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La cantante Cecilia "Mi querida España"
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La cantante Cecilia "Mi querida España"

Mi querida España

viernes 03 de abril de 2020, 19:35h
Se llamaba Eva y se puso de seudónimo Cecilia. Yo me corté el nombre a los dieciocho años y me lo dejé en María. Cecilia nació en España el mismo año que yo. Le tocó expatriarse de niña. Yo nací en Argentina, pero me expatriaron cuando tenía meses y desde entonces mi única patria fue España estuviera o no estuviera aquí. España era mi única referencia por ser la patria de mis padres. España era la referencia de Cecilia estuviera en el país que estuviera. Hoy, como compatriota y coetánea le pregunto qué le parece lo que está pasando aquí, y siento su voz en mi memoria como si estuviera a mi lado.

Mi querida España, canta, esta España viva, esta España muerta. Sé que no se refiere al virus que cada día aumenta la cifra de fallecimientos. Le canta a aquella España del 75; a la España agonizante que aún lloraba la muerte de Franco y a la que renacía luchando en las calles a cara descubierta por la democracia. Canto con ella a la España viva que hace apenas un año y pocos meses quiso despertar del muermo del gobierno de un partido que, llamándose Popular, no consideró nunca que el pueblo mereciera sus desvelos; a la España que se atrevió a revivir votando a políticos dispuestos a gobernar por la libertad y la justicia social. Canto con ella a la España muerta que quiso aferrarse al féretro del Caudillo y votó por aquellos que prometían respetar sus mandatos salvaguardando los privilegios de los privilegiados y amparando a los pobres con las migajas de la caridad; a la España muerta de los pobres que se dejaron matar toda ilusión por miedo al cambio de lo malo a lo peor; a la España de los pobres muertos de miedo a perder lo poco que tienen, a esos pobres a los que resulta tan fácil convencer de que fuera del manto protector de los de “ordeno y mando y vosotros a callar”, amenaza el caos.

De tu santa siesta ahora te despiertan versos de poeta, sigue cantando, y mi memoria recuerda versos de desesperación de tantos poetas, entre ellos, Cecilia, interpelando, sacudiendo a España en aquella época de esperanza; poetas que hoy seguirían gritando con ella: ¿Dónde están tus ojos? ¿Dónde están tus manos? ¿Dónde tu cabeza? Ojos que han vuelto a ver a la chulería nacional exhibiendo pecho, escopeta, la rojigualda por capote, banderillas, espadas; preparando la puntilla para rematar a la libertad. Ojos que van de paseo por la vida porque no quieren ver. Manos metidas en los bolsillos para proteger su calderilla de la ambición o de la necesidad de los otros. Cabezas que solo piensan en su pitanza y en divertir el ocio con cualquier cosa que ahuyente pensamientos serios de esos que aburren. Ojos, manos, cabezas a los que ya les vale dejar pasar el tiempo sin pena ni gloria hasta que ya no les quede tiempo que pasar.

Mi querida España, esta España nueva, esta España vieja siempre con los garrotes a punto para arrearse. España de alas quietas por miedo a volar, de vendas negras sobre carne abierta por miedo a verse las heridas. Cuando, viendo un documental, me sorprenden en la pantalla fotos en blanco y negro con niños mirando con terror a aquellos bombarderos que aterrorizaban a mi madre en el Madrid de su infancia, me vuelven las preguntas de Cecilia: Mi querida España…¿quién pasó tu hambre, quién bebió tu sangre cuando estabas seca? Y mi alma responde con dolor y furia: los mismos que ahora vuelven a ofrecer hambre, a exigir sangre a una España que vuelva a la sequía de la guerra y de la dictadura. A un lado del campo de batalla están los de pelo en pecho y espada y capote y puntilla exigiendo hoy que el ejército derroque al gobierno elegido por los españoles; esos seres insignificantes que solo cuentan para votar. Junto a esa tropa, forman los que exigen que les metan en el gobierno para enmendar los desastrosos errores de quienes están gobernando para que nadie se quede en las cunetas de la miseria durante y después de esta plaga, y les dejen gobernar a ellos que no perderán tiempo mirando las cunetas, a ellos que saben gobernar para los que ocupan despachos de dirección. Son los liberales, los guardianes de la libertad de quienes tengan dinero para pagársela; los garantes del sometimiento de todos los demás. Entre los unos y los otros, pululan los que mendigan atención proclamándose los más liberales de los liberales y los más conservadores de las esencias según convenga para que les hagan caso.

Mi querida España, esta España en dudas, esta España cierta, canta Cecilia. Duda el que piensa, dicen los sabios. Pero dudar al borde de un precipicio sobre la dirección del próximo paso puede ser mortal. Hay una España cierta, la España que proclaman los voceros públicos que disfrazan de dudas las certidumbres de los que les pagan. El gobierno se equivoca. El gobierno no atina. El presidente del gobierno no sale por arrogante. El presidente del gobierno sale demasiado buscando rédito electoral. Las comparecencias diarias de quienes se encargan de lidiar con la plaga para informar a los ciudadanos sobre su trabajo no son democráticas porque no dejan preguntar a los periodistas. Dejan preguntar a los periodistas y eso no es democrático porque no les contestan lo que quieren oír. Pero no es que importe demasiado porque, de todas formas, los periodistas escribirán lo que les dé la gana o lo que les manden quienes les mandan y es que el gobierno se equivoca, no atina, haga lo que haga; porque no se trata de explicar, se trata de repetir para que la repetición grabe en los cerebros que no piensan lo que interesa a los que mandan que se grabe.

Mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, pueblo de palabra y de piel amarga que ha olvidado sus recuerdos porque la vida, día a día se le ha vuelto miedo, dolor, incertidumbre; porque la plaga que amenaza destruir al mundo entero no deja mirar ni al pasado ni al futuro. El hoy, el ahora se han vuelto objetos gigantescos que ocupan toda la atención porque nadie se atreve a pensar en la posibilidad de mañana. Aunque por encima del miedo, de la amargura, hay quien, como Cecilia, aun distingue en esta España nuestra la dulce promesa de un futuro luminoso, una promesa que tarde o temprano, por trágicas que hayan sido nuestras tragedias, siempre se acaba cumpliendo.

Con optimismo, con la alegría que me proporciona esa certeza, miro el montículo de mi jardín donde las cenizas de mi padre y de su madre alimentan la tierra, y mi alma canta con Cecilia: Quiero ser tu tierra, quiero ser tu hierba cuando yo me muera, mi querida España, esta España mía, esta España nuestra.

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