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Pablo Casado y Álvarez de Toledo en el Congreso durante la pandemia
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Pablo Casado y Álvarez de Toledo en el Congreso durante la pandemia (Foto: Europa Press)

Lastra, Casado y la cacatúa que lleva detrás...

lunes 11 de mayo de 2020, 17:20h
El miércoles pasado, otra vez al Congreso, otra vez al espectáculo de políticos teatreros perorando, como en un concurso de monólogos, a ver quién la decía más gorda contra Pedro Sánchez y su gobierno o quién comunicaba con más intensidad la idea fuerza de que Sánchez y su gobierno no hacen otra cosa que equivocarse. Cuando el presidente concluyó su discurso y la presidenta del Congreso anunció a Pablo Casado, tuve que pedir a mi voluntad que me conminara los ojos a quedarse en la pantalla y el culo a no moverse de mi butaca. Ver y oír por enésima vez la misma cara, la misma pose del mismo cómico repitiendo el mismo discurso requiere, más allá del sentido de la responsabilidad, cierta dosis de masoquismo. Masoquismo no me falta, como descubrí hace años con estupor.

Predomina la creencia de que una vez descubierta la causa de un trastorno psicológico, el trastorno desaparece, pero la experiencia demuestra que esa creencia es rotundamente falsa. Al encender la radio cada mañana y desayunar escuchando tertulianos y leyendo en periódicos noticias y columnas de opinión, compruebo que mi masoquismo no tiene cura. En fin, que el miércoles me volví a tragar entera la actuación de Pablo Casado en su papel de obispo recitando una homilía. Confieso un pecado, espero que venial. De vez en cuando me aliviaba la vista mirando a mis perros.

Me aburría, lo que ya era un gran paso. El pleno para aprobar por primera vez la declaración del estado de alarma me había dejado destrozada tras horas sufriendo en mi sistema nervioso las sucesivas oleadas de adrenalina que me provocaba la indignación. Suponía que la enfermedad, el dolor, la muerte de miles de españoles habría unido a todos los profesionales de la política haciéndoles olvidar los intereses de sus partidos y los suyos propios. Esperaba discursos de seres humanos sin otro interés que aportar ideas para aliviar el sufrimiento de otros seres humanos. Ingenuamente. Como si en España no estuviera pasando nada, como si el miedo al contagio, a la enfermedad, a la muerte no estuviera destrozando a millones de personas, Pablo Casado y casi todos los que soltaron sus discursos después, solo hablaban de Pedro Sánchez, de los errores de Pedro Sánchez, de los errores del gobierno de Pedro Sánchez revelando que solo les interesaba desgastar a Pedro Sánchez para eliminar del panorama político al formidable rival que impide el logro de sus ambiciones políticas y personales. Como siempre, el interés personal de Pablo Casado y de casi todos los demás prevalecía sobre cualquier problema divino o humano que se tuviera que tratar. El pleno era su espectáculo y la tribuna del Congreso su escenario, y el mundo exterior a ese escenario carecía para ellos de importancia. Cuando Pablo Casado redujo sus propuestas para la solución de la pandemia a la exhibición de corbatas negras, banderas a media asta, funeral de estado y monumento a los muertos, empecé a hacer ejercicios de respiración para evitar el infarto. Si ese día hubiera estado en el Congreso habría perdido el oremus y, antes de que me echaran, le habría gritado a unos cuantos del mal que iban a morir, como dicen en el Caribe. Coño, le grité a Casado mentalmente, ¿y los vivos qué?.

El miércoles se trataba de renovar el estado de alarma para salvar vidas, pero a los histriones disfrazados de políticos nuestra vida importa tanto como a un cómico los espectadores que han pagado por verle. Los vivos abatidos por el peso de neveras por llenar, de facturas por pagar, de enfermos y muertos que llorar; agobiados por un ocio interminable que, hagamos lo que hagamos por engañarlo con actividades, solo llenan el miedo y las cavilaciones; los vivos cuyas vidas se han reducido a contar los días que faltan para cobrar el paro, un subsidio; los vivos aplastados por la cifras del desempleo de hoy, de mañana y de pasado, por la ruina que se anuncia y el tiempo que va a durar, por las cifras de los enfermos, de los muertos; esos vivos, reducidos siempre a cifras sin nombre, tenemos vetado el acceso al Parlamento. Los histriones disfrazados de políticos dicen que nos representan para hacernos creer que se ganan el sueldo, pero ese no es verdaderamente el trabajo que ocupa su tiempo. Su tiempo lo ocupan los mítines, las visitas a lugares señalados y las sesiones de fotos, esencial todo ello si uno espera alcanzar el éxito como celebridad. Convencidos de nuestra profunda estupidez, de vez en cuando los histriones nos montan un espectáculo en el Congreso para distraernos por televisión y que no olvidemos sus caras y sus nombres el día de las elecciones.

El miércoles, después del discurso del presidente, que informó y dijo todo lo que tenía que informar y decir sin poses ni aspavientos, me aburrí. Tanto me aburrí, que el aburrimiento se me estaba convirtiendo en depresión cuando subió a la tribuna el diputado que consiguió meterse en el Congreso para recordar a todos los españoles que Teruel existe. Sin pose, sin entonar ni engolar la voz, Tomás Guitarte empezó citando la frase de un personaje de Saramago: “En una pandemia no hay culpables, hay víctimas”. Y por las víctimas, por todas las víctimas, terminó dando el sí al estado de alarma. Lo único lamentable que la presencia de Guitarte en el Congreso me sugiere es que no hubiera decidido dedicarse a la Política mucho antes.

Tras Guitarte subió a la tribuna Adriana Lastra, otra que nunca ha confundido la Política con el arte dramático. Su discurso preciso y mesurado me despertó el cerebro y las ganas de escuchar hasta que de pronto, sin alterar la voz ni el gesto, le pidió a Casado que hiciera callar a la cacatúa que tenía detrás, otro histrión empeñado en hablar y gesticular en un intento vano de alterar la ecuanimidad de la portavoz socialista. La risa me saltó de la garganta a borbotones, borbotones de un bálsamo que mi cerebro y mi alma todavía le agradecen.

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