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Agazapada, obedeciendo y sin salir de casa
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Agazapada, obedeciendo y sin salir de casa

viernes 20 de marzo de 2020, 20:19h

Si. Estoy agazapada para que, si viene a visitarme el coronavirus, no me encuentre y pase de largo. Llevo así desde el viernes pasado. Una semana ya y estoy dispuesta a esperar hasta que las autoridades sanitarias me den permiso para salir. Porque ésta es una visita que no es bien recibida.

Tengo que reconocer que al principio me tomé el enclaustramiento con cierta ilusión, ¡por fin iba a estar en mi casa muchos días seguidos! Y, por mi falta de costumbre, me aprovisioné de muchos libros que llevaba tiempo queriendo leer, pensando que los días serían larguísimos y que me daría tiempo para leer, escribir, comunicarme con toda mi gente, hacer ejercicio y además decidí vaciar armarios y estanterías para descubrir lo que enterré ahí hace muchos años y muchas más tareas. Saqué mi vieja bicicleta estática a la terraza y me propuse pedalear al menos media hora cada día. Pero el tiempo pasa rápido y ni leo tanto como pensé, ni he vaciado, todavía, ninguna estantería. Así que psicológicamente, si esto se alarga, no hay problema, porque tengo tareas pendientes.

¡Cómo nos ha cambiado la vida esta pandemia!

Este año, por primera vez, estoy viendo crecer las plantas y los árboles de mi jardín. Cuento las peonías que van a salir, huelo los alelís, miro los pensamientos y observo cómo crecen las hojas del castaño viejo y las de la morera. Y la palmera, que plantamos con tanta ilusión, está atacada por el picudo y no tenemos forma de salvarla. Veo como la vida sigue su curso y no tengo miedo ni tengo tampoco inseguridad.

Es verdad que la situación es diferente de un país a otro y de una ciudad a otra dentro de España. Y, aunque no es momento de pedir rendición de cuentas, todos y todas estamos viendo cuales son las consecuencias de haber diezmado en el pasado nuestra sanidad pública para engordar los bolsillos de los dueños de la sanidad privada. Y esta pandemia pone en evidencia las consecuencias: escasez de personal, escasez de medios. El Gobierno ha estado muy diligente para combatir estos déficits y ha puesto al servicio de las necesidades de toda la ciudadanía los medios públicos y los privados. Y nadie ha puesto la más mínima objeción. Pero tenemos que aprender la lección para el futuro.

Viví de cerca la ilusión con la que, a comienzos de los años ochenta, desde sectores sanitarios progresistas, socialistas fundamentalmente, se vivió la construcción del inmenso edificio de la sanidad pública, del servicio público de salud. El orgullo que teníamos con la creación de cada centro de salud, de cada hospital público, del prestigio de nuestros profesionales sanitarios en el mundo entero, era enorme. Hizo falta dos cosas. Primera, invertir mucho dinero en medios personales y en medios materiales, y segunda, que gobernaba el PSOE y tenía en su ADN la defensa del estado de bienestar y para ello era necesario garantizar una cobertura sanitaria de calidad a toda la ciudadanía. Yo misma pude constatar cómo en el año 1988, en un hospital de una ciudad del cinturón de Madrid, a las 3 de la madrugada, salieron médicos por todos los rincones y nos salvaron la vida a mi hija, porque tenían UVI infantil, y a mí porque tenían sangre para transfundir. Estoy enormemente agradecida por ello y he sido muy crítica con los recortes que posteriores gobiernos de derechas han ido haciendo, hasta poner en peligro el funcionamiento de nuestra red pública, sobre todo en alguna comunidad.

Por este conocimiento cercano que tengo de la profesionalidad del personal sanitario y de su entrega incondicional y porque sé que en España es donde mejor cobertura sanitaria del mundo hay para toda la ciudadanía, pues estoy tranquila, y, como digo, agazapada, obedeciendo, sin salir de casa y tratando de aprovechar estos días, que me tomo como una ocasión que me da la vida, para aprender a convivir y para hacer aquello que normalmente no puedo hacer.

Para mi bienestar en esta situación, procuro no dejarme llevar por noticias desalentadoras; siempre hay quien disfruta angustiando a los demás. Procuro, también, ser racional ante un peligro que nos acecha a todo el mundo, siguiendo las indicaciones que nos dan las personas que saben, por lo cual no salgo de mi casa ni invito gente a mi casa. Y, en el caso de que por cualquier motivo me infecte, que espero que no sea así, tengo la confianza de que podré estar cuidada de la mejor manera posible.

Ojalá remontemos pronto este problema y podamos volver a la vida normal, con el menor daño posible. Todos y todas tenemos la obligación de contribuir haciendo aquello que nos están pidiendo quien sabe de qué va esta pandemia.

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