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Educar para la vida
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Educar para la vida

domingo 19 de abril de 2020, 23:01h

La extraña situación que estamos viviendo a consecuencia del coronavirus, afecta a todas las facetas de nuestra vida; nadie podemos llevar una vida normal, si entendemos por tal la que teníamos hasta que se decretó el estado de Alarma y se produjo el confinamiento de casi todo el mundo en nuestros domicilios.

Las personas que somos por naturaleza optimistas le encontramos su lado positivo y tratamos de explotarlo y de disfrutarlo para que la tristeza, cuando no la preocupación o la angustia, nos invadan en estas larguísimas jornadas de encierro.

Si esto me ocurre a mí, que soy una persona mayor, optimista y con recursos para ser capaz de disfrutar aún en condiciones adversas, pienso mucho en cómo afectará esta situación a nuestros hijos e hijas menores, mucho más indefensos que las personas adultas para afrontar situaciones como la presente.

La irrupción del coronavirus en mitad del curso escolar ha sido un mazazo para el que nadie estaba preparado, y, en un tiempo record, profesores y alumnado se han tenido que poner las pilas para continuar su labor de manera no presencial.

Los niños y las niñas han sufrido más que nadie las consecuencias del confinamiento. Han pasado de vivir socializando su vida durante muchas horas al día; de mantener una convivencia continua con compañeros y profesores, a vivir aislados y tener que trabajar solos y solas con un ordenador, que, en muchos casos, no saben manejar, o que tienen que compartir con otros hermanos. Esto, cuando no carecen de medios informáticos, lo que ocurre, según las fuentes que se consulten, entre el 10 y el 14% de nuestros niños. Se encuentra solos y en un medio en el que no pueden fácilmente consultar sus dudas. Tienen que afrontar nuevos métodos de trabajo y tienen que aprenderlos ellos solos.

Nuestros hijos no son máquinas, son personas que se encuentran en pleno desarrollo de su personalidad. Este cambio radical en sus vidas, sin que ellos comprendan bien la razón, unido muchas veces a carencia de medios económicos y la preocupación que de ello deriva para sus progenitores y para ellos mismos, pueden convertir el encierro en un tiempo de preocupación, tristeza y miedo. Por eso, estoy muy de acuerdo con la decisión del Ministerio de Educación de permitirles pasar de curso, salvo excepciones, que por eso no es lo mismo que dar un aprobado general. Estos niños y niñas han vivido mucho en estos meses y quizá no han perdido un año. A lo mejor, han ganado un futuro.

He de reconocer el esfuerzo que ha hecho el profesorado en este tiempo y me consta, por aquellos que conozco, que están haciendo un trabajo importante para adaptarse en el mínimo tiempo a un nuevo modelo de trabajo y enseñanza, radicalmente distinto al tradicional. Sé que invierten muchas horas cada día para poder cumplir los temarios y para poder llegar a todos sus alumnos.

¿Pero, y cómo está la salud emocional de nuestros hijos? No soy psicóloga, pero no se me escapa que ven y oyen noticias y la preocupación de los adultos les afecta y he aprendido que los niños y niñas, aunque sean pequeños, no son ni tontos ni ignorantes. Por eso creo que si preguntan debe dárseles una información cierta sobre la pandemia que padecemos, porque una explicación razonable les evitará preocupaciones y enfados.

Pienso también que, en este largo tiempo de confinamiento, tanto profesores como progenitores podemos aprovechar para dar a nuestros menores una educación integral; que les proporcione un aprendizaje reflexivo; que averigüe y estimule sus habilidades; que les permita adquirir capacidades para, entre otras cosas, poder adaptarse a situaciones nuevas como la presente. Tenemos que darles conocimientos, pero es tan importante como eso dotarles de capacidades para la vida.

Proporcionarles una coeducación integral, que les dote de conocimientos y de habilidades básicos necesarios para desenvolverse en la vida, bajo los principios de solidaridad, igualdad y respeto a las personas y al medio ambiente.

Y esta educación podemos ofrecerla los padres y madres a nuestros menores en este tiempo de convivencia obligada. Aprovechemos para que aprendan a resolver necesidades básicas de la vida, como es hacer su higiene personal; la limpieza y el cuidado del hogar. A cocinar. A convivir y respetar los espacios de los demás. A amar a los demás, aunque sean diferentes. A escuchar y distinguir la música. A cuidar de las mascotas y, según la edad, responsabilizarse de ellas, a conocer el medio ambiente, a valorarlo y cuidarlo. Distinguir un árbol de otro, el acto de un pájaro al de otro y una flor de otra. Tienen que aprender qué buena es la ternura, la compasión, la paz, la amistad, la solidaridad, llorar, amar. Y eso se puede aprender en casa, con la ayuda de profesores y de padres y madres.

Podemos enseñarles que en la vida hay adversidades, pero que lo importante es tener el conocimiento y la habilidad necesaria para superarlas y además podemos dotarles de esas habilidades.

La educación es aprender qué dicen los libros de texto y es mucho, mucho más. Mi visión positiva de esta pandemia en relación con nuestros menores es que podemos aprovechar para enseñarles este lado de la vida que la escuela, desgraciadamente, a veces no tiene tiempo de enseñar. Y es un aprendizaje que necesitan hacer a nuestro lado: tienen que aprender a ser empáticos, a resolver contradicciones que se les van a presentar a lo largo de la vida, a tomar decisiones acertadas en las situaciones adversas.

Nuestro tesoro social son los niños y las niñas y la juventud. Queremos que ellos y ellas no reproduzcan una sociedad patriarcal, desigual y competitiva como la que nos recibió en nuestra edad adulta y que tanto nos está costando cambiar.

Los recortes que gobiernos anteriores hicieron en educación, lo mismo que en sanidad, responden a una sociedad clasista y neoliberal y tienen sus consecuencias en los sectores más desfavorecidos de la sociedad. En el caso que la educación, esos recortes han dado lugar a la brecha digital, que sitúa en peor posición a unos menores que a otros. Esto lo vamos a arreglar. Pero, mientras llega la normalidad a las aulas, hagamos que nuestros hijos e hijas aprendan a nuestro lado, porque como afirma Kelly Andrade, “a lo mejor no perdimos un año, a lo mejor, ganamos un tremendo futuro.”

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