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El miedo vacía las calles de Madrid

Bella sin alma
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Bella sin alma

jueves 19 de marzo de 2020, 18:30h
Nunca había hablado con esta pareja de jovenzuelos que hacían alegremente su teletrabajo en la terraza contigua, mientras yo montaba apresuradamente una bici estática que había comprado por Amazón. Una chica americana se unió a las ocho de la noche a los aplausos diarios a favor de los sanitarios y la consideramos bienvenida al grupo. Uno de ellos preguntaba el por qué de una cacerolada mientras el Rey lanzaba un discurso de siete minutos. Se lo expliqué, lo juro. Ellos, de derechas de toda la vida, se callaron astutamente y yo ya percibí que solo íbamos a conectar en los aplausos a los sanitarios.

Ahora llevamos cinco meses de confinamiento y ya no queda nada del balconing empático de aquellos primeros días, cuando diez personas se han tirado en Madrid desde los balcones. Un auténtico balconing de los de antes. No me quiero poner dramática, pero me preguntareis que cómo consigo mantener la calma, pues os contaré que fue cuando dejé de ver series y de hacer cómo que no pasaba nada, abandoné la falsa alegría y me lancé a los libros que no había leído en años,

Las manos de Antonio parecen de cristal, sus dedos están tan rígidos que casi tintinean unos con otros. Se enreda con los botoncitos, tan pequeños y finos que se pierden entre sus yemas y se niegan en redondo a salir de los ojales. Reconozco esa turbación. Es la misma que cuando no logra desabrocharme el sujetador a la primera. Veo cómo se esfuerza, intentando interpretar el papel de quien cada noche desabrocha un vestido distinto y siempre tiene un ojal entre manos..

Algo bello, algo inquietante, algo con alma. Os presento a mi nueva amiga, la escritora Anna Giurickovic. Ya nadie aplaude , no hay caceroladas, ni pádel, ni bingo en el aire. Solo los libros me ponen los pies en la tierra, mientras espero que algún día la piel, los abrazos y las librerías regresen. Miro por última vez desde arriba la calle del epicentro gay de Madrid que está limpia cómo una patena y convertida en una bella sin alma en la que todavía y después de tanto tiempo, falta la gente, los ruidos, el cabreo, el sonido de los vasos de los bares y el me tomo una cerveza cuando me sale de los cojones. Hace tiempo que no escucho el recuento diario de muertes y me recluyo a solas con mi libro, en una terraza con una bici estática pero cada vez más diminuta.

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