnos fríamente: ¿Para qué nos sirven las supuestas derechas?

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