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Nadie está solo
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Nadie está solo

viernes 20 de marzo de 2020, 19:55h
Vuelvo a ver a menudo una película que me dice muchas cosas y algo nuevo cada vez que vuelvo a verla. “The Legend of 1900”, se llama. Es una joya para los aficionados a la reflexión y para los aficionados a la música, especialmente al jazz.

La película empieza con una escena y unas palabras que me repito cuando me hacen falta. Es de noche. Aparece un hombre solo sentado en el peldaño de una escalinata limpiando con un pañuelo su vieja trompeta. Piensa, y la voz de su pensamiento nos dice que su vida ha llegado a un fracaso total. Recuerda, y la voz de su memoria nos repite las palabras que había oído repetir varias veces a un amigo, a uno de esos amigos incondicionales que muy pocos tienen la suerte de encontrar. Decía su amigo: “Nunca estarás solo mientras tengas una historia que contar y alguien a quien contársela”.

Todos tenemos nuestras historias y algunos tienen la fortuna de contar con quien las escuche; un amigo, un conocido, hasta un acabado de conocer con ganas de escuchar. Otros están solos, sin otra presencia física que la de su propia imagen en un espejo; sin otro a quien contar sus historias. ¿Podría decirse que esa persona está acabada? Eso parece.

Quien vive solo, con escasa o con ninguna vida social, sin perspectivas ni esperanza de modificar esa circunstancia, suele producir lástima y, en personas sensibles, compasión, porque, generalmente, se trata de un viejo. A los viejos solos se les imagina oyendo la radio o viendo la televisión de día y de noche para que la compañía de una voz les permita ignorar su soledad.

En estos momentos de confinamiento obligatorio, no hay persona sensible que no sienta compasión y a quien no preocupen los viejos solos. Muchos seres auténticamente humanos intentan ayudarles en lo que pueden y el gobierno los considera entre sus prioridades. Pero todos saben que no pueden hacer más que cubrir sus necesidades básicas llevándoles alimentos, procurando asistirles en la limpieza y cosas así. Todos piensan que pueden hacer muy poco o no pueden hacer nada para paliar el dolor que, suponen, va indefectiblemente unido a la soledad.

La soledad forzosa se asocia, generalmente, a sentimientos negativos como la tristeza y, en el caso de los viejos, a la impotencia. Pero ¿es cierto que la soledad forzosa condena perpetuamente a la melancolía? Es posible, pero también es posible que quien está físicamente solo no sienta la zarpa de la soledad aunque esa soledad sea forzosa.

La primera vez que oí aquella frase al principio de aquella película, me produjo una sonrisa. Confirmaba la satisfacción que me producía el presente y me auguraba un futuro satisfactorio hasta el momento en que la máquina de mi cuerpo deje de funcionar. Porque aunque físicamente sola, lejos de todos en la soledad de mi montaña, siempre tengo historias que contar y alguien a quien contárselas. Mis blogs y mis artículos tienen miles de lectores. Las redes sociales me permiten comunicarme con miles de personas, algunas de las cuales se han convertido con el tiempo en amigos. Quienes creen que esas relaciones virtuales son un modo de autoengaño, se equivocan. Un día puedo levantarme con el ánimo nublado y sin ganas de escribir, y al abrir el ordenador me encuentro con los nombres de lectores amigos que comentan mi artículo anterior y me animan a seguir escribiendo y, de repente, el sol me sale por dentro y me pongo a trabajar con el ánimo a tope. Pero tengo, además, una amiga siempre dispuesta a escucharme y a alentarme; una amiga incondicional, de esos amigos que muy pocos tienen la suerte de encontrar en su vida. Me tengo a mí.

Tuve una infancia muy solitaria y hoy lo agradezco porque esa soledad me hizo descubrir muy pronto que dentro de mí vivía la que soy yo; yo sin las expresiones, sin las poses que se utilizan cuando uno habla con los demás, por más sincero que uno quiera ser. Yo, totalmente desnudita, sin maquillaje, sin careta alguna. En mi infancia y mi juventud no fui muy buena amiga mía. Una mujer que fue mi profesora de sociología en la universidad y que por su sabiduría y su honestidad me marcó profundamente de por vida, un día me dijo y luego me repitió varias veces que mi principal problema era que tenía muy poca paciencia conmigo misma. Tenía razón. Tardé mucho en enmendarme pero un día, muchos años después, estando también sola, logré comprender lo que aquella profesora quería inculcarme, y conseguí reconciliarme conmigo; con esa amiga incondicional que llevo, que todos llevamos dentro aunque la mayoría, por diversos motivos, prefiere ignorarla.

Esa amiga me enseñó a sonreír en momentos muy difíciles y, cada vez que sonrío, me dice unas palabras que oí en otra película y se me quedaron en la memoria : “I love you. I always have. I always will” (Te quiero. Te he querido siempre. Siempre te querré). Pero lo que más le agradezco es que me ayudara a comprender, a justificar a quienes me hicieron daño en un momento u otro de mi vida, del mismo modo en que conseguí comprenderme y justificarme por el daño que yo misma haya podido hacer a los demás. Debería decir perdonar y perdonarme, pero la palabra perdón no me gusta nada. Siempre pone al que perdona en una posición de superioridad. A comprender y a justificar es a lo que me enseñó mi amiga.

Hoy que la enfermedad y la muerte nos amenazan y a muchos imponen la soledad, la que llevo dentro desea con toda el alma que los que estén o se sientan solos procuren descubrir a ese o esa que dentro llevan todos y que si empezamos a hablar con él, con ella, está dispuesto, dispuesta a convertirse en el mejor amigo que uno pueda desear.

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